Creció el número de familias que necesitan alimentos

Opinión

Editorial

Es más que el dólar (II)

25|10|20 13:06 hs.

Las consecuencias de una recesión cuyo origen se remonta a los últimos años de la gestión de Cristina Fernández, sumada a devaluaciones a la moneda nacional posteriores, inflación congénita, endeudamiento crónico y el golpe de gracia que le propinó la pandemia a una economía en constante emergencia, todavía no son completas. 


Somos testigos de sus efectos inmediatos, pero no calibramos la magnitud de los que vendrán. Hay cierta inocencia al pensar que una economía que rebote y que luego sea seguida de un crecimiento moderado, si este llega, es suficiente para revertir el contexto en el que estamos acostumbrados a vivir. Podríamos, con ese razonamiento, en un despliegue de optimismo irresponsable, suponer que la pobreza y la indigencia, se van a reducir, si lo indicado en la oración anterior se cumple. Seguramente, concluiríamos como respuesta, pero solo en términos cuantitativos, con la ausencia de realidad y sustancia que implica simplificar las cosas en números y cantidades. Negativa, sería la respuesta correcta, mirando con detenimiento la verdadera dimensión del drama humano que sufre la Argentina. 

El día miércoles por la tarde una cola de dos cuadras se extendía por el Pasaje Dameno y continuaba por Teófilo Gomila. No era para inscribir estudiantes para el ciclo 2021 en el edificio de la ex Escuela Nacional en donde funciona la Escuela Media N° 2. Hombres y mujeres, acompañados de niños y niñas, en algunos casos, esperaban pacientemente recibir un bolsón de comida. Esa imagen se repitió en otras escuelas del distrito y a lo largo y a lo ancho de la provincia de Buenos Aires. Y si somos francos y veraces, en todo el país. No esta semana. Hace años que ocurre. La diferencia está en que la cantidad de bolsones que se entregan, aumenta cada vez más. Y lo que debería avergonzarnos, no lo podemos ocultar más: se exhibe a pleno sol. 

Hubo un tiempo en que los estudiantes iban a las escuelas a aprender junto con sus maestros y maestras. Ahora, y desde hace años, lo hacen también para obtener una bolsa que les proveerá lo básico en materia de nutrición. Somos testigos de una anomalía extraordinaria como sociedad. Y está es solo una de ellas. Pero conjuga varias aristas de un problema que requiere de soluciones acordadas urgentes. Esa fila nuclea una problemática medular que tiene muchos componentes: desocupación; salarios insuficientes; sistema educativo desenfocado de su función central; pobreza; ausencia de expectativas sobre el presente y el futuro, junto a la indiferencia social y el individualismo de una sociedad absorta, testigo inerte de un rasgo cruel de su derrotero azaroso y errático como país. 

No hay que mirar solo la cotización del dólar escribíamos en la editorial pasada, sin desdeñar los efectos distorsivos que genera en una economía en crisis, la percepción pública del aparente movimiento alocado y sin rumbo de las variables macroeconómicas del país en el que vivimos. La foto de la pobreza y de la ausencia de esperanza, que no significa otra cosa que creer que las cosas no mejorarán, es mucho más poderosa y abarcadora como radiografía de una nación, que la de “arbolitos” perseguidos por la Gendarmería Nacional o la que ofrece la lectura de los múltiples nombres que recibe la moneda norteamericana en los medios de comunicación. 

Esa fila es suficiente como retrato. Lo que nos dicen esos seres humanos con su espera, es mucho más elocuente que cualquier otra imagen de la realidad. No admite excusas, como tampoco discusiones vanas.