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      Tocó fondo con la cocaína, pudo salir y hoy quiere ayudar con su testimonio

      Eric Ausmendiz tuvo una experiencia muy dura, que lo llevó a descender “muchos subsuelos”. Su madre y su familia fueron determinantes en la recuperación. No consume hace tres años, nueve meses y 24 días. Se formó como operador socioterapéutico y a través del municipio, brinda charlas en escuelas y clubes

      24 de mayo de 2026 | 11:18
      “No soy de ir a la iglesia ni nada, pero con las cinco sobredosis que tuve y nueve convulsiones hay algo más grande”
      “No soy de ir a la iglesia ni nada, pero con las cinco sobredosis que tuve y nueve convulsiones hay algo más grande”|PH: Nahuel La Grutta
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      Por Alejandro Vis

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      Eric Ausmendiz no consume cocaína desde el 1º de agosto de 2022, cuando se produjo su ingreso en Salud Mental del Hospital Pirovano. El 26 de agosto del mismo año comenzó a recibir atención en una comunidad terapéutica de La Plata, donde permaneció durante un año y medio.

      Cada día sin consumir, subraya Eric, es un paso. Tiene 42 años, cayó profundamente en la droga a los 35, “ya de grande”, vivió una experiencia muy dura. “No soy de ir a la iglesia ni nada, pero con las cinco sobredosis que tuve y nueve convulsiones hay algo más grande”, reflexiona.

      Perdió un campo, que heredó de su padre. Por la cocaína, dejó de lado a su familia, se distanció, estableció relaciones nocivas. Pero su madre fue clave en el proceso de recuperación, que le permite estar “limpio” hace tres años, nueve meses y 24 días.

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      Nació en Tres Arroyos, vivió sus primeros años en el campo y reside en la ciudad desde que comenzó a cursar la escuela primaria. Su familia la integran su mamá, dos hermanas y sus cuatro hijos: “el más grande tiene 23, mi hija 22, mi hijo más chico de 13 y mi nena de 7”, puntualiza.

      Eric señala que “cuando falleció mi viejo, se llamaba Héctor Ausmendiz, arranqué con el consumo de cocaína. La misma persona que me dio por primera vez la droga fue quien me aconsejaba, yo le servía como un negocio. Mi viejo me dejó un pedazo de campo, yo siempre tenía plata”.

      En una etapa posterior, “a lo último, empecé con el alcohol. Me bajaba, para poder seguir consumiendo droga”.

      “El proveedor me daba tips para que yo vaya y siga comprando ¡Hasta donde llega la enfermedad, que a la persona que te está vendiendo la consideras parte de la familia! Creía que él me entendía, que me estaba cuidando de cierta manera”, observa.

      Al hablar de sus hijos, dice que “los dos más grandes fueron los que más sufrieron. Llamaban por teléfono, me mandaban mensajes y me buscaban, nunca respondí. Estaba en mi mundo, quien se hizo cargo fue mi vieja. Mi hijo mayor vivía conmigo y yo lo abandoné. Lo dejé en la casa solo, sin saber si comía”.

      Como parte de su nuevo entorno, Eric menciona que “me junté con una persona que consumía a la par mía, era la manera de sentirme tranquilo, todo tenía que estar vinculado a la droga. Hacía fiestas y pagaba todo. Había cambiado de familia para mal”.

      Tenía una cantina, que oportunamente abrió con su padre, tarea que no pudo continuar: “Cocinaba, hacía un montón de cosas, funcionaba todo muy bien. Poco a poco me fui ausentando, iba cada vez menos, dejé de cocinar. Lamentablemente es lo que pasa con la adicción”.

      En este contexto, comenzó a encerrarse en su casa. “Consumía para no sentir, para tapar -observa-. ¿Qué tapaba? La muerte de mi viejo y después lo pude saber, un montón de cosas más”. En un tratamiento psicológico, percibió que “yo venía con arrastre de dolor de mucho antes”.

      En su interior, “sabía que algo estaba mal. La cocaína te transforma la cara, tu comportamiento, los vínculos, dejé de bañarme, de higienizarme, dejé de dormir. No quería que mi familia me viera todo sucio, mi casa desordenada y abandonada. Mi mamá me golpeaba la puerta, no la atendía. Mis hermanas intentaron ayudarme”.

      Con énfasis, expresa que “es un desastre lo que hice. Terminé comiendo cocaína, no es que solamente la inhalaba. La nariz estaba tan destruida, que terminé comiéndola -reitera-. Llegué a un nivel de compulsividad muy avanzado”.

      La pérdida del campo constituyó un reflejo de que “estaba tocando fondo. Empecé a humillarme, a prostituirme, un montón de cosas para conseguir una dosis. Descendí muchos subsuelos”.

