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Política y economía

Editorial de Diego Jiménez

 

Los seres humanos, desde el inicio mismo de la vida en comunidades, tuvieron que distribuir roles y funciones y para ello, recurrieron al acuerdo, la negociación y el consenso. Luego, con la invención de la agricultura y la ganadería, junto con la aparición de las primeras ciudades y estados, se hizo palpable y necesario que había que establecer normas. Fue un proceso lento, pero irrefrenable. 

 
 La razón es evidente: la vida social requiere reglas que todos cumplamos para poder convivir, así como también al momento de elegir el ¿qué?, el ¿cómo? y el ¿para qué? producir es necesario establecer parámetros mínimos. La organización del Estado-nación actual es compleja y diversa, la unanimidad no existe y prima, por suerte, la pluralidad. Por ende, el ejercicio de la política es más necesario que en el pasado. 
 
Pero la política supone poder, porque se requiere de él para imponer y llevar adelante, por medios lícitos, ideas o programas en una sociedad determinada. Todos lo buscan para implementar sus puntos de vista o para influir en quien lo detenta mayoritariamente. 
 
La legitimidad que dan los votos, en cualquier democracia occidental, colisiona con una arquitectura institucional compleja y necesaria. La razón de este “choque” es relevante: el poder dividido evita mayorías autoritarias, el abuso de poder y obliga a llegar a acuerdos, que de este modo se suponen más duraderos. 
 
En el caso argentino reciente, la primera vuelta electoral fue el mojón clave que repartió las fuerzas en el esquema que establece la Constitución. Como nunca en nuestros cuarenta años de democracia el poder está fragmentado. Como nunca, un presidente electo asumirá con tan poco poder. 
 
El equipo de Javier Milei parece haber tomado nota que la realidad que afronta no solo es compleja en términos económicos, sino que también lo es en términos políticos. Uno y otro aspecto exigen articulación, pactos y consenso. Política pura, una actividad denostada con pasión en estos últimos tiempos confundiendo corruptos con probos y asociando de manera precaria y maniquea, unas ideas con lo bueno y otras, con lo malo. Un ejercicio que siempre la sociedad argentina ejecutó mal a lo largo de su historia.
 
El nuevo gobierno tiene un activo esencial: legitimidad de origen. Es decir, de votos. Con ese capital se enfrenta a un contexto que lo obliga a dialogar y acercar posiciones. A moderarse en sus objetivos e ideas, a consensuar. En qué medida esto supondrá arriar banderas agitadas con pasión en la carrera electoral, es una incógnita que solo develará el tiempo. 
 
Los movimientos de estos días parecen confirmar lo que el presidente Frondizi le confesó al historiador Félix Luna, cuando el autor de “Soy Roca” le preguntó de qué se arrepentía o qué cambiaría de su vida política. Frondizi le respondió que sería más realista en las críticas y menos irresponsable en sus dichos, si le tocase nuevamente ser opositor. Dicho de otro modo, más sensato. 
 
Por otra parte, frente a quienes propugnan la independencia y neutralidad de la economía y su imperio sobre la política, la historia enseña que en materia de gobierno todo es Economía Política. Es decir, el modo en que los gobiernos administran la economía debe tener en cuenta el contexto social y las relaciones entre el poder político y económico al interior y al exterior de una nación. Es una mirada más completa y compleja de la vida en sociedad no reducida solo a determinados índices macroeconómicos, sino una perspectiva que incluye a la historia, la sociología, la cultura y otras disciplinas que ayudan a la mejor toma de decisiones. La economía, vale recordar, es una Ciencia Social.
 
Realismo, negociación y Economía política, parecen ser las nuevas materias de estudio que está incluyendo en su aprendizaje en la transición, el equipo del presidente electo.   
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