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      Premios Lía Encalada: tres nominadas de Tres Arroyos

      Representaron al distrito en la tercera edición del Foro Internacional de Género y Ruralidad y quedaron entre las 200 mejores candidatas -de 700- para ganar el reconocimiento. En un diálogo con La Voz del Pueblo, comentaron sus experiencias y los desafíos diarios de la ruralidad

      18 de octubre de 2026 | 10:18
      Lía Encalada (1904-1988)
      Lía Encalada (1904-1988)
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      El sábado 3 de octubre, en Mar del Plata, se llevó a cabo la 3ª edición del Foro Internacional de Género y Ruralidad, el cuál contó con la participación de 700 mujeres, provenientes de las 23 provincias. En el marco del foro, se llevó a cabo la gala de nominación a los premios Lía Encalada: un galardón que se le otorga a las mujeres trabajadoras del ámbito rural, para reconocer su trayectoria y su poco visibilizado trabajo. Se trató de la 5ª edición del premio organizado por la asociación Mujeres de la Ruralidad Argentina (MRA).

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      A nivel organizativo, el galardón distingue y convoca a mujeres que trabajan en 18 rubros rurales, que incluyen, entre otros, a la educación rural, a la ingeniería agrónoma, la ganadería, lechería, sostenibilidad ambiental, trabajo social y comunitario, y un amplio catálogo que está publicado en el sitio web oficial de la MRA.

      Dialogando con este medio, las tres participantes radicadas en el partido de Tres Arroyos que fueron postuladas de forma anónima, y además, llegaron a estar entre las 200 mejores candidatas a ganar el premio, nos cuentan el cómo fueron convocadas, los desafíos y experiencias tras sus respectivas profesiones y un repaso por sus historias y trayectorias.

      También participó del encuentro Margarita Tourn, quien recibió este reconocimiento en 2024 en la categoría Agroecología, junto a otros integrantes de la delegación local.

       

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      ¿Quién fue?

      Lía Encalada (1904-1988) fue una pionera del sector agropecuario argentino. Se graduó el 29 de julio de 1927 en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA), convirtiéndose en la primera ingeniera agrónoma egresada de esa casa de estudios y del país. Fue la única mujer entre los 21 graduados de su promoción.

      Ante las dificultades para insertarse en los grandes establecimientos agropecuarios, se dedicó a la educación rural en San Antonio de Areco y, en 1932, asumió como jefa de Sanidad Vegetal del Alto Valle, en Río Negro y Neuquén. Allí, los chacareros la apodaron cariñosamente “La Bichóloga” por su trabajo en los surcos, donde enseñaba a combatir plagas junto a los productores.

       

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      Elena Fernández: De Barrio Norte a un campo del distrito

       

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      Elena Fernández

       

      En el marco del reciente Día de la Mujer Rural, la historia de Elena Fernández se destaca como un testimonio de trabajo ininterrumpido en el campo.

      Nacida en Barrio Norte, en la esquina porteña de Peña y Junín, la ex presidente del Foro de Seguridad cambió el rumbo de su vida a los 20 años para radicarse de forma permanente en la propiedad que su familia compró en Tres Arroyos.

      Hoy, a sus 72 años, su trabajo y compromiso diario la llevaron a las instancias finales del Premio Lía Encalada, un reconocimiento del Foro Internacional de Género y Ruralidad que visibiliza el rol de las mujeres en el sector.

      Sin embargo, al ser consultada por La Voz del Pueblo, lo primero que dijo fue que este reconocimiento se lo merece más –la también ex profesora de Historia- Elena Echarri, otra gran mujer que le dedicó su vida a la producción agropecuaria.

       

      Desde la universidad

      Elena era muy jovencita mientras estudiaba Agronomía en la Universidad de Buenos Aires cuando su padre, Emilio Fernández, compró el campo -ubicado a 15 minutos de la ciudad- y ella viajó a conocerlo.

      Le confió a La Voz del Pueblo que ese primer contacto redefinió su proyecto de vida. “El día que conocí lo que era el cielo, el verde, los animales, no me quise ir más”, comentó.

      Cursó un año más de la carrera y a los 20 años decidió instalarse  junto a sus padres, Emilio y Josefa Menéndez, y sus hermanos Roberto y Jorge.

       

      Comenzar sin nada

      “Éramos una familia que cuando compró el campo no teníamos ni animales, ni tractor, ni nada. Así que hacíamos un poco de todo entre todos hasta que tuvimos las primeras vacas”, explicó. En esa etapa diversificaron la cría de “vacas, gallinas, patos y chanchos”.

      Al incorporar el primer tractor, dividieron la explotación en agricultura y ganadería de bovinos y ovinos.

