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Tres Arroyos, DOMINGO 25.02.2024
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Una extraña relación

Es la que tiene el país con los extremos, con los ángulos de 180 grados, con los abismos, con los límites, con los bordes, con los excesos, con deslizarse de un lado al otro más alejado del centro del péndulo. 

 
Del populismo al impuestazo liberal o a la ortodoxia más pura, como calificaron algunas publicaciones extranjeras a las medidas del ministro Caputo, sin escalas. Y, como siempre, la afirmación bañada de confianza de que las reformas establecerán la base del futuro argentino de una vez y para siempre. Con la inefable compañía de una nueva interpretación de la historia para justificar un nuevo relato. El tiempo, diría un sacerdote amigo, termina siempre teniendo razón. 
 
Pero tomaremos el bate, mientras el tiempo hace su trabajo, de una afirmación del nuevo relato gubernamental expresado en las escalinatas del Congreso ante los oídos entre distraídos y atónitos de los invitados a la asunción. Les aseguraron que venían a un país llamado Argentina, pero no a una nación arrasada y pos apocalíptica, como la describió el primer mandatario. 
 
Nos referiremos en particular al énfasis del presidente en repetir el mito de que nuestro país fue primera potencia mundial. Nunca lo fue y lamento, estimado lector, la contundencia de esta afirmación. El país tuvo un crecimiento (que es algo diametralmente opuesto al desarrollo) notorio en su PBI y en el ingreso de su población, escasa en un amplio territorio, entre 1880 y 1914. Pero su inserción en el contexto internacional fue periférica. Los países centrales, al mismo tiempo, transitaban la denominada Segunda Revolución Industrial basada en el petróleo, las industrias químicas, el hierro, los grandes conglomerados industriales bancarios, la revolución en los transportes y en las finanzas. 
 
 Argentina era una nación primario- exportadora, que no tenía un sistema financiero fuerte, ni, lo que llaman los historiadores económicos, una burguesía emprendedora y competitiva, con capacidad de actuar en el mundo y localmente en otras áreas de la economía con solvencia, tal como lo hacía en el sector agropecuario. 
 
Por otra parte, el notable crecimiento argentino no supuso la ausencia de graves problemas sociales. De hecho, el presidente Roca, en su mensaje de 1904 al Congreso Nacional, anunció el envío de un proyecto elaborado por su ministro del Interior, Joaquín V. González, que se proponía regular el trabajo obrero y sus relaciones con el capital, inspirado en “necesidades evidentes y en las fórmulas adoptadas por las naciones que mejor han legislado sobre el asunto”. Se tenía plena conciencia de los problemas que aquejaban al mundo del trabajo y en especial a los trabajadores. 
 
 El mandatario nacido en Tucumán a la vez que daba forma al proyecto de ley que referimos, encomendó al médico catalán Juan Bialet Massé, la elaboración de un informe sobre las condiciones del trabajo y de la población trabajadora, en particular, en el interior de la República. Y, además, le solicitó que propusiera las reformas que considerase necesarias. Roca, por esta y otras razones, nunca fue un apóstol de la ortodoxia económica, como se lo intenta mostrar desde el nuevo discurso de gobierno. Al igual que Carlos Pellegrini o Vicente F. López, por nombrar algunos destacados personajes de aquel tiempo. 
 
En abril de 1904 se presentó el primer tomo del ‘Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina’, confeccionado por Bialet Massé. Dicho estudio dio origen a la Ley Nacional de Trabajo. Y esto, porque desde el Estado se entendía que uno de los problemas más urgentes, ante los estallidos sociales de diferente intensidad que se habían producido desde finales del siglo XIX, eran las injusticias laborales y sus consecuencias para la vida cotidiana. Diferentes tipos y grados de huelgas, mitines y atentados anarquistas sacudieron las estructuras socio políticas del país en esa época, y ante ellos, dentro de la propia elite política, un sector de liberales reformistas sostenía que el liberalismo puro no era capaz de hacerle frente a los nuevos y acuciantes problemas sociales. 
 
 El Informe se publicó en un compendio de tres tomos sobre las condiciones a las que estaban expuestos los asalariados. Es un estudio exhaustivo y señero de la realidad imperante para hombres, mujeres, niños, indígenas y extranjeros en los diferentes ámbitos laborales, de manera especial, en el interior del país. Su crudeza, lo vivo de sus relatos, lo dramático de las imágenes que ofrece aún hoy a quién lo lea, cuestionaba las estructuras económicas del momento y el propio mito construido desde esos años. 
 
Nuestro dañino vínculo con lo maniqueo nos hace amantes de uno u otro camino junto con su relato justificador, siempre en oposición, no pocas veces descalificadora, con el no elegido. Perdiendo de vista todo tipo de opciones o combinaciones más ricas, más consistentes y menos radicalizadas, que se encuentran disponibles en el amplio espacio que los separa.                        
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