Opinión

Por José Mariano Pérez

Istilart y el Club A. Huracán (IV)

01|11|20 11:39 hs.

Hacia principios de 1934, Istilart comenzó a padecer dolencias cardíacas que afectaron seriamente su salud. El Dr. Luciano Cieza era su médico de confianza. En sus recurrentes conversaciones, el galeno le manifestaba que debía cuidarse al extremo y cambiar algunas rutinas. Debía caminar al menos media hora por día, no exponerse al frío, cuidarse en sus comidas y evitar disgustos o alteraciones en su espíritu que afectasen su tranquilidad. También se le indicó que durmiese unas 8 horas diarias. El cuerpo de Don Juan tenía el desgaste propio de una persona que había trabajado desde niño y que en su adultez fue un luchador sin tregua ni reposo en la tarea. Su vida era la fábrica y las instituciones que apoyaba. Nunca se había casado, ni tenía hijos. Su pasatiempo favorito era la lectura, mientras que en menor medida lo eran, la música, las plantas y los pájaros. En su casa tenía una gran pajarera con cientos de ejemplares. 


Los dirigentes de Huracán al enterarse que su guía y principal sostén tenía su salud debilitada, se preocuparon, no solo por el mal que lo aquejaba sino por el destino que tendría el predio de casi 20.000 metros cuadrados que el club utilizaba como propio pero que en realidad, era cedido en préstamo por Istilart. 

La Comisión Directiva en reunión celebrada el 23 de enero, decidió que su presidente Antonio Orfanó y los dirigentes Pedro Rampoldi y Américo Bayugar, se entrevistasen con Istilart para proponerle comprar el predio. El domingo siguiente Don Juan los esperó en su chalet y allí, se le planteó la inquietud. Según testimonio del entonces presidente del club, la charla fue intimista, habiendo encontrado al dueño de casa entero, lúcido como siempre, pero preocupado por su salud. Se estaba hablando con el mayor benefactor del club, que sentía que su vida se iba apagando día a día pero que no se cesaba de cultivarse leyendo y estudiando sobre temas diversos. Los visitantes debieron comenzar la conversación con sumo tacto, para no herir susceptibilidades, para no hacer sentir mal a quien consideraban casi como un padre. 

 Istilart, con esa extraordinaria capacidad de comprensión que lo caracterizaba, los escuchó atentamente, asintió con su cabeza en más de una oportunidad y varias veces se sacó sus infaltables anteojos con marcos de oro, para secarse las lágrimas que nublaban su vista. 

Los dirigentes deseaban retirarse con una respuesta favorable y poner manos a la obra para juntar el dinero necesario que permitiese adquirir el amplio terreno que desde 1924 era su casa. Istilart ante el planteo efectuado, les pidió un tiempo para tomar una decisión, pero les reiteró que sigan trabajando tranquilos, que así como iban estaban transitando el buen camino. Los días transcurrían y la respuesta no llegaba. La ansiedad crecía así como la salud de Don Juan iba desmejorando. 

Los integrantes de la Comisión Directiva del club no querían molestar al enfermo, esperaban que él los llamase pero una tarde del recién comenzado invierno de 1934, la noticia nunca esperada corrió de boca en boca por toda la ciudad. Don Juan, el socio honorario y mayor benefactor, estaba grave. “En horas alargadas por la angustia impaciente, en que el ritmo de la ciudad parece aquietarse para que el ilustre enfermo descanse mejor, la zozobra de todos se aferra aún a la esperanza. Pero la sentencia ha de cumplirse. Y se cumple. Un nombre se ha hecho símbolo: Istilart. Es 26 de junio de 1934” (Ricardo R. Fernandez, “Evocaciones”). La Comisión Directiva reunida de inmediato en sesión extraordinaria, tras ponerse de pie en homenaje a su memoria, dispuso el envío de una palma de flores, invitar a sus socios a concurrir al sepelio, izar la bandera del club a media asta y suspender por tres días las actividades. Designó a don Mauricio Steimberg para hacer uso de la palabra en nombre de la institución en el cementerio donde descansarían para siempre los restos del más ilustre vecino tresarroyense. 

El velorio de Istilart se llevó a cabo en el hall central de la Municipalidad y la ciudad toda se plegó al duelo cerrando sus puertas la mayoría de comercios y fábricas. 

Huracán había perdido a su guía, su consejero, su impulsor, su benefactor. La tristeza de todos los huracanófilos era extrema, como también lo era la ansiedad de saber que destino tendría el predio que el club ocupaba desde 1924.