       

      Una rutina diaria

      A lo largo de más de 50 años dedicados a la actividad agropecuaria, Elena contó que viene trabajando de forma directa en el predio.

      Su día arranca a las 6.30 y se estira hasta las 22, con media hora de siesta en el medio. Recorre, inspecciona, asiste en partos, participa en vacunaciones en la manga, hace castraciones y hasta repara alambrados, mientras las manos se lo permiten. Hasta hace un año también volteaba ovejas para curarlas, si estaban lastimadas.

      Hace dos años, su médico le indicó trasladarse a la ciudad por motivos de salud, pero decidió permanecer. “Lamentablemente no le hago caso. Me encanta el campo. Amo el campo”, insistió en un tono con el que no deja dudas.

      Para la productora, el vínculo con la tierra resulta indiscutible. “Para mí del campo es la vida”, sostuvo la mujer que únicamente viene a Tres Arroyos para abastecerse.

      Además de lo diario, dedicar su vida a la actividad agropecuaria implica también hacerle frente a la inseguridad -fue víctima de un violento asalto hace años- también aguanta las crecidas del arroyo del Medio, para lo cual resguarda preventivamente al ganado en los sectores más altos. Y en tiempos de El Súper Niño asegura no sentir miedo, porque tiene “mucha fe en dios”.

       

      Liderazgo y seguridad

      Además de dedicarse a producir, Elena fue designada por la Cooperativa Agraria para integrar el Foro de Seguridad, un organismo que presidió durante dos periodos. Cumplió una recordada función porque no le tembló la voz cuando hablaba con las autoridades de turno.

      Durante su gestión llegó encabezar una asamblea en el Club Costa Sud que convocó a unos 600 productores en tiempos donde crecía el delito rural y en general.

      Siempre buscó incentivar las denuncias formales para reflejar la realidad delictiva y obtener refuerzos policiales. Incluso hoy, los pobladores recurren a ella ante situaciones sospechosas. “En vez de llamar a la Patrulla Rural me llaman a mí para que yo pase el parte de lo que está pasando”, sostuvo.

      En el cierre de la entrevista, cuestionó el despoblamiento en los campos. “Ahora son taperas. Creo que tiene que haber un acercamiento para que la gente se quede en los campos, darle facilidades, no irse todos al pueblo”, concluyó.


      María José Schmidt: “Manos y pies en la tierra”

       

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      María José Schmidt

       

       

      María José Schmidt nació en La Plata y está radicada hace 35 años en Lin Calel. Es técnica agropecuaria y perito en cereales, se formó en la escuela agropecuaria platense y continuó sus estudios en forma virtual en varias universidades.

      Las postulaciones son anónimas, pero agradeció especialmente al enterarse de que fue nominada por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA): “Fui nominada por trabajo social comunitario rural, por los 20 años que trabajé ad honorem como promotora del programa Pro Huerta, brindando capacitaciones y acompañando a las comunidades. Siempre lo hice desde las escuelas rurales, que fueron mi punto de encuentro”, afirma.

      Sobre su vínculo con el INTA, relata: “Con la empresa en la que trabajaba nos fuimos trasladando a distintos campos. Cada vez que me mudaba, me acercaba al INTA que correspondía a esa zona. Así conocí a distintos equipos técnicos y, cuando llegué a Tres Arroyos, me puse a disposición del INTA Barrow para colaborar desde mis conocimientos y mi experiencia”.

      Su filosofía de trabajo, asegura, siempre fue “ofrecerme a la comunidad en la que estaba viviendo. Creo que uno tiene que brindar algún servicio, aunque sea un ratito, como una manera de devolverle algo al lugar que te abrió las puertas”. También destaca el aporte de la institución a su formación: “Hoy, con 55 años, diría que alrededor del 70 por ciento de mis conocimientos se los debo a INTA”.

      Como promotora de Pro Huerta, recibía capacitaciones permanentes.

       

      En la sangre

      Al recordar cómo nació su vocación por la ruralidad y la defensa de la agroecología, vuelve a su infancia: “Amaba el campo y lo sigo amando. Vengo de abuelas chacareras, así que siento que lo llevo en los genes. Para mí, tener las manos y los pies en la tierra es fundamental”.

      En 1983 o 1984, al terminar la primaria, sus compañeras eligieron escuelas técnicas del centro, pero ella optó por una escuela agropecuaria distante. Reconoce que la pasión no surgió de inmediato, debido a la exigencia de la formación y al trabajo que requería la producción, aunque con el tiempo profundizó su vínculo con el campo.

      Sus padres, comerciantes, apoyaron su decisión, pese a que la escuela tenía doble escolaridad y más materias. “Terminé de estudiar, me casé y tuve la oportunidad de conocer distintos cultivos, como la cebolla y el ajo, porque mi esposo es de Pedro Luro. Me fui perfeccionando a medida que crecía y trabajaba. Siempre tuve la decisión de criar a mi familia en el campo”, asegura. Esa convicción los llevó a radicarse en Lin Calel.

