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Tres Arroyos, VIERNES 23.02.2024
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Un brindis con Baltasar y los otros Reyes

Por Valentina Pereyra

 

Dos menos veinticinco de la mañana. La mesa de la casa de la familia Capandegui vestía un mantel de fino algodón bordado a mano y arriba, varias copas vacías, una por cada invitado, dos botellas de sidra esperando el momento del brindis, platos con pan dulce y rosca de Reyes casera.

 

En el centro, sentado debajo del reloj redondo de pared, el rey Baltasar y a ambos lados, Melchor y Gaspar. Privilegios que da la amistad. La calle Olavarría al cien se vestía de fiesta la noche del 5 de enero y florecía al día siguiente con la movida que se armaba en la casa de Mingo, que por esas dos jornadas se convertía para mí y para el resto de los niños y niñas de Tres Arroyos, en el rey negro.

 

Néstor Capandegui trabajaba con mi tío Pedro Rocha en el reparto de kerosene y vivían, con la tía Mabel Lamas, frente a la casa que también habitada Mingo y su esposa Beba, Susana y Bochita. La tarea comenzaba varios días antes: la puesta a punto del vestuario, la búsqueda de la pintura para el rostro, los guantes, el turbante y la organización del recorrido que darían los Magos por las calles de la ciudad. La idea fue del párroco Rómulo Digiorno que no dejó de poner en práctica sus iniciativas. Lo siguió Victoriano Fuhr al que acompañaron sus fieles seguidores, entre ellos Hugo Di Croce, Toti Figini. Desde el 5 de enero de 1937 los Reyes Magos visitaron Tres Arroyos, montados a camellos, cuando hubo un circo en la ciudad, y más adelante a caballo. Arrancaban en las vías y Colón para desplazarse hasta la Parroquia del Carmen. En el trayecto, las familias los saludaban y los más chicos acercaban las cartas en las que habían escrito sus más profundos deseos.

 

Uno de esos años, en la década de setenta, acompañé al tío Pedro que llevaba en la caja de su Rastrojero al rey Negro. Seguramente no hubo caballos disponibles y las camionetas del reparto de los Rocha vinieron como anillo al dedo. Esa noche la magia entró por la ventanilla. El rey tomaba las cartas y se las pasaba al tío o al abuelo Lamas, que se sentó en el otro extremo, y ellos las guardaban en una gran bolsa que luego, al llegar frente al pesebre, se las entregaban. Desde mi vista privilegiada detrás del parabrisas miles de sonrisas dibujaban esperanza, y los Reyes iban a dejar todo para que así fuera.

 

Uno de esos años, en la década de setenta, acompañé al tío Pedro que llevaba en la caja de su Rastrojero al rey Negro. Seguramente no hubo caballos disponibles y las camionetas del reparto de los Rocha vinieron como anillo al dedo. Esa noche la magia entró por la ventanilla. El rey tomaba las cartas y se las pasaba al tío o al abuelo Lamas, que se sentó en el otro extremo, y ellos las guardaban en una gran bolsa que luego, al llegar frente al pesebre, se las entregaban. Desde mi vista privilegiada detrás del parabrisas miles de sonrisas dibujaban esperanza, y los Reyes iban a dejar todo para que así fuera.

 

La devoción cristiana por ese Niño Jesús nacido en Belén y la historia que escuché tantas veces en la Escuelita Bíblica de la Iglesia de la Unión Evangélica, cobraba vida por unas horas. Una cuna de paja, José y María, los pastores y en ocasiones ovejas u otros animales del pesebre cerraban el círculo virtuoso de la credulidad, la inocencia y el amor por lo que, aún sin muchas explicaciones, iba a pasar después de las doce de la noche. Los primeros años el pesebre estuvo a la altura de la gente, en el atrio de la Iglesia, pero más adelante, Hugo Di Croce construyó un armazón para cercarlo y colocarlo más alto, para que nadie se quedara sin ver ese momento.

 

Las bombas de estruendo cerraban la noche cuando la plaza era un mar de niños subidos en los hombros de sus padres. Unos minutos antes de eso, los Reyes llegaban, adoraban al Niño Dios, dejaban el incienso, la mirra y saludaban a la multitud. Luego el padre Digiorno y después Fuhr, los acompañaban hasta un micrófono para que leyeran los pedidos de los niños expectantes. Una bicicleta, un monopatín, la muñeca que habla, patines, una pelota, juegos de playa, títeres, soga para saltar y los deseos ilimitados de los que nunca dejan de soñar. Luego la bendición y a casa a esperar.

 

Entonces empezaba otra historia, hacer tiempo para que los Reyes pudieran llegar antes que nosotros a casa. De grande supe que en otras familias los niños y niñas se acostaban, así los Magos de Oriente tenían más tiempo para hacer el reparto. Pero para mi papá era fundamental que todo ocurriese esa misma noche. Entonces enfilábamos para la calle Olavarría, directo para lo de Capandegui.

 

Mi hermana Claudia, mi prima Betina y yo, vestidas de domingo, acompañadas de Carlos “Kau” Pourreuix, entrábamos a la cocina de Baltasar y esperábamos somnolientas pero entusiasmadas a que los tres Reyes arribaran para brindar con nuestra familia. Los preparativos para el día siguiente se ponían en marcha alrededor de aquella mesa. Miles de pequeños y pequeñas los esperarían en el Centro Estrada para recibir los regalos que amorosamente había comprado para ellos la Comisión de festejos de Reyes Magos. En pocas horas, volverían a encontrarse con el párroco para bendecir a las familias que depositaban sus mejores deseos en aquellas colas interminables por la calle Alsina a la espera del saludo y el abrazo de los Magos. Las infancias tenían su noche especial, para la que muchas personas trabajaban.

 

Mientras escribo mi hermana Claudia le manda mensajes de WhatsApp al tío Pedro para compensar los agujeros que el tiempo deja en mi memoria. Lo ponemos en altavoz y escuchamos el relato de una mañana de 6 de enero en la que Baltasar cruzó la calle y le llevó la bicicleta a mi prima Betina, la saludó y la llamó por su nombre. Entonces ella lo miró fijo y le dijo a su papá que Baltasar se parecía mucho a Mingo, su vecino.

 

La carta que escribí a principio de los setenta tuvo serias repercusiones en mi memoria, tal es así que se me ocurrió escribir un cuento para recordarla y al hacerlo se me ocurrió buscar en la caja de las fotos en la que mi madre guardaba los tesoros. Rescaté la magia en blanco y negro, reviví el momento y supe lo feliz que fui por aquellos años. Tres Reyes Magos alrededor de la mesa de la casa de Mingo Capandegui dándole rienda suelta a todas nuestras emociones que no terminaban en el regalo esperado, empezaban en la magia.

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