      Explica que “el adicto no la pasa bien ¡no sabes lo que se sufre! Si consumís todos los días, el punto de euforia fue la primera vez, después ya no sentís nada. Te pones en un estado de dureza, no poder moverte”.

      A modo de ejemplo, Eric menciona que “mi primera convulsión no pude hacer absolutamente nada, ni siquiera agarrar el teléfono para llamar a una ambulancia o a alguien. Quedé estático, se me dieron vuelta los ojos, empecé a largar espuma por la boca, en posición fetal, de bebé, mi cabeza diciendo ‘por favor no me quiero morir’”.

      Admite que solía tener un arma calibre .38 en la cintura. “En mi vida, lo único que había tenido era una honda que la usaba en el campo para cazar palomas -recuerda-. El arma en realidad estaba rota, no se encontraba cargada, me quedó de mi papá. Generaba miedo, me daban consumo, por eso la portaba. Pero si me corrían con un palo me mataban ¡menos pelea tengo yo!”.

      Plantea que “la mentira más grande que tenemos los adictos” es que “lo podemos controlar, manejar. Tu cabeza enferma te dice que está todo bien y no está todo bien”.

      Tiene en claro que “soy parte de ese mundo, por más que esté recuperado hoy en día. Me tengo que cuidar desde que me levanto hasta que me acuesto, no es que estuve internado, me pusieron un chip en la cabeza y digo ‘ya está, no te vas a drogar nunca más’. La decisión es mía, de todos los días”.

       

       

      Ausmendiz

       

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      Su mamá acudió a la Justicia. “Consiguió que un juez le diera bolilla y judicializó mi caso. Siempre el adicto termina yendo a la familia cuando está tirado porque sabe que en casa de papá o mamá tenemos la comidita, agua y una cama donde dormir. Mi mamá no me abrió la puerta, literalmente me dejó en la calle y eso fue tocar fondo para mí”. Luego fueron a buscarlo y lo encontraron “durmiendo, tirado en una agencia de remis abandonada”.

      En tales circunstancias, una de sus hermanas le preguntó qué iba a hacer. “Mi respuesta fue internarme. Mi intención era estar una semana en Salud Mental, después te largan. Me estaban esperando con los brazos abiertos en el Hospital, porque mi mamá había movido la judicialización”, relata.

      En consecuencia, permaneció 26 días en el Hospital y en Salud Mental hasta que “mi familia consiguió un lugar en un centro terapéutico de La Plata, donde permanecí un año y seis meses. El primer tiempo odié a mi familia por haberme internado, no quería saber nada. Me sirvió para aprender a vivir”.

      Sus familiares lo iban a visitar. “Los primeros en ir fueron mis dos hijos más grandes. Cuando abrieron el portón y aparecieron ellos, mi cabeza dijo ‘es por acá. Quiero estar bien para compartir tiempo con ellos’. No fui un excelente padre, pero sí estuve presente en los actos, en los deportes, hasta que por la droga de golpe y porrazo me borré. Me convencí ese día de hacer el tratamiento, una sola vez y que sea para siempre. Acepté que yo tenía una enfermedad”, subraya.

      Siente una gratitud inmensa con su mamá, porque “me dio la vida y me la volvió a dar. El hecho de que me haya internado me salvó la vida, hubiera estado muerto”.

      En la comunidad terapéutica se realizaban reuniones familiares una vez por mes. “Te enseñan como convivir con una persona adicta, no es fácil -sostiene-. Hoy yo estoy recuperado, solo por hoy, pero tengo mis vaivenes, mi familia tiene que saber cómo actuar”.

      Es conductor de un remis y se formó como operador socioterapéutico. “Trato que mi vida sea normal y si tengo un bajón, lo hablo con un psicólogo o llamo a mi operador de La Plata. Me ha pasado muchas veces de tener ganas de consumir, ahí tengo que llamar a mi operador, pedir ayuda, son como máximo diez minutos. Lo más difícil que tenemos nosotros como adictos es solicitar ayuda, tal vez hablamos de cualquier otra cosa, pero lo importante es que te sacan de ese lugar”, valora.

      Es una intervención similar a la que Eric realiza en su trabajo de operador: “Mi ayuda es si me llaman antes del consumo. Voy hasta tu casa, te saco a dar una vuelta y se te pasó, vas a dormir re tranquilo. Junto con las charlas personales y con la familia, que en estas situaciones sufre mucho”.

