Opinión

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Plumín y tinta china

12|11|20 08:24 hs.

Por Gladis Naranjo

Los recuerdos de mi escuela primaria se mantienen todavía ligados a las corridas y risas del recreo, a las rondas y los juegos de palmas…y a las voces de mis maestras y sus indicaciones para hacer los deberes en casa. 

De acuerdo al calendario, acompañando a las fechas patrias, era insoslayable ilustrar los temas tratados en el día con un dibujo que representara esos aprendizajes. 

Algunos de ellos tan inevitables como temidos por lo intrincado de su diseño: la “casita” de Tucumán, con sus columnas que nunca, pero nunca quedaban como deberían ser, torneadas, armoniosas y prolijas. Y las arcadas del Cabildo, con su simetría que se resistía a las manos infantiles, porque eran cinco de cada lado, todas iguales, con la misma separación y curvatura, y el techo de tejas… y después de dibujarlo pasarle tinta china! Con el plumín! Obligatorio. O las tres carabelas, por octubre... o insistir un año más con la estatua ecuestre de San Martín señalando al oeste… 

Una de las imágenes más complicadas que recuerdo era la “Dama de la Justicia”, con la balanza, la espada y la venda sobre los ojos. Los platillos de la balanza debían quedar perfectamente horizontales (de paso aprendíamos lo que era el fiel y algún principio de física -y de ética- acerca de la igualdad y el equilibrio); la espada recta y desafiante representando la fortaleza y lo definitivo de sus decisiones… Así, gradualmente, pudimos comenzar a comprender, incorporar y discutir sobre conceptos abstractos: libertad, igualdad, independencia, autoridad, respeto, imparcialidad… 

Las explicaciones nos empapaban mientras trabajábamos con entusiasmo en el dibujo de la señora de la balanza, la espada y las vendas. Sobre todo lo de las vendas! Que significa que esa señora no mira qué ni quién está en cada platillo, como garantía de la igualdad ante la ley… O al menos no debería mirar…Que debe tener las vendas bien puestas…y los hombres que en definitiva son los que trasladan esas alegorías al llano, que traducen esos conceptos y los hacen reconocibles y asequibles para todos, también deberían tener las vendas bien puestas para respetar esos preceptos y hacerlos respetar en beneficio de las relaciones entre personas, instituciones y organismos que forman la estructura básica de una sociedad. Todo eso me explicaron las maestras. 

Hoy, que ya tengo mucho más pasado que futuro, que tantos años me alejan del prolijo dibujo con plumín y tinta china, compruebo con profunda tristeza que esa alegoría que con incondicional ahínco estudiábamos siendo niños, está algo transformada. 

Que los platillos de la balanza rara vez están horizontales, que el fiel está cada vez más desviado, que la espada que entonces era indiscutible ahora apunta para cualquier lado y ya no garantiza ningún orden, y que la venda ¡ay! se le ha deslizado y se le ha caído lastimosamente. 

Que la Dama respetable ha dejado de serlo, que a menudo espía descaradamente, sin tapujos, porque los hombres que se han juramentado para ser el último refugio que debería mantenerla pura, impecable, incontaminada, han sido los ejecutores de esa transformación. 

 No todos, por suerte. Quedan algunos que con seguridad también están sintiéndose algo tristes. Que esperan que algún día se cumpla eso del juramento por “Dios y la Patria”. Que la demanda se haga realidad alguna vez. 

Le pido permiso al Gral. San Martín para repetir sus palabras: “Es imposible, pero imprescindible”. Y para aspirar a que no sea imposible. Porque es imprescindible. Y urgente.