Un taller lleno de recuerdos: “El Citroën se hace de la familia”
Los maneja, los arregla y hasta los revive. El vínculo de Hugo “el Ruso” Jacobsen con los Citroën lleva más de 50 años de vigencia y, en diálogo con La Voz del Pueblo, aseguró con alegría que “si lo tuviera que hacer otra vez, lo haría”.
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Por Juan Falcone
Hace una semana se presentó en el Museo del Automóvil del Club Quilmes el libro de Valentina Pereyra “A escala real”, donde relata el viaje de tres jóvenes hijos de daneses que partieron en su Citroneta desde Tres Arroyos hasta Solvang, Estados Unidos.
Este viaje fue real, pero vamos a conocer la historia dentro de la historia, ya que para esta travesía realizada en 1971 necesitaban asegurarse de que el vehículo estuviera bien preparado para una exagerada cantidad de kilómetros, y para los diferentes climas y biomas a los que se enfrentarían a lo largo de nuestro continente.
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La Citroneta necesitaba reforzarse para aguantar el viaje, y con ese objetivo se la llevaron a Hugo Jacobsen. “Tuve la suerte de que cuando estos muchachos hicieron ese viaje con la furgoneta, yo ya estaba con Amestoy en Citroën y le tuvimos que hacer algunas cosas, como ponerle los fuelles, porque sabíamos que iba a cruzar el desierto, que podía entrarle arena. O sea, había que equiparla; si bien era nueva, había que hacerle toda esa reforma para que los bolilleros y todo eso aguantaran, porque era un viaje muy exigente, con arena, agua, charcos grandes”.
Debe ser impactante que tres jóvenes lleguen con la idea de cruzar el continente así. Incluso si lo trasladamos a nuestra época con GPS, celulares y una conectividad constante, ¿estarías dispuesto a hacerlo?
Jacobsen no lo dudó, aunque describió que en aquel momento parecía “medio de locos, no era muy fácil salir a una aventura así. Había que jugársela. No sé si yo lo hubiera hecho en ese momento, pero después, pensándolo y viendo cómo les fue, a uno le gustaría hacerlo, porque no deja de ser una aventura hermosa. Hoy uno ya es grande, pero con diez años menos, si me invitan a hacer una aventura así, la haría”.
“A veces uno quiere aflojar, porque ya está grande, pero no puede. Me voy unos días y ya extraño el taller. Vuelvo y ya estoy armando motores. Lo hago porque me gusta”
La Citroneta no falla, fiel compañera, pero para el viaje el Ruso describió que “en sí mucho no hubo que hacerle porque la furgoneta era nueva, pero todo lo que es de movimiento, bolilleros, engranajes, hubo que protegerlo bien con fuelles, con bridas, para que no le entrara arena ni agua. O sea, prepararla para que llegara lo más lejos posible. Después siempre alguna cosa pasa, pero ellos estaban recontentos porque les fue todo bien”.
Fiel compañero
Trabaja de memoria en su taller de avenida Moreno 1500, con dos motores a la vez, una fila de “Ranas” aguardando por sus arreglos, y cada detalle con el cariño de quien en vez de un auto ve un amigo.
La comunidad citronera es unida y le demuestra mucha fidelidad a los caballitos de batalla de la marca. Tres Arroyos destaca en la región por su cantidad de 3CV que se ven andando por la calle, y es muy probable que todos los que vemos circulando hayan pasado alguna vez por el taller de Jacobsen. “Acá en Tres Arroyos hay muchísimos Citroën, es una de las ciudades donde más hay. Yo voy a Mar del Plata o a Buenos Aires y casi no se ven, pero acá hay una cantidad impresionante. Y eso habla de lo que es el auto”.
¿Por qué generaron tanto cariño? Hugo explicó que el vínculo se establece principalmente porque es un vehículo confiable, de bajo consumo y fácil de reparar: “El Citroën hasta el ‘79 era todo bueno, era francés, todo de calidad: semiejes buenos, bolilleros buenos. Hoy vos vas a comprar un repuesto y es todo reparado, recambio. Antes era otra cosa, por eso duran tanto y los ves todavía andando. Es un auto ideal porque no tenés que fijarte en nada, arranca y salís. No estás mirando la temperatura, el agua, el aceite. Es práctico, económico y se arregla barato. Por eso sigue teniendo tanto éxito”.
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Felicidad
Para hablar de la relación que Hugo construyó con Citroën, todo inició cuando se dio cuenta de que, estuviera como estuviera el vehículo, existía la posibilidad de reconstruirlo y darle una nueva vida: “Lo que a mí me enganchó fue eso de poder reconstruirlo todo. Vos agarrás un Citroën destruido y lo recuperás al 100%. Es como un mecano, como esos juegos que armábamos de chicos. Lo desarmás todo, arreglás el chasis, armás pieza por pieza y queda como nuevo. Eso te atrapa, porque lo ves todo tirado y después lo ves paradito y decís ‘qué lindo que quedó’. Es como una terapia”.
Vehículos rendidores, a los que podías darles arranque con los ojos cerrados sabiendo que no te iban a dejar en falta: “El Citroën con seis litros hace cien kilómetros, el tanque es chico, pero rinde un montón, y es un auto que no te deja nunca tirado. Yo en un año traje 22 Citroën andando desde Buenos Aires, me iba en colectivo el viernes a la noche, llegaba el sábado, compraba uno o dos y me los traía manejando. Jamás me dejaron en la calle, nunca. Entonces vos decís, es bárbaro esto, porque sabías que ibas y volvías sin problemas. Capaz es un poco lerdo, no es de velocidad, pero llegás siempre. Y eso es lo importante”.
Hugo inició en el mundo de Citroën en 1971: “Arranqué como chapista, tenía un cuñado que me enseñó, y después me fui a trabajar con Amestoy cuando pusieron la agencia Citroën. Estuve más de 20 años ahí, y después me largué por mi cuenta. Así que sí, son más de 50 años con esto”.
Hubo muchos mecánicos para estos vehículos, pero hoy en día en la región, Jacobsen es de los pocos que siguen vigentes y trabajando: “Hoy de Citroën puro, de los que se dedicaban a esto, han quedado muy pocos. Muchos eran gente grande que ya falleció, prácticamente he quedado yo solo. Eso hace que la gente te llame de todos lados, de Claromecó, Reta, Oriente, Copetonas… todos te preguntan ‘¿cuándo te lo puedo llevar?’. Y eso a uno lo toca, porque se genera un compromiso. A veces uno quiere aflojar, porque ya está grande, pero no puede. Me voy unos días y ya extraño el taller. Vuelvo y ya estoy armando motores. Me gusta, lo hago porque me gusta”.
No fue solo una marca o un modelo, no son solo fierros o un medio de transporte; para Jacobsen, “el Citroën se hace de la familia. La gente le toma cariño porque le responde. Por ahí está un año sin hacerle nada y sigue andando, entonces no se quieren desprender”.
Al finalizar, Hugo, entre piezas, herramientas y recuerdos, le puso un broche de oro a esta charla, donde resaltó los momentos que Citroën le permitió vivir y añadió que, si tuviera la chance, lo haría de nuevo: “Para mí Citroën fue mi felicidad. Me dio de vivir. No es que uno se hizo rico, pero viví bien, crié a mis hijos, me fui de vacaciones, tuve mi casa, todo gracias al trabajo con Citroën. Para mí fue único. Nunca me dejó a pata. Y si lo tuviera que hacer otra vez, lo haría. Porque es muy lindo, realmente muy lindo todo lo que me dio”.
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