      Poder ayudar a alguien “es una herramienta más para mantenerme limpio -indica Eric-. Por eso decidí estudiar como operador, me hizo bien en La Plata colaborar con los recién llegados a la comunidad. Siento mucho orgullo cuando puedo hacer algo para que una familia esté mejor. No es ciencia lo que digo, es mi vida”.

       

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      En su tarea cotidiana. Eric Ausmendiz es chofer de un remís

       

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      Levanta la mirada Eric. Comparte una de las conclusiones que surge de este camino tan duro que recorrió: “No es difícil dejar la droga, difícil es pelear con los demonios que uno tiene adentro. Lo que se hace al consumir cocaína es dejar de sentir, tapa todo tipo de emociones”.

      Sus nuevos días, desde que dejó la droga, los intenta aprovechar a pleno. “Para la persona que estuvo en el infierno y hoy sale a la luz, es mucho más fácil la vida. Me corro de la gente que no me suma, soy sincero, al que le guste bien y al que no también. Busco ser lo más puro posible y honesto con mis hijos, con las personas que realmente quiero en mi vida y cuido”, destaca.

      Recuperó la autonomía. Sabe que su vida no es perfecta y conoce los riesgos, “tengo que cuidarme al cien por ciento, puedo estar veinte años limpio y puedo también recaer”. Por eso le otorga tanto valor a cada día lejos de todo aquello que le hizo tanto mal.

       

      Manos levantadas

       

      Al hacer referencia a los charlas que brindó Gastón Pauls en Tres Arroyos, Eric Ausmendiz observa que “se llenó tanto el gimnasio de la Escuela Técnica como el Polideportivo. La gente se acerca porque hay un problema. Si querés una foto con él, vas al final y listo, no tenes que estar dos horas escuchándolo”.

      Sobre este aspecto, menciona que “Gastón dijo en su momento ‘levante la mano quien tiene un amigo, un familiar, un amigo de un amigo que esté en consumo’. Y vos veías muchísimas manos levantadas”.

       

      Ciclo de charlas Juego Limpio

       

      Están destinadas a adolescentes en el ámbito escolar o en instituciones deportivas

       

       

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      Eric junto a Julián Tornini, coordinador de Políticas para la Juventud

       

      Desde el año pasado, Eric Ausmendiz brinda charlas en las escuelas y luego también se incluyeron a los clubes, para compartir sus vivencias con adolescentes. Recibió la propuesta “en noviembre de 2025, cuando me llamó Julián Tornini (coordinador de Políticas para la Juventud). Me pidió que me acerque a conversar, él tenía una idea de hacer charlas en los colegios y me pareció genial”.

      Cuenta que en la Escuela Secundaria 2, luego de una charla “en la parte de preguntas, un alumno dijo ‘gracias a escucharte a vos no voy a consumir. Me habían invitado a consumir por primera vez’. Me movilizó, es una satisfacción”.

       

      Ausmendiz - 1
      Eric junto a Julián Tornini, coordinador de Políticas para la Juventud

       

      También fue convocado por los clubes San Martín de Adolfo Gonzales Chaves, Agrario de De la Garma y El Nacional, así como un establecimiento educativo de Copetonas, entre otros encuentros.

      Sostiene que la actividad “es un éxito, no por la cantidad de personas, sino por la atención que prestan los chicos cuando yo hablo”.

      El ciclo sobre adicciones se denomina Juego Limpio y los interesados pueden contactarse con el teléfono 2983-456538. “Julián organiza días y horarios. Tenemos vehículo para que me lleven, a todos los lugares donde fui me trataron con respeto. Las charlas duran una hora y media o dos horas. Se pueden hacer preguntas anónimas”, indica Eric.

      Además recuerda que “mi primer proyecto fue hacer un centro de día en Tres Arroyos, yo sabía que no había nada, fue entregado”, pero aclara que es un tema que lo excede y prefiere no realizar un mayor análisis.

      Del mismo modo, da a conocer que “tenemos un proyecto con Julián de generar un espacio de escucha. Hoy se está haciendo algo, el hecho de ir a las escuelas, los clubes. Es bueno que haya movimiento”.

      Pide que las instituciones se contacten. “Necesitamos un poco más de interés por parte de escuelas y clubes, está un poco quedado el tema. Que me den la oportunidad de dar una charla, es algo que está pasando y con una tendencia de crecimiento”, afirma.

      Finalmente, plantea que “los chicos a veces van con olor a porro a clases. Fuman antes de entrar y no lo podemos normalizar. No es sociable, es malo, es una adicción, genera efectos negativos, te lleva a otra cosa. Como el alcohol, puede ser el primer paso hacia la marihuana, a la cocaína, las pastillas. También hay problemas con el uso excesivo de pantallas, la ludopatía”.

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      • drogas
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