Sociales

Por Jorge Horacio Nieva (*) (primera mención)

Infierno verde

19|10|20 20:03 hs.

El carro que lleva a los tareferos al yerbatal se va. Lauro se queda, preocupado por la tardanza de su compadre. Hasta que lo ve encarar, machete en mano, hacia el galpón de los capataces. Entiende el dolor de Amaro, un padecimiento ya vivido por él. Recuerda la advertencia que un par de años antes le había hecho Sinforoso, el viejo cocinero: No vayas a la chamameceada. Como ellos no traen sus mujeres al obraje, usan la bailanta para alzarse con las de los mensú que se mandan la macana de traerlas. 


 Corre para salvar al amigo, pero no llega a tiempo: Leguiza, el capanga a cargo del puesto, los para en seco a punta de revólver. 

-¡Qué mierda hacen acá! ¡Tirá el machete, vos! 
Amaro aprieta los dientes. 
-¡Soltalo, carajo! 
 -¡Largueló, cumpa! -ruega Lauro- ¡Por favor! 

Su compadre suelta el machete. Leguiza enfunda el Colt y le cruza la cara con la guasca de tres tientos. Amaro, de rodillas, aúlla de dolor. El capanga se dispone a completar su obra, pero Lauro lo madruga y le parte la cabeza con un banco de ñandubay. 

 ¡Ahora sí que están jodidos! Lo único que les queda es correr. 

-¡Vamos, cumpa! ¡Al río! 
-Pero…¿y la Luisa? 
-¡Qué Luisa ni Luisa! Ya se la usaron, compadre, y lo volverán a hacer cuando se les cante. Es de ellos. 

El pobre mensú lo mira con ojos de perro apaleado. 

-¡Vamos! ¡Vamos! Es ahora o nunca. 

Oyen voces. Lauro pega el ojo contra un agujero de la chapa y ve llegar al “Perro” Couceiro, el capanga mayor, acompañado por dos laderos. 

-El “Perro” y sus dos monos… ¡Ñeique, cumpa! ¡Vamos! 

Para alcanzar el borde del monte deben salvar un centenar de metros de terreno despejado. Lauro espera que el trío se entretenga en sus propias bromas antes de que descubran el cuerpo de Leguiza. 

No debe esperar mucho para oír las puteadas de los tres. Los fugitivos ya recorrieron la mitad de la distancia a la supuesta salvación. 

-¡Cumpa, nos abrimos! Vos al monte, yo a la maleza. 

Eso significa más peligro para Lauro, ya que la arboleda de timbúes queda más cerca. 

-¡Bogarín! -le grita Couceiro a uno de sus laderos-. ¡El wincher! 

Tipo corpulento el capanga mayor, luce espesa barba negra salpicada de hebras blancas, botas de cuero, cinturón lleno de balas del .38, revólver y un enorme cuchillo cuya empuñadura asoma sobre la caña de la bota. Couceiro agarra en el aire el arma que le arroja su secuaz y se la echa a la cara sin pérdida de tiempo. Tiene fama de buen tirador y la desagradable costumbre de escupir con mucha frecuencia. Ahora lo hace, antes de apuntar. 

Bogarín, un flaco puro hueso, sonríe, si así puede llamarse a esa mueca dibujada en una boca rala de piezas dentales. 

-¡Metalé plomo, jefe! 

Couceiro elige a Amaro, que ya se mete en el monte. El vozarrón del winchester levanta bandadas de pájaros y desata un bochinche colosal. 

Lauro ve a su amigo sumergirse en la bóveda verde, pero no puede asegurar que hubiese sido alcanzado por el disparo. Ante la inminencia de otro y con el pulso a mil, Lauro se zambulle en el malezal justo con el tronar del arma. Se queda quieto para no mover la vegetación y delatarse. Espía. Couceiro apunta. Lauro cierra los ojos y oye el chas chas del plomo que va cortando el yuyal. El capanga hace varios tiros más, a ciegas, hasta agotar la carga. 

