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El Carnaval en el drive de la memoria

Irma Arena de Finocchio tiene 84 años y guarda en sus recuerdos las fiestas de carnaval que vivió con su familia materna hace setenta años y los juegos de agua que compartían con sus hijas y vecinos en la vereda de su casa. El color del amor y la música de la historia compartida en una nota especial en vísperas de una nueva celebración

 

Por Valentina Pereyra

 

A Irma Arena de Finocchio no le gusta bailar, sin embargo le encanta ver cómo otros danzan. Nunca se disfrazó, pero siempre que pudo fue parte del carnaval. Máscaras, carrozas, papel picado y serpentinas llegan a través de sus palabras y propician la charla. Hurga en sus 84 años y desempolva anécdotas de los ´50. Enciende las luces del Sueño Azul y aplaude a los músicos de aquellos carnavales.

 

Los preparativos comenzaban los días previos a los festejos de carnaval. En la casa de Irma sus hermanos, Juan Antonio y Roque Ángel, se ocupaban de conseguir los atuendos que lucirían en el desfile. Una capa negra y blanca para convertirse en Dominó y otra roja o verde para darle vida a algún personaje de la época. Irma y su mamá acompañaban con los pomos cargados con agua, listos para apretarlos ante el primer chiste, o con matracas que chocaban los rodillos contra las maderas y el trac trac inundaba la calle Colón. “Mi mamá y yo caminábamos detrás de mis hermanos que se disfrazaban y ponían caretas para que no los conocieran”.

 

 

En tiempo de Carnaval. El testimonio de Irma Arena de Finocchio nos traslada a fiestas de los años ‘50

Irma se trasladó a la ciudad a los diez años. Llegó de la Estancia Caride a una casa de Rocha al 900 y empezó la vida de ciudad junto a su familia. Esperaba la llegada de los carnavales con tanta ansiedad como hoy la gente hace con la Fiesta del Trigo. Formar parte del corso y del desfile que recorría la calle Colón era el sueño de cualquier niño y la mejor diversión para los adultos que se permitían jugar una vez al año. A ambos lados de la calle principal de Tres Arroyos los vecinos saludaban a las mascaritas, a las carrozas y los carruajes conducidos por personajes de extravagantes atavíos. Durante el camino no faltaban los duelos de voces simuladas que impulsaban al festejo. “Eran fiestas hermosas, muy familiares, disfrutaba mucho con mi mamá y hermanos durante el desfile que terminaba en el Sueño Azul”. Los acordes de un fox trot, o de una pieza de jazz circulan alrededor de Irma que desempolva imágenes de recuerdos colectivos. Un alambre tejido, un espacio a cielo abierto, un escenario para las orquestas, puertas refinadas y el verdadero sabor del encuentro.

 

Irma no se considera una mujer divertida aunque en el atropello de imágenes de antaño trae una más cercana y recuerda un episodio en el que su nieta y un amigo montaron una obra teatral en el porche de su casa y la invitaron a improvisar con ellos. “Se me ocurrió decir que venía del centro de comprar calzones colorados”.

 

Revive los veranos festivos y el olor de la pólvora señal inequívoca de la llegada del Rey Momo, revisa su lista de buenos momentos y aparecen desordenados los eventos con olor y sabor a carnaval.

 

Costumbres argentinas

Cuando cumplió quince se puso de novio y le suspendieron los permisos para asistir a los bailes de las mascaritas. Volvió a los diecisiete del brazo de su esposo. Festejos descoloridos y veranos que morían cambiaron la calle Colón por la de la cuadra de su casa. Empezó a jugar con sus hijas y los vecinos del barrio en carnavales menos sofisticados, pero igualmente atractivos. “Nos juntábamos en la calle y mis hijas cargaban los baldes con agua, teníamos serpentinas y algunas veces mangueras para mojar a las personas que pasaban”.

 

Las risotadas de las voces cambiadas para no ser reconocidos, las telas brillosas, los grandes sombreros, las plumas y miradas a través de dos agujeros colorean una vida pasada que para Irma tiene sabor a alegría y familiaridad. Mientras deja caer armoniosamente cada una de las palabras para armar oraciones vigorosas mueve las manos de uñas arregladas y perfectamente pintadas. Es la misma mujer que ofició de peón de albañil y cargó bolsas de cemento sobre sus espaldas. Sin caretas y sin disfraz fue un ama de casa de cocina y delantal y al mismo tiempo, una aguerrida mujer de la construcción.

 

La evocación del carnaval vuela envuelta en papeles de todos los colores y cae sobre los recuerdos de una historia de familia que empezaba a forjarse por aquellos años. Irma conoció a su esposo en su casa. Había hecho el Servicio Militar con su hermano y, por esa amistad, llegó como invitado al hogar de los Arena.  El noviazgo se concretó, a pesar de la resistencia de su hermano mayor que tenía otros planes para ella, y las visitas de los jueves, sábados y domingo sellaron el vínculo. Se casaron y vivieron en una casa de alquiler hasta que, hace sesenta y un años, construyeron la propia y, en ese barrio, los carnavales los salpicaron de ilusiones cada fin de verano. Las mismas veredas por las que corrían sus hijas cargadas de baldes a la caza de algún transeúnte distraído y en las que jugaban a la casita con latitas de conserva rellenas de pedacitos de tomate y pan. “Estaba re feliz antes de casarme, mi esposo fue una persona muy buena y trabajadora”.

