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Sacar la cabeza

Por Juan Francisco Risso

 

Por un rato. Sin pensar en trabajo ni política. Sillón, control remoto y algo con sangre, algo del FBI, que siempre queda de primera, pues con sus habilidosos agentes y sus múltiples medios van acorralando al asesino. Si no se ven obligados a “ponerlo” con un .38 de caño corto, juicio con fiscal, defensor y gran jurado. Esa es mi propuesta por un rato: sacar la cabeza de la realidad. Vamos con el FBI.

 

La capitana policial interroga a un flaco que no llega a ser “negro” -afroamericano- pero tampoco “caucásico”, que va. Yo diría “latin”. Ella, ya  madurita, enérgica y muy hábil es la peor pesadilla del interrogado. Le va sacando las cosas por partes, y sabe muy bien dónde quiere llegar. Hábil, como he dicho.

 

El tipo, lloroso, cuenta que trabajó por años como un perro para cumplir el sueño de su vida: comprar un Cadillac. Usado, se infiere, en excelente estado y nunca taxi, también se infiere. Lo maneja –como chico con zapatos nuevos-, entra a un estacionamiento, estaciona, baja a comprar donuts (suposición) y cuando sube e intenta retroceder, por detrás se le plantan dos negros de esos que no recibieron ni educación ni cariño ni nada, y ganaron la calle, donde desarrollan sus habilidades. El latín les pide que se corran, explica que debe salir, y los muchachos se le cagan de risa. Y empiezan a gastarlo, que me gustan “los rines”, que es un hermoso auto, que quisieran manejarlo -viene de afano- y provocan la desesperación del dueño. Ahí se baja con un .32 -sigue contando- y como los muchachos no están convencidos para nada efectúa un disparo. Ahí la capitana le pregunta hacia dónde dispara, y el lloroso, aún más lloroso, dice “por encima de sus cabezas”. Ahí la capitana lo entera que ese inocente disparo disuasorio terminó en la frente de otro señor ajeno a todo y que estaba por allí atrás, momento en que el interrogado abre los ojos y luego rompe en franco llanto, maldiciendo el Cadillac, el revólver y -en general- su desgraciada suerte en la vida.

 

Ahora la capitana tiene frente a sí a los dos morochos, quienes no hacen más que decir que se toparon con un loco que la emprendió a disparos contra ellos, que -al fin y al cabo- no hicieron más que decirle algunas tonterías. Cada cosa que se les pregunta la contestan, pero agregan que el tipo es loco. Ella los va llevando, finalmente les pregunta si le dijeron que iban a tomar el rodado para dar una vuelta, y ellos reconocen que lo dijeron, pero que el tipo es loco y les disparó. Bueno… la señora les pone sobre el escritorio una hoja donde se han tipeado sus palabras, les alcanza una estilográfica, ellos firman y paladinamente reconocen que dijeron tonterías que no debieron decir, que se toparon con un loco que mató a un inocente y alguna cosa más. “No” dice la capitana, “ustedes incurrieron en tentativa de robo, y en este Estado son responsables del homicidio”. Los negros se ponen grises y fin de la primera parte.

 

Universidad de La Plata, tumultuosa década del setenta. El profesor de Derecho Penal II nos espeta: “¿Ustedes leyeron el 165?”. Dice así: “Se impondrá reclusión o prisión de diez a veinticinco años si con motivo u ocasión del robo resultare un homicidio”. Cortito como viraje de laucha. Y letal, porque la pena básica por robo es de un mes a seis años. Estuvimos de acuerdo, hasta que alguien dijo que era obvio que la víctima del homicidio tenía que ser la víctima del robo o –por decir- alguno de sus amigos. Mi sentido común me decía lo mismo. “¿Dónde dice eso el artículo?” nos frenó el profe. Ehhh… no puede ser, si muere un pandillero… santas pascuas. Eso va para… “No”. Y seguidamente el profesor nos invitó a que tomáramos el texto tal como era: si el muerto es un pandillero, los otros… de diez a veinticinco años, más que el homicidio simple. El más gil de la pandilla, ese que sólo miraba, también se liga esa temporadita a la sombra.

 

Nunca tuve un caso así, pero mis conocimientos me sirvieron para ir interpretando el libreto de la serie. Que no es poco, porque por un buen rato olvidé los horrores de la vida real que afrontamos los argentinos.

 

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