Quiero un hogar
Soy Bernardo, tengo diez años. Espero todas las tardes que lleguen los profesionales del Juzgado de Familia y me presenten a alguien que me quiera abrazar Por Valentina Pereyra
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No quiero vivir más en instituciones. Tengo diez años. Me gusta andar en bicicleta y jugar al fútbol. Estoy emocionado por el Mundial. Quisiera ver los partidos de Argentina en una casa que al final del certamen, sea la mía. Los juegos de mesa me entretienen. Seguro que, si me das la oportunidad de conocerme, te va a encantar compartir conmigo estrategias o habilidades que nos diviertan. Voy a la escuela. Hago los deberes y siempre llevo el material que me piden. Las cuidadoras del Hogar donde vivo están atentas a lo que necesito para estudiar, a mi alimentación, a mi salud. Pero, a pesar de todo esto y de que parezca que soy feliz, no es así.
Estoy cansado. Muy cansado. No quiero pasar el resto de mi infancia y mi adolescencia sin un hogar. Hace unos días la cuidadora subió el volumen de la radio. Escuché al locutor que hablaba de un niño con sus derechos vulnerados. Me senté y apoyé la cabeza entre las manos y cerré los ojos. Aproveché a que la cuidadora cortaba cebolla de espaldas a la mesa. Y, callado como estaba, nunca se dio cuenta de que me quedé atento a la información. La señora a la que reporteaban se llama María Palacio. Explicaba que, en primera instancia, actúa -en un caso como el mío en el que los derechos están vulnerados- el órgano municipal, que interviene haciendo el seguimiento de la familia. Dijo también que el servicio administrativo trabaja para ayudar, pero cuando no hay un cambio -como última instancia- separan al niño -en este caso a mí- de la familia de origen.
La cuidadora siguió cortando las zanahorias y en la radio, aunque me nombraban de otra manera, hablaban de mí. No conozco todas las palabras difíciles que dijo la doctora, aunque sí me imagino de qué se tratan, porque algo me contaron los profesionales del Juzgado de Familia N°1. El locutor preguntó qué había que hacer en una situación como ésta, en la que yo no puedo volver a casa. Podría ir con algún pariente. Pero tampoco funcionó. Tengo que estar por lo menos seis meses en el Hogar para que el
Servicio Local de Derechos de los Niños trabaje con mi familia para tratar de “revertir aquello que ocasionó la separación”. Eso me lo aprendí de memoria. Cuando llegué acá, lo primero que pedí fue un almanaque, así que, cuando se terminó el tiempo que me habían dicho volví a preguntar: ¿Cuándo me van a venir a buscar? ¿Por qué pasa tanto tiempo?
Me olvidé de decir que me llamo Bernardo. Aunque ese no sea mi nombre verdadero. Es el que me pusieron para poder buscarme una familia. La cuidadora estuvo por descubrirme en la cocina porque me dieron ganas de estornudar. Aguanté la respiración y me lo tragué. El locutor leyó un comunicado del juez del Juzgado de Familia N°1, Diego Granda, que dictó mi adoptabilidad. Dijo que buscaron los listados para saber cuántos candidatos quieren chicos como yo: ¿Soy grande? ¿Soy chico? ¿Alguien me quiere ahijar?
Pero hay poca gente en el listado, y no concuerdan con el perfil requerido. Entonces, por esa razón, y porque hace más de un año que espero para salir de la institución, el juez llamó a una convocatoria pública. En ese escrito explicaron qué me gusta hacer y por qué estaría bueno si me quisieran adoptar. ¡Hasta estoy dispuesto a mudarme! Los profesionales del Juzgado me contaron que por ahí me venían a buscar de otras provincias. Pensé en las montañas del sur y en cómo me gustaría conocer la nieve; en los ríos y los esteros de la Mesopotamia; en tierras donde se cultivan vides, o se crían ovejas o se saca petróleo; pensé en el mar y en los lobos marinos que nunca vi.
Sé que pueden venir a buscarme mamás solas, papás solos, mamá y papá; dos mamás y dos papás. Todas las semanas, y cada vez que pregunto cuánto falta, me dicen siempre que es poco lo que falta, que yo tengo derecho a una familia o las personas tendrán derecho a ser padres o madres. Me cuesta entender que sólo quieran adoptar bebés. Yo puedo ser hijo también. Una vez una señora me tocó la cabeza y me dijo: qué lindo bebé.
El tiempo de la gente grande no es el mismo que el mío. Espero todas las tardes que lleguen los profesionales del Juzgado de Familia y me presenten a alguien que me quiera abrazar, que sepa mi nombre de verdad, que me compre figuritas de Messi. O no, si no puede, está bien igual. No tengo pretensiones, sólo me gustaría estar alrededor de una mesa con personas que les interese lo que hice en la escuela, que me defiendan de las tantas injusticias de las que me voy a quejar seguramente, que me lleven a dar una vuelta en bicicleta.
¿Cuál es mi tiempo para crecer sano? ¿Cuál es mi tiempo de la no espera?
Me dijeron que si mañana alguien lee esta nota y me quiere me podría empezar a vincular enseguida. Vendrían a charlar conmigo en la cocina del Hogar; otro día me llevarían a conocer su casa, y capaz que hasta me puedo quedar a almorzar. O una tarde me preguntarían si me animo a quedarme a dormir y lo haría emocionado. Y al poco tiempo el juez me daría permiso para quedarme a vivir con mi nueva familia. Podrían pasar seis meses más para que los dejen firmar mi guarda preadoptiva. Y ahí sí, si ellos y yo queremos, podemos recibirnos de FAMILIA.