       

      La semilla

      Con el tiempo llegaron sus cuatro hijos, hoy profesionales en distintas áreas y motivo de orgullo y alegría. Criarlos y garantizarles educación desde el ámbito rural implicó un esfuerzo que Schmidt recuerda especialmente. “Cuando empezaron a nacer los chicos, veía que muchas mujeres de los campos vecinos se instalaban en los pueblos para que sus hijos pudieran estudiar, por las distancias, los caminos y las dificultades para trasladarse”, cuenta. Le preocupaba que esa situación terminara separando a las familias.

      Por eso decidieron permanecer en el campo. Aunque varias personas le advirtieron que “no iba a aguantar”, hoy valora que “se pudo”.

      Ese recorrido familiar y comunitario, acompañado por el INTA, desembocó en su participación en el foro de mujeres rurales. La experiencia representa no solo el esfuerzo personal de Schmidt, sino también la satisfacción de conocer las historias de otras mujeres de distintos puntos del país que atravesaron situaciones similares.

       


      Florencia Gonzales: La docencia en la zona rural

       

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      Florencia Gonzales

       

      Oriunda de Tres Arroyos y con doce años de trayectoria en la docencia rural, Florencia Gonzales fue otra de las tres exponentes locales que viajaron a Mar del Plata. Es directora y maestra a cargo de la Escuela 32, en el paraje La Sortija, y docente en la Escuela 26, donde trabaja con plurigrados y comunidades educativas rurales.

      Su postulación llegó de manera sorpresiva y anónima, aunque luego descubrió quién estuvo detrás del gesto: “La tía de mi pareja, Liliana Wehrhahne, es una ingeniera agrónoma muy reconocida en Tres Arroyos que ya está jubilada. Ella había participado anteriormente de estos premios y había ganado en su rubro por su labor científica y de investigación en nuestra ciudad. Fue quien me propuso para la nominación”.

      Aunque al principio no dimensionaba la magnitud del evento, la experiencia resultó movilizadora. El encuentro reunió a unas 150 mujeres de distintos puntos del país, entre ingenieras, científicas y maestras rurales. “Fue hermoso conocer a maestras de Misiones y de Salta, y escuchar cómo trabajan. Seguimos en un grupo en el que compartimos lo que hacemos y nuestros trabajos. Así que continúo aprendiendo y conociendo experiencias hasta el día de hoy”, expresó.

       

      Vocación y arraigo

      El vínculo de Florencia con la ruralidad comenzó durante los estudios en el Instituto de Formación Docente 167 de Tres Arroyos, del que egresó en 2014, aunque empezó a ejercer un par de años antes. Las prácticas en la Escuela 13 le permitieron descubrir un universo diferente al urbano que la cautivó de inmediato.

      “A veces me dicen que estoy loca por viajar una hora de ida y otra de vuelta, con barro, para llegar a La Sortija. Muchas veces nos encajamos y suceden un montón de cosas en el ámbito rural. Pero, como digo yo, somos una gran familia”, relata.

      Su rutina comienza a las 6.30 para recorrer los kilómetros que la separan del establecimiento, donde combina la dirección con la enseñanza de primero a sexto en aulas plurigrado.

      Pese a las dificultades logísticas y la disminución de la matrícula por la migración hacia las ciudades, encuentra en el entorno rural una oportunidad de aprendizaje única: “Abrimos la ventana y encontramos conocimiento en todas partes. Salimos y tenemos animales, naturaleza y mucha vegetación para estudiar. Los chicos tienen al alcance de la mano un montón de cosas para aprender sobre animales, plantas y el entorno que los rodea”.

       

      El sostén familiar

      La escasez de conectividad y las distancias dificultan las salidas educativas. Además, al no contar con secretario ni vicedirector en su escuela de jornada matutina, Florencia debe combinar las tareas administrativas con las pedagógicas, incluso fuera del horario escolar.

      El acompañamiento familiar es clave para sostener esa rutina. Con una hija de siete años, cuenta con el apoyo de su pareja y de los abuelos: “El apoyo familiar es fundamental. Sin ellos, obviamente, no podría estar trabajando tan lejos y sostener todo lo que implica esta profesión”.

      Ante la disminución de la natalidad y el despoblamiento rural, reafirma la importancia de preservar estos espacios educativos: “Hay que seguir luchando por la escuela rural y por garantizarles ese derecho a los chicos. A pesar de que estén alejados, tienen las mismas necesidades y deberían tener las mismas oportunidades que el resto de los estudiantes”.

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