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«Vayamos a votar» Editorial de Diego M. Jiménez

En el año en el que celebramos cuarenta años ininterrumpidos de gobierno democrático, nuestra obligación constitucional de votar se multiplicó por tres. Desde agosto venimos eligiendo quienes nos representarán a partir del 10 de diciembre por medio de sucesivos filtros electorales que finalizarán hoy, cuando el reloj llegué a las dieciocho horas.

 
Pero no tenemos la euforia de otros años y nuestra ilusión por el porvenir está llena nubarrones. Nos domina la disconformidad, el escepticismo y un pesimismo que nos impide ver todo lo bueno que conseguimos como sociedad en las últimas décadas.
 
Estamos aferrados a un presente complicado y confuso. El pasado idealizado en que estuvimos mejor, se ve lejos en el tiempo y lo que vendrá, esta amañado a una coyuntura demasiado crítica como para que lo podamos imaginar con nitidez. Parecemos presos en un hoy sin fin.
 
Sentimos eso, vivimos eso, pensamos eso. Oscilamos en forma constante entre sensaciones encontradas. El espectáculo que nos ofrece la política no nos ayuda mucho y los medios nos muestran oscuridad o desgracias, como si la vida consistiera solo en ello.
 
Pero las sociedades son más que un cúmulo de dificultades. Cada uno y cada una busca energía y entusiasmo en su trabajo, en sus amigos y familia, en el deporte que practica, en la vocación que ejerce, en la participación social o en la solidaridad comunitaria. Y siempre encuentra la forma de mirar al frente con esperanza. No con optimismo. Porque el optimismo, como dice Santiago Kovadloff, está seguro, tiene certeza, clausura. La esperanza, en cambio, tiene expectativas, sabe que no está todo dicho, que se requiere hacer algo. La esperanza es vital, abierta, es movimiento hacia adelante.
 
El día de votación es especial. Vecinos y vecinas diferentes en edades, sexo, profesiones u oficios, se organizan para ir a las escuelas a cumplir sus tareas en las mesas electorales. Hay allí, en esas mesas dispuestas en pasillos o solares, de cara al cielo o artificialmente iluminadas, una especie de comunidad, una célula viva de la democracia.
 
 En las calles el movimiento es atípico, diferente del resto de los días. Cambiamos de itinerario, quizá pisamos el edificio en donde fuimos hace tiempo estudiantes o nos encontramos con aquel o aquella que el ritmo de los días nos impide frecuentar. O simplemente andamos distinto, descubriendo otra faceta de la ciudad cuyo eje de funcionamiento esta cambiado.
 
Mientras pasan las horas, vemos las redes, escuchamos la radio o miramos en la televisión como viene la jornada electoral a lo largo y a lo ancho del país. Luego, esperamos los resultados. Cumplimos un ritual, una costumbre, hacemos honor a leyes que costaron mucho hacer cumplir, cuyo corazón es el sufragio
 
Cuando votamos valemos lo mismo y nos involucramos en las cosas que nos pertenecen. Nunca es un día perdido, jamás sirve para nada, siempre es importante que lo hagamos las veces que sea necesario. Las fechas en que ocurre, nos transformamos en un todo, en cada rincón, en cada calle, en cada escuela perdida en la geografía argentina.
 
 Después de salir del cuarto oscuro nos sentimos mejor, votemos lo que hayamos votado, con decisión o incertidumbre. Cumplimos con el país a través de una obligación que nos resulta placentera a pesar de la encrucijada en la que estemos como nación o a nivel personal. Y lo hacemos en un día que siempre es distinto a los demás.
 
Vayamos a votar. Una y otra vez. Las veces que sea necesario. Con dudas, contradicciones o certezas. En paz. Vayamos.
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