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Recuerdos tresarroyenses de una vida en familia frente a la zona del conflicto

Rosa Di Rocco y su marido Rubén Martínez vivían en Puerto Madryn con sus cuatro hijos cuando estalló la guerra de Malvinas. La vida en las calles de un poblado vecino a la guerra y el inicio de un lazo que no se olvida

Por Enrique Mendiberri

“Cada 2 de abril me levanto y, lo primero que hago, es poner la bandera en la ventana”.

 

Rosa Di Rocco no es madre de un soldado que luchó en Malvinas, pero existe al menos un ex combatiente que la adoptó como tal cuando integraba la flota de un barco proveedor de combustible frente al puerto de Madryn, en plena guerra de Malvinas, y ella junto a su marido, Rubén Martínez, acogían a tres combatientes en su casa cada vez que pisaban el continente.

 

Por aquellos años, el matrimonio tresarroyense se había mudado a Puerto Madryn por un trabajo que él había conseguido en Aluar, la compañía productora de aluminio. Vivían con sus cuatro pequeños hijos y, cuando comenzó la guerra de Malvinas, la proximidad con las islas lo transformó en testigos directos de tristes episodios a los que trataban de combatir con gestos solidarios.

 

“Íbamos al centro a hacer las compras y siempre que nos cruzábamos con algún marinerito le preguntábamos cómo estaban”, recordó en diálogo con LA VOZ DEL PUEBLO antes de referirse al grupo con el que lograron afinidad.

 

“Estos chicos andaban de a tres. Eran dos de Tucumán y otro de San Nicolás, y los invitamos a cenar a casa. Fueron a comer y se acostumbraron. Empezaron a ir todas las noches. Cuando ellos venían, nosotros apagábamos el televisor, tenían 18 años y servían en un buque de combustible que abastecía a otros barcos. Eran un objetivo militar al que si le tiraban no quedaba ninguno. Ellos no hablaban de la guerra, no sé si pensaban en ese riesgo”, dijo, antes de mencionar la despedida de cada día, “después de comer y compartir un momento, mi marido los llevaba de vuelta al puerto en el auto, porque estaba lejos de donde estábamos nosotros. Para mí fue muy triste”.

 

El Tucumano

“El tucumano tenía hermanitos y se llevaba bien con nuestros hijos, que eran pequeños, y siempre nos decía “son como mi familia”.

 

Así recuerda Rosa Di Rocco a Sergio Alurralde, tal vez el joven con el que más se encariñó de los tres que iban a visitarlos cada vez que la superioridad se lo permitía.

 

“Eran chiquitos. Imaginate que tenían 18 años. Estos chicos eran humildes, de muchos hermanitos”, comenta.

 

“A mí los recuerdos me vienen siempre el 2 de abril, pero fueron dos o tres meses en los que estuvimos viviendo con los chicos”, aclara antes de recordar con cariño una anécdota que, posteriormente, derivó en una tierna historia que él mismo le escribió en la carta que le envió al terminar la guerra.

 

“Un día me dijo ‘¿podemos hacer ñoquis doña?’”. Rosa le enseñó, pero aparentemente, y de acuerdo a lo relatado años meses más tarde por el joven, el experimento no habría salido de la mejor manera, cuando intentó preparárselos a su propia familia en la provincia norteña.

 

A Rubén le cuesta seguir el ritmo de los recuerdos de su esposa. Se conmueve cuando observa el chaleco y la boina que les regalaron un soldado que vino del archipiélago y el tucumano al terminar la guerra. Se conmueve cuando escucha a Rosa leer la carta. No es para menos, él también tiene recuerdos de cuando organizaba reuniones solidarias para juntar donaciones o simplemente juntarse a cantar el himno en apoyo a los soldados de Malvinas.

 

“Nos juntamos en un zoom varios matrimonios, entre los que había de Tres Arroyos, y donábamos comida, bebida”, fue el prólogo de una historia de reencuentro que, al finalizar el conflicto, selló a fuego sus recuerdos de la guerra, “cuando termina la guerra fuimos a la vera de la ruta. A ellos (por los soldados argentinos), los ingleses les habían dicho que no los íbamos a recibir porque habían perdido, entonces bajaron tristes. Venían todos juntos y, después, los que venían en un transporte tipo ambulancia, ya venían enfermos de la cabeza. Venían vestidos de blanco, a los gritos. Mientras que los otros, cuando los empezamos a aplaudir, se animaron a asomarse desde la parte de atrás del camión y nos daban la mano. Para mí fue muy terrible”.

 

La diaria

“¿Viste que hoy hay gente que al militar no lo quiere por todo lo que pasó? (en referencia a la dictadura) Pero no hay que meter a todos en la misma bolsa. Pobres, ellos (por los soldados) fueron (a la guerra) sin que quisieran”, dice Rosa mientras mira los recortes de diarios chubutenses de aquella época.

