Enrique Jorge Mulder, el Lobo (65), junto a Germán, uno de sus hijos

La Ciudad

Rumbo al Centenario

La vieja guardia

18|10|20 12:50 hs.

Por Fernando Catalano


El Lobo Mulder es memoria viva de la vieja guardia de la pesca artesanal de Claromecó. Hace tres años dejó la actividad que atravesó íntegramente su vida. Una cuestión generacional, y de principios, le marcó un límite en el oficio con el que supo ser feliz; una sensación que igualmente prolonga en su otra actividad. Desde 1984 es fumigador, y asegura que antes que aprender a volar, ya tenía en claro que quería fumigar. 

Para hablar de la actividad que –económicamente- se siente en Claromecó, es una referencia obligada. A lo largo de la serie de nota publicadas Rumbo al Centenario, los diferentes protagonistas lo han referenciado.

No tiene vueltas para explicar lo que piensa. Puede sonar duro, pero definitivamente es claro cuando habla del oficio que lo ha tenido ‘preso’ en Claromecó, la pesca, una actividad que desde el año 1938 tiene que ver con la localidad.

Si bien a los cinco años ya andaba entre pescadores, fue desde los 15 cuando comenzó a trabajar. Su padre, Enrique, de quien heredó el apodo, ya lo mezcló en el oficio con los referentes de aquella época. “Me dijo que me iba a llevar dos días a probar. La condición era que tenía que andar tan bien -como los demás- para poder quedarme con el trabajo. Así fue como arranqué en el Delfín”, recordó el Lobo sus inicios en la actividad. 

Después de terminar el servicio militar en el 76’, experiencia que le tomó nueve meses, regresó a Claromecó en noviembre para finalizar la campaña de cazón con su padre. Al año siguiente se independizó, al comprarse “una lanchita” que su padre le arregló para empezar a trabajar solo. 

Tres generaciones
La historia entre los pescadores de la familia Mulder terminaría de repetirse a lo largo de tres generaciones. “Los viejos no enseñaban nada, no era que mi papá te iba a agarrar y a explicar cómo se hacía tal -o cual- cosa. O aprendías por las tuyas o no aprendías”, dijo para resumir cómo fue su historia en el oficio.

Explicó que “a ellos les pasó lo mismo y siguieron ese camino. Era gente terriblemente trabajadora, para poder comer no más. No para comprar autos. No había pronósticos, no había radio, no había balsa, no había nada. Sin embargo los tipos laburaron siempre”, dijo al describir -sin nombrarlo- a su padre y a todos los pescadores de la vieja guardia. 


En El Delfín aprendió el oficio junto a su padre. Conoció el mar y la manera de regresar a la costa en circunstancias complicadas


Después describió de la manera más sencilla que pudo cómo aprendió a manejarse dentro del mar. “Llevás un compás a bordo, una brújula y después aprendés a mirar la costa, encontrás las referencias, y cuando perdés las referencias tenés el rumbo y el reloj. Es bastante sencillo porque son navegaciones chicas de 15, 17, 20 o 25 millas. Cuando perdiste la costa ya estas a 12 o 13 millas. Navegás dos horas, dos horas y pico y ya estás en las veintipico de millas. Con el rumbo y con el reloj, mirando si hay correntada y para qué lado está”, es cómo aprendió a dominar un ámbito que suele ser hostil cuando no se lo conoce. 

En cuanto a cómo trasladó su conocimiento a sus hijos Germán y Lucas, el Lobo contó cómo se repitió la experiencia que él tuvo con su padre. “Mis hijos en realidad se fueron haciendo solos, lo que aprendieron ellos lo hicieron por ellos mismos. No es que yo les haya enseñado algo, ellos aprendieron como aprendí yo y como aprendimos todos en realidad; poniendo manos a la obra”, dijo. 

No obstante admitió haberles dado consejos para que no cometan determinados errores; “pero les entra por una oreja y les sale por la otra”, reconoció el Lobo que le esquiva permanentemente a cualquier ponderación sobre su trabajo, o el de sus hijos. 