 Bogarín y el otro miran a su jefe, a la espera de órdenes. 

-Tranquilos. No tienen adónde ir -escupe Couceiro-. No hay apuro. Ensillen y vayan a buscar los perros. Yo espero acá. 

Los secuaces montan y se pierden por la picada. Couceiro se sienta en un viejo sillón hamaca a fumar un cigarro, no sin antes lanzar un enorme escupitajo. 

Lauro se desliza como una boa en dirección a un monte de laureles. Allí se siente algo más seguro, por el momento. Hasta que se vinieran con los perros pasarían, como mínimo, dos horas. Debe huir por el arroyo para embarrar el rastro. 

Con el resuello renovado sale en busca del Ita-Curuzú, que desagua en el Alto Paraná. 

 Habrá andado cerca de una hora cuando alcanza el arroyo. Después de una refrescada descansa apoyado en un lapacho. Y piensa. 

La conclusión resulta tan oscura como los ojos del yaguareté: no existe un lugar donde ponerse a salvo. Río arriba, río abajo, o en la otra orilla, no hay nada más que obrajes, del mismo patrón o de otros de igual calaña. Es un mensú, y sería devuelto, esclavizado o muerto. No es posible una salida voluntaria del infierno verde. 

Se queda dormitando, pero no por mucho tiempo. Una nube de mbariguís sedientos se le viene encima con intención de dejarlo seco. Y es gracias a las picaduras de los mosquitos que advierte el peligro: muy cerca de una de sus alpargatas acecha una ñandurié, esa viborita de escasa vista y tanta ponzoña. No le queda otra que ser rápido y jugarse. Como todos los tareferos, lleva colgando de la faja un buen pedazo de lienzo que usan para espantar a los mosquitos y secarse la transpiración. Lo dobla en cuatro y como un relámpago lo aplasta contra el reptil. Sin aflojar la presión de la mano siente como el bicho se retuerce, pero logra envolverlo con un par de dobleces más, suficientes como para impedir la picadura. 

-¡Te pesqué, mierda! Vos me vas a ayudar. 

Ciñe el lienzo bien firme entre las vueltas de la faja y toma la decisión que le quema la cabeza: la de desandar el camino. 

Un poco antes de llegar a la orilla del monte, justo donde habían empezado la huida, se topa con su compadre: un agujero entre las paletas del pobre Amaro da cuenta de la puntería de Couceiro. 

-¡Hijo de perra! -masculla Lauro 

Luego se arrastra y espera. 

No hay señales de Couceiro ni de los secuaces ni de los perros. Poco después, el capanga se asoma a la galería y enfila hacia el cubículo de chapa que le pone privacidad a la letrina, algo alejada del galpón. 

-¡Vamos, carajo! -se entusiasma Lauro-. Ahora vas a ver. 

Se arrima con sigilo. Saca el atado de su faja y siente el contoneo desesperado de la ñandurié. Con mucho cuidado desdobla en parte el lienzo, se para frente a la puerta del cubículo y le pega una patada con la planta del pie. A Couceiro se le ponen los ojos como el dos de oro. En cuclillas, con la bombacha de campo a media pierna, intenta manotear el revólver, pero la funda reposa en el suelo tapada por los pliegues de la prenda. 

 Lauro le tira la ñandurié, al grito de: 

-¡Escupile a ésta, hijo de una gran puta! 

El bicho, de repente vuelto a la vida, se topa con la blandura de las pelotas del capanga y muerde. Couceiro pega un grito que estremece hasta las chapas. Se para de un salto pegándose manotazos desesperados, trastabilla y encaja la pata en la inmundicia. El revólver va a parar al fondo y el cuchillo queda fuera de su alcance. Muere echando espuma, en una pose por demás grotesca. 

Lauro sonríe, satisfecho. Y lo escupe. Ya se oyen los ladridos. 

(*) El autor es de Mar del Plata. Utilizó el seudónimo G. Montag