Opinión

Historia

Istilart y el Club A. Huracán (V)

08|11|20 13:47 hs.

Por José Mariano Pérez


Consumada la desaparición física de Istilart, y pasada que fuera la conmoción por su muerte, los dirigentes de Huracán se mostraron interesados en saber si el testamento de Don Juan aludía al predio que el club ocupaba casi desde su fundación. Grande fue la desilusión cuando se enteraron que en el escrito póstumo, el gran benefactor no había instituido a Huracán legado alguno. 

El testamento escrito de puño y letra por Istilart el día 20 de setiembre de 1931 designaba en la cláusula octava a su ahijado e hijo espiritual, don Juan Bautista Soumoulou y Daguerre como albacea testamentario, siendo éste quien debía ejecutar las disposiciones del muerto. “Nadie conoce mejor que él mis asuntos y mis sentimientos y conociendo a mi vez, su invariable fidelidad hacia mí y su rectitud que nunca me ha fallado, así como su honradez, he determinado encargarlo en la distribución póstuma de mis bienes, en la seguridad que lo hará con acierto y equidad” rezaba Istilart en su testamento. 

Pese a la incertidumbre que tenían los dirigentes de Huracán, no podían menos que exaltar la figura de Istilart y demostrar su agradecimiento por la permanente colaboración. El 18 de febrero de 1935 la Comisión Directiva adoptó una resolución considerando que quien fuera socio honorario, el Sr. Juan Bautista Istilart, merecía un homenaje perdurable que por su natural modestia, fue imposible llevarlo a cabo en vida. Así es que se decide erigir a la entrada del campo de deportes, un monolito recordatorio en el cual se colocaría su busto en bronce. La inauguración fue el día 30 de junio de 1935. El acto tuvo como colofón la palabra excelsa del ex presidente Mauricio L. Steimberg que pronunció un discurso brillante, el que cerró con una frase que sería una verdadera profecía. “…aquí quedas para siempre entre nosotros, en este bronce que nuestro presidente (Antonio Orfanó) plasmó con sus propias manos para que en el Club Atlético Huracán, te venerásemos, aquí te seguiremos infundiendo calor de vida, porque tú no has muerto ni podrás morir entre nosotros…”.


El 30 de junio de 1935 se inauguró el monolito que recuerda al benefactor de Huracán, don Juan B. Istilart


La profecía que pronunció Steimberg se cumplió. Soumoulou, que era un buen amigo del club y lo quería tanto como lo quiso Istilart, interpretó que en el testamento, su padrino deseaba que el predio ocupado por el club se le debía otorgar en propiedad a Huracán.

Istilart, que no tenía herederos forzosos, había dispuesto legar una gran porción de sus bienes a distintas personas y entidades taxativamente mencionadas, pero también dejaba en manos del albacea repartir otras propiedades a su libre albedrío. 

El 5 de enero de 1937, don Juan Bautista Soumoulou envía una carta al presidente del club, donde textualmente expresa “Habiéndose terminado el juicio testamentario de Don Juan B. Istilart, cumplo en comunicarles que, conforme a una cláusula de su testamento que facultaba para distribuir una parte de sus bienes entre las instituciones de caridad y utilidad pública, en mi carácter de Albacea testamentario, conocedor además, del hondo afecto que Don Juan profesaba al Club Huracán, lo incluí en la nómina de legatarios… Al hacer la partición de los bienes tuve en cuenta que la mejor adjudicación que podía hacer al Club era la del terreno que ocupaba a título gratuito… Le acompaño pués, el título de propiedad libre de gravamen y solo me permito rogarle que haga saber a los demás integrantes de la Comisión, que, en mérito al recuerdo de Don Juan y al modesto empeño que he puesto en que se cumpla su voluntad en favor del Club Huracán, les pido que lo conserven intacto por siempre y que mediante modificación oportuna del Estatuto que rige la institución, esa propiedad no pueda ser gravada ni vendida, sino es mediante la voluntad del 80% por lo menos sus socios activos, libremente expresada en asamblea extraordinaria…”. 

Inmensa fue la alegría de todo el ambiente huracanófilo que celebró la decisión de Soumoulou y trajo respiro a sus dirigentes en cuanto al futuro del predio donde venían haciendo obras pero no sabían si llegaría el día que lo debiesen abandonar. 

En agradecimiento al albacea del máximo benefactor, la Comisión Directiva de Huracán resolvió el 7 de noviembre de 1938 designarlo como Socio Honorario, suprema distinción a la que puede acceder un asociado, en razón de su aporte excepcional para el crecimiento de la entidad. 

El testamento de Istilart, escrito en seis hojas, todas ellas firmadas al pie junto a su sello personal, fue una pieza literaria notable, cuasi poética, impregnada de altruismo. Como ya dije, el mismo no consignaba expresamente la donación del predio de calle Suipacha para Huracán, pero al decir de Steimberg “Soumoulou leyó en el alma generosa de don Juan” y decidió que el club de sus amores era merecedor de ser propietario para los tiempos del terreno que Istilart había dado en préstamo en el año 1924.