“Se dedican a trabajar, como todo el mundo. La particularidad es que trabajan en el mar”, respondió ante la observación hecha sobre los buenos pescadores que resultaron ser Germán y Lucas. Sin embargo les reconoce la “muy buena” experiencia y la formación que fueron incorporando cada uno en su medida. 

Mirada con experiencia 
Sus años de experiencia también lo ponen en un punto desde el cual puede afirmar con propiedad cuáles son las necesidades de una actividad que tanto identifica a Claromecó. “El pescador artesanal en toda la costa argentina, no solamente en Claromecó, necesita una mano de parte de las autoridades, en el sentido de que le faciliten la vida”, afirmó en referencia a instituciones del Estado como la Dirección de Pesca, Prefectura u otras que tienen que ver con el despliegue de toda la actividad entre que el pescado sale del mar en las lanchas y es transportado hacia Mar del Plata. 

“Nadie colabora con nada, ese es el problema que tiene el pescador artesanal”, aseguró el Lobo. E inmediatamente ligó ese pedido con un hecho ocurrido meses atrás cuando se descartaron varios miles de kilos de mero fresco. “A vos te agarran un camión y porque un ganso te dice que tiene 10 grados de temperatura te decomisan lo que te costó una fortuna para ir a buscarlo, y lo que nunca vas a recuperar. Tampoco se recupera lo que estos gansos tiran a la banquina, en ese sentido el pescador artesanal tendría que tener ayuda”, reclamó. 

Pero también fue autocritico con el sector. “Como contrapartida el pescador artesanal debería comprometerse a tener sus papeles en regla, permisos de pesca, su libreta habilitada”, sostuvo con la tranquilidad de ‘siempre’ haber cumplido con las normas. “Pasa que como estamos en deuda con las obligaciones, qué derecho vamos a reclamar. Tiene que haber compromiso de las dos partes, de los pescadores pero también de las autoridades que están en el medio”, remarcó. 

Vivir contentos
Para entender cómo el oficio hizo del Lobo Mulder un sinónimo de la actividad en Claromecó, hay que conocer los sentimientos que guarda desde siempre y que lo vinculan con el esfuerzo y con amar lo que se hace. “La pesca artesanal me dio de comer toda la vida, fue una lucha, pero nos dio de comer toda la vida –reiteró-. Fue lo que nos hizo vivir contentos todos los días que trabajamos, no sirve como negocio pero si como medio de vida”, dijo. 

Explicó que “el único problema es que cuando se te termina la vida, económicamente no fuiste a ningún lado. Te encontrás en el mismo agujero en donde arrancaste, pero es importante lo que te hizo vivir”, apuntó. 

En cuanto a la alegría que asegura haber sentido siempre, dijo que tiene que ver con que “hacíamos lo que nos gustaba, es como sentarme en el avión, me siento en el avión y me saco veinte años de encima y con la pesca lo mismo. Nos hemos divertido, nos hemos cagado de frio, hemos cortado clavos, nos ha ido bien y mal pero era nuestra forma de vivir”, explicó. 

La vieja guardia
Los sentimientos del Lobo Mulder hacia la actividad con la cual aprendió -desde niño- que permitía el sustento de la familia, se afirman especialmente cuando recuerda a las personas con las cuales se hizo pescador, entre ellos su padre. “Siempre tengo presente a nuestros mayores, a todos. Me crié alrededor de toda esa gente. Atilio y Armando Subiatebehere, el Chato Florez, Arne Mortensen, Maquinón, Cabeza Quiroga, Sudaja Iturralde, Nicolás Lago, el Hosco Abad, el Calabrés y Pichón Durante, los he conocido a todos. Tenía cinco años y ya andaba al lado de ellos”, sostuvo rememorando la época en que su padre tenía los galpones donde guardaba las lanchas en el mismo lugar donde hoy se encuentra el restaurante La Gallina Turuleca. 

