Uno de los aspectos negativos fue la clara irresponsabilidad en cuanto al tratamiento del Coivid-19

Opinión

Editorial

La advertencia americana

08|11|20 13:43 hs.

Las elecciones en los Estados Unidos muestran un dilema, quizá uno de los principales, del fenómeno democrático, uno del que no está exento el principal país del planeta. Independientemente de lo que opinemos de su enmarañado sistema electoral, en dónde el modo de recuento de votos varía de Estado a Estado y la elección final de quién va ejercer la más alta magistratura en una República, se termina definiendo por medio de un Colegio Electoral (a la manera que abandonó la Constitución Argentina, a partir de la reforma de 1994), un planteo central se encuentra entre las bambalinas de este proceso que tiene en vilo al mundo político y económico. 


Durante la administración Trump, hasta la irrupción de la pandemia y su gestión contradictoria, por momentos negacionista y temeraria, el País del Norte crecía de manera consistente, el desempleo bajaba y toda la potencia económica norteamericana recuperaba su vigor. Eso explica una elección muy disputada y una alta adhesión, casi la mitad del país, en un año atravesado por el Covid-19 y sus funestas consecuencias, al gobierno del excéntrico y blondo republicano. 

El lado negativo de la gestión trumpiana, además de la clara irresponsabilidad en la administración del virus, se encuentra por el lado del discurso, de lo que expresa y de lo que significa, desde el punto de vista de lo que hoy debería articular una moderna sociedad democrática. Donald Trump ha manifestado una inclinación evidente y persistente por menoscabar los derechos de las minorías, sean estás raciales, sexuales o religiosas. Un discurso antiinmigratorio y por momentos fuertemente xenófobo, forma también parte de su conversación, contribuyendo a acentuar un giro hacia la derecha más conservadora del partido republicano. 

El episodio del brutal asesinato del afroamericano George Floyd, a manos de policías, en mayo de este año, en la ciudad de Minneapolis, muestra un aspecto socioracial de lo que estamos diciendo. Otro, más institucional, ocurrió hace pocos días, el 26 de octubre, con la elección de Amy Barrett, fuertemente conservadora, para reemplazar a la legendaria Ruth Baber Ginsburg (el filme “La voz de la igualdad” del año 2017, ilustra su perfil), fallecida este año, liberal, progresista y feminista, para dejar al Tribunal Supremo con una mayoría de 6 conservadores y solo 3 liberales. En esa asignatura, la administración Trump, posee un récord, en cuatro años nominó tres jueces, todos conservadores. 

El dilema no es solo estadounidense, pero su excepcionalidad actual lo ilustra mejor. ¿Es necesario sacrificar valores democráticos, plurales, que significaron años de luchas electorales, legales y físicas? ¿Es conveniente hacer a un costado principios anclados en la diversidad y en el incremento de libertades? ¿Podemos elegir sin solución de continuidad calidad de vida por sobre bienestar? ¿Es el único camino posible olvidar valores singulares y humanos, ponerlos en pausa, “mutearlos”, en aras del crecimiento económico, la baja del desempleo y la creación de trabajo? El caso norteamericano muestra la falsedad de ese dilema, en el que algunos creen, también en la Argentina presente, como requisito para alcanzar la mejora social. Por supuesto que la materia de la que hablamos es más compleja, que tiene más aristas, pero no por ese motivo deja de ser un esquema binario para explicar y entender el progreso de las sociedades. 

“Crezcamos, lo demás viene solo”, resume una posición que simplifica la dimensión rica, variada, diversa y plural que tienen los países y lo que hay que tener en cuenta al trazar un sendero de desarrollo y bienestar. Una simplificación peligrosa, que quiebra las sociedades y extrema las posiciones, minando los puentes que llevan a acordar políticas, que no siempre significa estar de acuerdo, en beneficio de la población. 

Lo que muestran las elecciones en EE.UU. es el costo que supone una radicalización de posturas y su consecuente simplificación de los caminos a seguir, para una evolución progresiva del país, algo que no es ajeno a la historia de aquella nación (en los ‘50 con el senador MacCarthy y su caza de brujas hacia los sospechados de comunismo; en los ‘60; con la tensión por la lucha de los derechos civiles de los afroamericanos y en los ‘70; con las movilizaciones universitarias, por enumerar algunos eventos de esta naturaleza). 

Es también una advertencia al universo democrático local, para que evite caer en falsos dilemas, que alejen, que separen, que agrieten, olvidando lo sustantivo, lo esencial, que no es otra cosa que incrementar libertades e igualdades, suprimiendo inequidades, que solo son el resultado de un mal diseño de las sociedades.