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Las redes del odio

El escritor argentino Marcos Aguinis

Por Luis Pablo Richelme*

 

¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! Y nosotros lo hemos matado ¿Cómo podemos consolarnos los asesinos de todos los asesinos? Lo más santo y poderoso que el mundo poseía hasta ahora, se ha desangrado bajo nuestros cuchillos, ¿quién puede mitigar esta sangre? Escribió Nietzsche en el aforismo 125 de La Gaya Ciencia.

 

Lo asocié con la guerra en Medio Oriente donde muchos matan por odio (llámese antisemitismo o islamofobia) y lo hacen en nombre de Dios. En realidad, lo vuelven a matar, pensé, recordando a Nietzsche.

 

En una declaración efectuada pocos días después, Marcos Aguinis, el gran escritor argentino, calificó el golpe de Hamas del 7 de octubre como “la peor masacre de judíos desde el fin del Holocausto nazi y el más grave ataque terrorista en toda la historia de Israel.”

 

El problema es que al defenderse el agredido respondió produciendo otra masacre en la Franja de Gaza, una catástrofe humanitaria sin precedentes. Son estremecedoras las imágenes que nos llegan. Ver a niños y niñas llorar sin comprender, víctimas de toda inocencia.

 

Pero no es mi intención referirme a ese interminable lamentable conflicto. Pretendo reflexionar acerca del odio.

 

Esa pulsión maldita que no sólo genera guerras. Lo vemos contaminar nuestras sociedades, cómo lejos de cerrar grietas las profundiza. Enrarece la política y enfrenta a los ciudadanos. Está presente en los hechos de inseguridad y violencia que tiñen de sangre los noticieros.

 

Lo vemos expandirse en las redes cómo agravia y descalifica desnaturalizando el lenguaje para utilizarlo como un misil. En efecto, los talibanes de la palabra se valen de las redes no para comunicarse, no para expresar sus ideas, sino para atacar, producir menoscabo y destruir. Diría Nietzsche utilizan las plataformas para afirmar su voluntad de poder; no conciben la virtud del diálogo; quieren rebajar al prójimo y dominarlo.

 

Byung-Chul Han en su obra “Sobre el Poder”, dice que éste es elocuente al valerse del lenguaje. Desde un principio articuló el mundo nombrando las cosas, haciendo circular símbolos y discursos y usando las palabras como armas, agrego. Lo que interviene no es la espada, sino la lapicera que escribe, la voz que habla o el dedo que teclea.

 

Otro filósofo que ayuda a pensar el mundo en que vivimos es Giorgio Agamben. En su obra “¿Qué es la filosofía?” indaga igualmente sobre el lenguaje. Si hay algo que nos distingue de nuestros parientes más cercanos los primates, es que además de tener un medio para comunicarnos, podemos pensar en él como algo independiente a nosotros, un complejo sistema de signos con sus propias reglas que nos permite expresar nuestros pensamientos, hablarlos y hasta ponerlos por escrito. Posibilita las libertades de expresión y de prensa. Qué sería de nosotros sin palabras. Qué sería de un pueblo desinformado. El lenguaje es tan importante como la vida asegura el filósofo.

 

Volviendo a Aguinis, un verdadero artífice de la palabra, autor de obras memorables como “La Gesta del marrano”, “La Matriz del infierno y “Los Iluminados”, entre tantas otras, al leer la declaración recordé su libro de hace 20 años: precisamente, “Las Redes del Odio”.

 

Constata allí el escritor, médico neurocirujano y psicoanalista, que en los humanos habitan pulsiones destructivas tan intensas que pueden superar las de otros seres vivos al punto de ser más crueles que los lobos. Afortunadamente, contra el impulso tanático, decía, gravita el vital que actúa como una suerte de contrapeso para frenar al enemigo permanente. Es el impulso de los que respetan y toleran. Hay en ellas y en ellos más armonías que disonancias.

 

Parecería el odio ser una tara psicológica de ciertos caracteres. Pero no, Freud deja en claro que ambas fuerzas conviven en la psiquis humana de todos. Clasificó las pulsiones en dos grandes grupos: están aquéllas que buscan reunir y conservar, y aquéllas que quieren destruir y matar. Es claro que los fanáticos se valen de las plataformas para liberar su veneno y atacar, mientras las decentes y los decentes canalizan su “colesterol malo” a través del arte, la filosofía, el periodismo, la literatura, los deportes o en mil quehaceres. Si algo tuvo de bueno esa pulsión asesina es que forzó a los humanos a crear cultura como un medio amigable para escapar de las tentaciones sanguinarias.

 

Otro ámbito donde vemos trágicamente actuar la violencia desenfrenada es en los femicidios donde la pulsión tanática no está privada de cierto erotismo que produce placer. Es una evidencia psicológica que el asesino siente placer al agredir y destruir ya que a menudo recurre a pulsiones eróticas para su satisfacción. Basta recordar las funestas imágenes del 7 de octubre donde los terroristas no sólo mataban y violaban sino que también festejaban.

 

Destaca Aguinis en su libro que el antisemitismo es el modelo más antiguo y arraigado de odio contra un grupo humano.

 

Mucho de ese ensayo parece escrito hoy. Me permito transcribir lo siguiente: “Erich Fromm pergeñó el título ‘Miedo a la libertad’, que tuvo el alcance de una profecía. A fines del siglo XX el mundo no pudo seguir hacia adelante, tuvo realmente miedo a la libertad y más miedo a sus inevitables desafíos. Optó por desandar lo andado, como un animal que se asoma de la cueva, ve la luz, el movimiento, huele el aire denso de fragancias excitantes y entra en pánico. Volvió al interior de la cueva y retrocedió espantado hacia sus túneles más sombríos. En vez de explorar el nuevo espacio, prefirió las tendencias sepultadas. Bebió otra vez en las tenebrosas fuentes del odio. Con estupor hemos asistido a la arcaica creciente de los nacionalismos, de las intolerancias étnicas y del fundamentalismo religioso. Eran dinosaurios que no habían muerto del todo, pese a nuestras ilusiones. La cordillera de libros, prédicas, luchas y esfuerzos realizados para que avanzaran la fraternidad y la tolerancia fue demolida con desdén y facilidad. Los salvajes retomaron la iniciativa.”

 

Otra característica del odio en las redes es que produce contagio, con suma facilidad se viraliza y expande como una plaga. Enferma con sus toxinas e influye en la opinión púbica soltando lo peor del ser humano. Multiplica los enfrentamientos y los escándalos al punto de creer que nos encontramos todos y todas metidos en un laberinto sin salida, en un manicomio sin autoridad donde cada uno dice y hace lo que se la canta.

 

La salida está, creo yo, en la buena educación de las virtudes y los valores; está en el apartamiento inteligente (uso dosificado) de esas maquinarias del terror. El odio virtual termina transformándose en odio real.

 

Idolatremos el respeto y la tolerancia. Es lo único que nos podrá salvar, la noble fraternidad.

 

No quedemos atrapados en las telarañas del odio. Es una lacra incompatible con la democracia. Basta un fuego nimio, una opinión adversa, para encenderlo.

 

Soñemos una Argentina en paz y unida, edifiquemos un mundo mejor.

 

El odio jamás podrá construir nada, más que relatos salvajes.

 

*El escritor Luis Pablo Richelme es tresarroyense

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