“A las seis tenías que estar y más vale que estuvieras porque te echaban. Cuando clareaba se echaba la lancha al agua. Vos tenés que sacrificarte y cumplir”


Recordó también que en aquellos tiempos se trabajaba con mucha gente. “Al viejo (Victorio) Lamberti, el viejo (Ernesto) Milanesi, los conocí cuando eran jóvenes, sesenta años atrás”, afirmó. 

Y agregó que los tiene muy presentes especialmente “porque se rompieron el alma para poder comer, nada más. Y nunca aflojaron, fueron gente de palabra que empezaba una campaña y la terminaba, sea buena o mala. Se rompieron el alma por poca cosa, pero se rompieron el alma”, resaltó. 

Dos recuerdos 
En todo momento el Lobo se rehúsa a hablar de anécdotas o recuerdos, entre otros motivos porque quizá no están presentes los restantes integrantes de cada suceso para que -en conjunto- se refieran al hecho puntual. Tampoco él mismo guarda fotos de los diferentes momentos que le tocó vivir como hombre de mar. De todas maneras le propusimos recordar dos acontecimientos, que en forma recurrente alguien siempre menciona sobre él. 

El reconocido pescador local, Sebastián Filas, recordó recientemente la ocasión en que el Lobo salió sólo de noche en la búsqueda de su hermano, Federico Filas y de Walter Más. Los pescadores de Reta habían naufragado el 11 de abril de 2013 mientras trabajaban, y sus cuerpos nunca fueron hallados. 

Ese día el Lobo se enteró del naufragio cerca de la medianoche, a pesar que el incidente se había producido pasadas las 16. Decidió que de ninguna manera esa noche se iría a dormir sin buscar a sus colegas.

Esa noche el mar estaba “como un lago” y no había rompiente. “Quién dijo que no podían haber estado flotando horas enteras esperando que se les dé una mano. Esa tragedia que le pasó a los muchachos nos pudo pasar a cualquiera, hay que ponerse un momento en los pantalones de esa pobre gente”, expresó sobre un hecho que no logra superar. 

Salida triunfal
El otro recuerdo que tiene al Lobo como protagonista ocurrió durante una salida que debió realizar una tarde de diciembre de 1994, con el mar en muy malas condiciones.

Con una mano sostenía el timón y con la otra el acelerador -con una piola- porque estaba roto. “La vas cuarteando como podés, sabés que hay un lugar en el banco de afuera donde tenés que capear para poder meterte entre las dos rompientes, y después venir caminando por ese canal. Es simple pero son momentos difíciles de manejar”, explicó. 

“Hemos tenido suerte que no se paró el motor, a veces me he equivocado demasiado y nos hemos escapado cagando pero ya pasó. Ese día se había cortado el acelerador, estaba limitado para manejar el timón con un solo brazo, y el timón era grande y te le tenías que afirmar como rengo a la muleta cuando te corría una ola porque te llevaba”, recordó sobre la experiencia que pudo filmar esa tarde Nicolás Bonavita, quien por entonces era camarógrafo de Canal 2. 


La salida en 1994, registrada en video por Nicolás Bonavita


La historia finalmente terminó bien. Pero tres de los cuatro marineros -dos de Orense y uno de Claromecó- sufrieron el impacto de la experiencia. “No vinieron nunca más, ni a cobrar, el único que no se asustó fue Fito Cufré, los demás se asustaron pobres muchachos”, dijo el Lobo entre risas. 

La vigencia 
Su trayectoria como pescador artesanal le enseñó disciplina y responsabilidad, “como en cualquier otra actividad”, destacó. “A las seis tenías que estar y más vale que estuvieras porque te echaban. Cuando clareaba se echaba la lancha al agua. Vos tenés que sacrificarte y cumplir”, recordó el Lobo los tiempos duros en los que creció mientras aprendía el oficio. 

Finalmente afirmó que la pesca artesanal fue importante antes en la localidad, pero que también lo es en la actualidad cuando hay muchas y buenas lanchas que generan “mucha circulación de plata en meses donde no hay turismo”.