Una experiencia demoledora
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Por Juan Berretta
Yo era de los que no creía. Pero mi descreimiento no tenía que ver con pensar que los polacos o los judíos habían inventado el Holocausto. Yo era de los que no podía creer que algo así hubiera ocurrido porque era demasiado horroroso para ser cierto. Entonces la posibilidad de pisar Auschwitz me desafió. No era el morbo lo que alimentaba mis ganas de ir sino la curiosidad por conocer y pisar los restos de la peor historia escrita por el hombre en los tiempos modernos.
Empecé a leer todo lo que pude sobre el Holocausto en general y sobre Auschwitz en particular. Miré videos en YouTube que mostraban partes del campo de concentración, leí testimonios de sobrevivientes y también las memorias de algunos de los jerarcas nazis que habían regenteado el horror. Quería ir preparado para aprovechar al máximo la experiencia.
Gris
Hasta que llegó el día, que fue un día frío y con lluvia. Con las primeras indicaciones de Agnieszka, la guía polaca que hablaba un correcto castellano, junto a mexicanos, chilenos y españoles atravesé la entrada que te recibe con la frase “El trabajo libera”, escrito en alemán y cargado de sadismo, por supuesto.
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La mañana atípicamente gris y fresca para la primavera polaca era un marco que hacía más tétrica aún la imagen de los edificios de ladrillo a la vista cercados por el alambrado con carteles con calaveras advirtiendo sobre la alta tensión. Pero había mucha gente, muchos contingentes de estudiantes y el ruido de tanta compañía amortiguaban el impacto emocional de los primeros momentos.
Así pasó la primera recorrida, sin ese nudo en la garganta que me habían anticipado.
Fue el turno después de visitar Auschwitz II-Birkenau. Las vías de la muerte, los escombros de lo que fueron las cámaras de gas, las barracas donde vivían hacinados los prisioneros… Finalizó también ese recorrido y no sentía nada extraño. Hice la entrevista que había pactado con la guía polaca y ella empezó a ponerle nombre y apellido a todo lo que acabábamos de ver. Su abuela había vivido a metros del campo y si bien no fue prisionera, hasta que falleció le contó que periódicamente parecía sentir en su nariz el olor a carne quemada que salía de las chimeneas de los crematorios.
“Vení mañana solo y hacé el mismo recorrido que hoy. Pero más temprano y cuando no haya gente. Es lo mejor”, me recomendó Agnieszka.
Otra mirada
Esa misma tarde, a tres kilómetros de Birkenau me encontré con la tresarroyense María del Carmen Conti, una laica consagrada que integra las Misioneras de la Inmaculada Padre Kolbe y que por ese entonces residía en Polonia, y me hizo la misma recomendación que la polaca. Pero lo que me llamó la atención es que María del Carmen me definió a Auschwitz como un lugar “en el que había ganado la vida”. Y me relató distintos testimonios de ex prisioneros que marcaban los hechos de solidaridad, fraternidad, solidaridad y amor en medio del peor escenario imaginable.
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Al otro día volví al campo, fui más temprano, hacía más frío y la lluvia era más intensa. Casi no había gente. Nada fue igual. Empecé el mismo recorrido y enseguida me di cuenta que estaba mirando todo con otros ojos. Caminar por el pabellón de la muerte donde se torturaba y mataba de hambre a los prisioneros, entrar al patio donde se los fusilaba, ver miles de zapatos de gente que fue envenenada por el Zyklon B, recorrer las salas en las los oficiales de la SS hacían experimentos con las embarazadas… Ante cada imagen, cada elemento exhibido, cada cuadro explicativo me frenaba y contemplaba todo con otra profundidad.
Empecé a entender que todo ese museo era un enorme cementerio.
Directamente decidí no entrar al salón dedicado a los chicos, donde hay ropa, datos y hasta imágenes de cómo quedaban tras caer en las manos del terrorífico doctor Josef Mengele, que disfrutaba haciendo pruebas genéticas, sobre todo con los gemelos.
Tal como había hecho el día anterior, de Auschwitz I me fui a Birkenau. Caminé casi en soledad más de dos horas, los contingentes recién empezaban a llegar. Como me había aconsejado María de Carmen entré a las barracas y recorrí un montón de lugares que si bien son de libre acceso, no entran en el menú ofrecido en las visitas guiadas. A esa altura la experiencia ya era más conmovedora de lo que me esperaba. Sentía mucha tristeza y empecé a experimentar algo parecido al ahogo, como que el ambiente, el aire ya era demasiado denso.
Nocaut
Hasta que en uno de los edificios me choque con una pared llena de fotos de algunas de las víctimas en festejos familiares, con amigos, con sus hijos en brazos, disfrutando de la vida que los nazis les terminaron arrancando. Fue un golpe de nocaut. Ni siquiera tuve reacción para sacar una foto, la imagen que ilustra página me la envió la guía polaca.
El mural me había sacudido, el rápido recorrido con la mira por el collage de fotos fue como una ráfaga que me mostró ya sin ningún tipo de filtro que todas las cifras y estadísticas de los muertos que se exponen en distintos lugares del ex campo de concentración hacen referencia a personas, como cualquiera de nosotros.
Hasta ese momento no lo había asumido 100%. Entonces todo tomó otra dimensión.
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Durante meses no hubo un día que no me acordara de Auschwitz. Las fotos de los chicos, de las mujeres con bebes en brazos caminando rumbo a las cámaras de gas, que los propios nazis sacaban iban y venían en mi cabeza.
A diez años de haber visitado esa fábrica de la muerte no logro encontrar nada positivo en la historia del campo. Intento razonar con la lógica de María del Carmen y ver luz en tanta tiniebla, pero no puedo. Haber recorrido sus barracas, caminado por el bosque donde incineraban cadáveres, tocado el vagón donde traían a la gente como animales, haber estado ahí fue una experiencia demoledora.
Con la llegada de un nuevo aniversario de su liberación, y esta vez el número 80, y al repasar las fotos y los testimonios me vuelve a costar creer que eso haya pasado. Aunque yo haya pisado Auschwitz.
