Una bioconstrucción en las alturas
Nació como un proyecto familiar para recibir a un nieto y cobró vida gracias al esfuerzo colectivo de amigos y vecinos. Cómo una pareja local transformó materiales reciclados y saberes ancestrales en un hogar autosustentable
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En Roca al 1400, a la altura del puente, el horizonte de la ciudad se ve interrumpido por una postal atípica. No es de ladrillos, ni de cemento convencional. Es el fruto de un sueño que germinó hace una década, impulsado por el amor, la conciencia ecológica y la necesidad de reinventar el concepto de hogar. María Golato y Perico Medina abrieron las puertas de su casa para narrar la génesis de esta bioconstrucción concebida con materiales orgánicos y reciclables; una obra moldeada a mano por un grupo de personas con voluntad inquebrantable y el asesoramiento clave de expertos en la materia. Un relato que encaja a la perfección con el espíritu de nuestra comunidad.
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Un sueño de barro
La historia de esta vivienda, rebautizada cariñosamente en la intimidad como "La Casa de la Colina", comenzó a escribirse hace unos diez o quince años, motivada por la inminente llegada al mundo de Dante, el nieto de María y Perico. "La idea de construirla surge ante el nacimiento de Dante, para que él y su madre, Rocío, tuvieran un espacio propio", recuerda Perico. Las vueltas de la vida y de la familia hicieron que los planes rotaran: finalmente, fueron los abuelos quienes se instalaron en este refugio ecológico. La experiencia previa jugaba a favor. Perico ya contaba con un taller de barro desde hacía años y habían experimentado con la bioconstrucción de manera lúdica, armando una casita de juegos para las niñas de la familia.
Uno de los rasgos más llamativos de la construcción es su elevación. Al adentrarse en la estructura, no hay cimientos tradicionales subterráneos. La casa se asienta sobre un relleno de escombros y tierra que la eleva un metro con ochenta centímetros sobre el nivel del suelo. Esta decisión arquitectónica no fue un capricho estético, sino una marca profunda dejada por la historia hídrica de la región. "Levantamos a 1,80 metros, que es el nivel que alcanzó el agua en la inundación, cuando más se llenó", explicaron, recordando las grandes crecidas que azotaron a la zona. Con la experiencia a cuestas de haberse inundado en el pasado, priorizaron la tranquilidad. "Ojalá que nunca tengamos que probarla y no volvamos a inundarnos, pero la posibilidad está ahí. Si esto se inunda, a la casa no le va a llegar el agua".
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A diferencia de la albañilería tradicional, la bioconstrucción muchas veces invierte la lógica del proceso: aquí, el techo cobró vida antes que las paredes. La estructura principal está sostenida por resistentes postes de teléfono reciclados. "Los postes telefónicos son de buena madera, largos, están curados y tienen una resistencia tremenda", detalla Perico. Una vez erguida la estructura y colocado el "techo vivo" —una cubierta pesada de madera, tierra y pasto—, llegó el momento de los muros. Utilizando la técnica de la "quincha", colocaron varillas de madera entre los postes y rellenaron los huecos con barro, paja y botellas de plástico y vidrio. Las botellas actúan como un extraordinario relleno aislante y económico, aprovechando el aire encapsulado en su interior.
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Un paso clave
El diseño inicial fue trazado a mano, un simple borrador que luego se transformó en maqueta. Para darle rigor técnico, acudieron a Hugo Torres, un experto en bioconstrucción de Quequén. Torres les aportó una visión fundamental: debido al enorme peso del techo vivo, especialmente cuando la tierra se moja, los ambientes no debían ser rectangulares. "Las habitaciones no tienen cuatro caras, tienen más. Son más postes distribuidos de una manera que aporta más a la estructura que una pared recta", explican. Las cañerías de agua, gas y electricidad se pasaron por la estructura de madera antes de rellenar con barro, evitando el clásico proceso de picar paredes. Hoy, la casa cuenta con todos los servicios funcionando a la perfección.
El mayor triunfo de "La Casa de la Colina" es su termodinámica; las paredes respiran. "En invierno, sin estar calefaccionado, estás bien. Prendemos una salamandra chiquita y calienta parejo. Y en verano entrás y parece que estuviera un aire acondicionado prendido", relata María. Los materiales absorben y liberan humedad, creando un microclima sin picos de temperatura. El mantenimiento también escapa a lo comercial. Tras probar con cal y notar que se descascaraba, desarrollaron una pintura ecológica propia mezclando arcilla del terreno, baba de tuna para generar adherencia, ceniza y un poco de aceite.
La historia visual de la casa se completa con sus aberturas: piezas históricas recuperadas del antiguo edificio del ABC local, parabrisas de automóviles y coloridas damajuanas que tamizan la luz del sol. Construir este refugio llevó cinco años de esfuerzos intermitentes, coronados por nueve meses de trabajo intenso. En el proceso cobró protagonismo la "minga", una práctica de trabajo comunitario donde amigos, albañiles jóvenes como Fede, y familiares sumaron sus manos para acarrear baldes de barro y levantar las paredes.
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El sueño que crece
En el terreno ya asoman los planes para construir en la planta baja un Salón de Usos Múltiples (SUM) para compartir asados o ensayar. "Hoy no están dadas las condiciones, pero en algún momento se puede hacer. Está ahí en carpeta, esperando que se apague la motosierra", bromean, en alusión al contexto económico actual.
Mientras tanto, la vida fluye en Roca al 1400. Una casa que nació del amor por un nieto y terminó convirtiéndose en un claro ejemplo de que otra forma de habitar el mundo es posible. Como resume Perico: "He vivido en muchas casas y departamentos de todo tipo. Nunca en una como esta. No la cambio por nada".
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