La cuidadora repitió la frase que la entrevistada, María Palacio, le dijo al locutor: “Las adopciones tienen mala prensa”, dijo y meneó la cabeza. Acercó la oreja a la radio y la sacudió para que recobrara el volumen. Los dos escuchamos que a las personas les da fiaca anotarse en los listados porque creen-capaz eso pasó alguna vez- que tienen que esperar muchísimo para que los llamen. Pero la doctora dijo que no, que eso ya no es así. Tampoco deben tener casa propia o tener una posición económica muy buena. Lo más importante es que me puedan dar de comer y llevar a la escuela. Lo demás, no me importa. La cuidadora me dijo: ¡Viste! Hay mucha gente que piensa que hay que ser millonario o que si están alquilando no les van a permitir adoptar. ¡Viste! Está claro que no es así. Estás más cerca.
Ella siguió metiendo en la olla todo lo que encontró en la heladera que tuviera forma de verdura; yo despegué la cabeza de mis manos. Esperá, le dije. También dijo la doctora que a la gente le gustan los bebés porque los quieren acunar, llevar al Jardín de Infantes, acompañarlo a la escuela el primer día de clases. Ella revolvió con fuerza y me hizo señas para que vaya a mirar cómo iba el puchero. Me paré a su lado y me abrazó. Con la mano que tenía libre me revolvió los pelos y sentí escalofrío. Vos sos chiquito, estás criadito. Ya va a venir alguien a buscarte. ¿Y, si no?
Me mandó al patio a jugar, pero ya se me habían ido las ganas.
Me levanto y me acuesto convencido de que hoy va a ser ese día, el día en que una familia de mi ciudad golpee el despacho del juez y le avise que ya están listos, o, incluso, si es una persona sola que ya está lista para abrazarme. No soy bebé. Tengo mi historia. No prometo una vida color de rosa. Me duele mucho el alma, y eso pesa. Pesa hasta que sos grande, me dijeron. Pero, yo estuve pensando: si una caricia hace que te den cosquillas por todo el cuerpo, si una sonrisa te derrite y si una mano enlazada a la tuya te hace sentirte superhéroe, entonces… ¡Ahí está la cura! Bueno, me voy a ir despidiendo. Los espero. Soy Bernardo, tengo diez años, estoy cansado de vivir en instituciones; quiero jugar y vivir en una casa que pueda sentir mía; puedo ocuparme de inflar la pelota y de acomodar las piezas del juego que siempre juego solo. Los espero. Soy Bernardo, tengo diez años y necesito que me vengas a buscar para sentirme niño.
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"La adopción tiene mala prensa"
La Dra. María Palacio, titular de la Asesoría de Menores del Departamento Judicial de Bahía Blanca, me ayudó a comprender algunos conceptos que me permitieron ponerle voz a Bernardo. Ella fue la que me dijo, y con razón que “la adopción tiene mala prensa porque la gente cree que te anotas y que nunca te llaman o que pasan años para que te llamen”. También me dijo que ese es un mito y que no pasa así. Lo que ocurre es que los posibles adoptantes muchas veces solo quieren bebés de un año o más chicos. Bernardo tiene diez y, esa es la razón, que hace un año que vive en un Hogar convivencial a la espera de que alguien quiera adoptarlo.
La doctora Palacio sintetiza el proceso por el que Bernardo está en una institución. “Cuando hay un niño con sus derechos vulnerados, actúa en primera instancia, el órgano municipal que interviene haciendo el seguimiento de él y de su familia. El servicio administrativo trabaja para ayudar a la familia, pero cuando no hay un cambio- como última instancia- separan al niño de la familia de origen y puede ir a vivir: con una familia solidaria o a un Hogar”.
Durante seis meses el Servicio Local de Derechos de los Niños sigue trabajando con la familia para tratar de revertir aquello que ocasionó la separación. Algunas veces logran mejorar la situación y regresan con ellos o con algún pariente cercano. Como en el caso de Bernardo no fue posible, el juez del Juzgado de Familia N°1, Diego Granda, dictó su adoptabilidad.
Lo que siguió dentro del proceso fue mirar los listados para saber cuántos candidatos hay que busquen chicos con las características de Bernardo. Pero hay poca gente en el listado y no concuerdan con el perfil requerido. Entonces, por esa razón, y porque hace semanas que Bernardo espera irse de la institución en la que pasó su último año, el juez llamó a una convocatoria pública donde se explican las características de Bernardo y se habilita a familias de toda la provincia y el país para adoptarlo.
“Bernardo quiere afecto, aunque tenga otras necesidades cubiertas. Pero hace semanas que seguimos en este proceso, estancados porque no hay familias que quieran adoptarlo”. Para ser un buen candidato para adoptar no hay que tener determinado sueldo o propiedades, sino poder darle una vida digna. No hay requisitos económicos como tener casa propia o determinado nivel económico, “solo deseo de ahijar y las mínimas condiciones para poder sostener la crianza del niño”.
La doctora Palacio hace hincapié en la realidad de Bernardo que está expectante porque conoce el proceso, pero no comprende que las familias solo quieran bebés. Como adultos comprendemos que quienes quieran ahijar también deseen la experiencia de crianza desde los primeros meses de vida y tener más tiempo para compartir con su hijo o hija.
Lector, querido lector de La Voz del Pueblo, confío en vos y en tu deseo de ayudar para que esta nota circule y Bernardo encuentre pronto, lo más pronto que se pueda a la familia que lo adopte.
Y, antes de despedirme, quiero agradecerle a Bernardo que me prestó por un ratito su nombre de fantasía para que le diera vida al personaje que, en realidad, es un niño de diez años que quiere tener un hogar.
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