 

A pesar de su proximidad con la zona de conflicto, Rosa sostiene que el miedo más grande estuvo siempre sostenido por las herramientas preventivas, “nunca sentimos nada, ninguna detonación, nada, pero vivíamos con todas las ventanas tapadas con cartón y sólo nos asustábamos cuando sentíamos la sirena Había que estar adentro. Sobre todo a la tardecita. Por eso, cada vez que siento la sirena de los bomberos me estremezco y, por muchos años, cuando volvimos a Tres Arroyos dormimos con la radio prendida, porque ahí nos acostumbramos para estar atentos a las noticias. Bajita, pero encendida”, mencionó refiriéndose a los años que siguieron a una de las etapas más tristes del país.

 

Ahora, a la distancia, poco le cuesta a Rosa analizar la devolución que hizo el Estado a los ex combatientes, “fue mala, porque están con una mínima pensión que les están pagando. Uno los ve en los desfiles, a uno le falta una pierna, eso es lo más triste. Conocí la historia de un profesor de piano que había pedido prórroga, pero en la guerra perdió un brazo. Yo me ubico en el lugar de las madres, porque los chicos no tenían ni idea de lo que estaban pasando”, explicó antes de terminar y, sin soltar la carta del Tucumano, piensa en Sergio Alurralde y piensa en voz alta, “me gustaría contactarme con él”.

 

Tal vez el destino y las redes sociales le den la posibilidad de lograr el encuentro.

 

 

LA CARTA QUE ROSA SE ANIMÓ A COMPARTIR AÑOS DESPUÉS

 

“En ustedes encontré a mi familia, que tanto me hubiera gustado tener a mi lado”. Una de las frases agradecidas que aún conmueven a Rosa Di Rocco

 

“Me hubiera gustado darle un beso en la frente, como se besa a una madre”

 

Esta es la carta que el ex soldado tucumano Sergio Alurralde le envió a Rosa y su familia después de la guerra de Malvinas

 

“Familia Martínez, buen día ¿cómo están?

 

Espero que estén bien, al igual que toda su familia. Yo gracias a Dios estoy bien, estoy contento de recibir su carta, pero antes de seguir escribiendo, quiero disculparme por no haber escrito antes, como les había prometido. Pero esto tiene su explicación, paso a la misma:

 

Unos días antes de zarpar de Puerto Madryn, yo deseaba mucho ir a despedirme de uds, ya que en esos momentos trágicos que estaba viviendo la patria, en ustedes encontré mi familia, que tanto me hubiera gustado tener a mi lado en esos momentos que estaba viviendo.

 

En usted encontré la palabra de aliento de mi madre, de mi padre, que me impulsaban a cumplir con mi deber de soldado. Si me hubiera gustado darle un apretón de manos al jefe de la familia y a usted señora darle un beso en la frente, como se besa a una madre y darle las gracias por todo eso que hicieron por mí y por mis compañeros, pero no pudo ser. Ya que en esos días me encontraron durmiendo adentro del salvavidas y me quitaron los documentos y no me dejaron desembarcar.

 

Al llegar a Puerto Belgrano, quise escribirle, pero me dijeron que el 16 de julio teníamos licencia. Entonces preferí dejarlo para escribirle desde Tucumán y mandarle la tarjeta de la casa histórica que les había prometido. Por cierto que esperaba con ansias el día de la licencia, porque llegar a mi casa, donde mi familia toda me esperaba con los brazos abiertos, era como nacer de nuevo. Se nace de nuevo y se muere otra vez, porque al llegar a mi casa me  dieron la noticia de que mi abuelita había muerto. Que la carta que ustedes me enviaron llegó justo el 28 de mayo, cuando la estaban velando. Me quise morir. Mi vida se cambió en un infierno. Pero su fue. Tengo que resignarme a la suerte de mi destino.

 

Este es el motivo por el cual no les escribí. Además, quiero que sepan que no es mi intención amedrentarlo. Sabe bien que, cuando le dije a mi abuelita que le prepare unos ñoquis para chuparse los dedos, se quedó sorprendida y me preguntó, ‘¿quién te enseñó a prepararlos?’ Entonces le dije, ‘la señora que nos invitaba a cenar o almorzar en Puerto Madryn. Y me contestó ‘si te sale mal no le eches la culpa a la señora’. ‘Está  bien’, le dije. ¡Si supiera cómo me salieron! Eran cualquier cosa, menos ñoquis.

 

Dele besos a Rubén, me despido de ustedes con la mano en el corazón, dando las gracias de mi familia y especialmente mías, por todo lo que hicieron por mí.

 

A los chicos Sergio, a Andrea, que es la niña más simpática que conocí, a Diego, por llevar el nombre del astro de fútbol argentino y ser el más ‘cachafaz’ y a Mariela por ser la mascotita de la familia. De parte mía darle un besito a cada uno y decirles que también los recuerdo y los quiero mucho. Hasta pronto doña Rosa, don Rubén, su amigo que siempre los recuerda. Sergio”

 

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