 

Lejos del Sueño Azul y de las bandas que tocaron para que Irma moviera sus pies golpeando la tierra a ritmo, sin levantarse de la silla, se gestaba una vida de trabajo y sacrificios. Su esposo, ferroviario durante treinta y dos años, contrajo un reuma infeccioso y tuvo dos operaciones al corazón. “Un día nuestro amigo Roberto De Cicco le propuso que le hiciera su casa frente a la Plaza de Islas Malvinas, pero como no podía pagarnos con dinero nos ofreció una camioneta antigua. En las vacaciones levantamos entre los dos las piezas, la cocina, el baño y llegamos hasta el techo”. Una descompensación física puso fin a la construcción. Sin embargo, no era la primera, ya habían hecho otra casa en el barrio de la Aceitera a cambio de un televisor y algo de plata. “Me encantaba ser peón de albañil, llevaba las bolsas de cal sobre la espalda”.

 

Aires de carnaval

El aire se impregna de carnaval y entra cálido por la ventana. Sopla al oído de Irma que recorre una vez más la calle Colón desde la Plaza San Martín hasta 9 de Julio y regresa por la avenida Moreno. Extiende las manos para desplegar las serpentinas y abre grandes los ojos quinceañeros al pasar frente a las luces de colores que adornan el trayecto y al escurrirse entre los carruajes, carrozas y comparsas para llegar justo cuando caía el sol al lugar de encuentro donde esperaban Salvador Scotieri y Francisco Garziglia que con sus bandas acompañaban el festejo popular. “El encuentro, la reunión familiar, eso me hizo y hace feliz. Disfruto de mi casa cuando se llena de risas y charlas de mis cuatro hijas, nietos y ocho bisnietos”.

 

Ya no está en la casa materna, los redobles de tambores decorados con flecos brillantes hacen eco, los gritos y las quejas por la ropa mojada se esconden en la cocina de Irma siempre bien equipada. “Me encanta invitar a cenar, elaboro la comida, los postres que les gustan a mis nietos y bisnietos”. Se acerca la fecha y las presentaciones de las murgas que salen por la tele le recuerdan que es tiempo de remembranzas. Una mañana cualquiera se levanta y se baña, se viste coqueta y, si cocinó deja el disfraz de delantal colgado de la silla para salir de visita. Busca el celular fotos de su Facebook para confirmar sus dichos: “Cuando cumplí 80 me hicieron el cumpleaños sorpresa y fue muy bonito. Uso las redes sociales, también subo a la nube drive todas las fotos y en “el molinito”, guardo otras. Me modernicé por mis nietas y mis hijas, la gente me dice: ¿cómo aprendiste?”

 

 

Otras imágenes

En el drive de su memoria guarda otras imágenes: la de los concursos de carrozas decoradas por temáticas, de disfraces del papel picado o los pomos con agua y serpentinas; de la bomba de estruendo que anunciaba el inicio del carnaval;  de los queridos amigos y vecinos que ligaban un baldazo si osaban asomarse a la calle sin resguardo. No tiene en su drive las fotos de las fiestas que organizaban el Club Social, la Confitería Colón, la Sociedad Italiana o en Costa Sud para la fecha ni de las bandas o grupos folclóricos.

 

Pero en su memoria no virtual hay algunas anécdotas como la que le contó un amigo. Ocurrió en la avenida Ameghino cuando un hombre mayor que vivía en un ranchito salía disfrazado para carnaval. En su intento de asustar a los niños y de que no lo reconocieran aflautaba su voz al pasar en sulky rumbo al desfile de calle Colón. Pero el hipo que padecía lo delataba y rompía el hechizo de carnaval en ese mismo momento. “Me impactaba ver a tanta gente disfrazada, circulando por la calle haciendo bromas y ruidos con sus matracas. Me impactaba ver el esfuerzo de las mascaritas para que nadie las reconociera y la alegría en el baile”.

 

Señoritas ataviadas de vestidos decorados con flores y plumas, pequeñas con polleras de flecos; jumpers simulando el techo, las paredes y ventanas de una vivienda haciendo juego con sombreros de estilo incaico; Paturuzú, el gaucho Martín Fierro, el hombre millonario; galeras, caretas narigonas, vestidos floreados y cofias sobre cuerpos masculinos, gladiadores, mujeres de pelucas francesas, Mata Hari, damas antiguas. El Google Drive de Irma no guarda estas fotos, no las necesita porque transitó entre esos personajes, jugó y lloró de la risa, disfrutó de la música y animó su corazón con las notas de variados instrumentos. Como en la vida, en cada etapa un disfraz diferente, un cambio en la voz, una fiesta de papel picado, una sorpresa, un baldazo de agua.

 

Irma sonríe, suspira después de cada recuerdo y carga energías cada vez que habla de su familia. Abraza al amor que recibe y le hace honor a su historia envuelta en hermosas ropas de colores, collares y aros haciendo juego, la blancura de su cabello combinada con el azul de sus ojos. Nunca bailó, no se disfrazó, pero disfrutó a fondo de cada momento porque la vida es un carnaval y las penas se van cantando…

 

 

 

 

 

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