Gerardo Oberman, ilustrado por Pomo

Sociales

Gerardo Oberman

Predicar con el ejemplo

22|11|20 10:55 hs.

 Por Valentina Pereyra 


Un hombre alto, corpulento, con ojos vivaces y pasos firmes, escaló la tarima del púlpito, se detuvo frente a la congregación, les devolvió la sonrisa y esperó los primeros acordes del órgano para alzar las manos y dar gracias a Dios. 

El templo de la calle 32, entre 21 y 23 estaba a medio construir. La capilla de la Iglesia Reformada en Claromecó nació en noviembre del ´70 , su primer pastor, un hombre recién llegado de Holanda, la acunó y le cantó esos primeros años. Los médanos rodeaban al edificio y desde allí, los vecinos observaron los avances de la construcción y la llegada de la familia Oberman. 

Gerardo, el hijo mayor, nació en una preciosa ciudad en el centro de Holanda, en la provincia de Overijsel. Su padre, argentino pero hijo de madre y padre holandeses, había viajado a Holanda enviado por las Iglesias Reformadas a estudiar en el Seminario Teológico de Kampen. En algún momento de su estadía, conoció a su esposa, enfermera del hospital local y se flecharon enseguida. 

En 1967 los Oberman emprendieron viaje de regreso a Argentina a bordo del buque Algorab, Gerardo -que tenía dos años- ofició como el traductor de su madre que no dominaba la lengua de su esposo. Desembarcaron en la casa de una abuela en Plátanos y de allí, otro viajecito hacia Claromecó. 

Un niño de cinco años, pequeño, delgado, con ojos vivaces y pasos tambaleantes escaló los médanos que rodeaban el templo de la calle 32. Llegó a la cima, carpeteó el continente y encontró a sus vecinos observando el mismo paisaje. Los miró, recogió una vara de tamarisco que descansaba al sol y alzó las manos. El sermón no duró mucho, repitió algunas palabras aprendidas por imitación y recordó la oración que su padre decía para despedir a la congregación. 

 “Formemos un coro grande/con mujeres y hombres/y niños y ancianos/de todos los pueblos/un coro diverso y abierto” 

Cambio de rumbo 
Gerardo escaló varias veces más los médanos y encontró gran recepción entre sus improvisados feligreses. A mediados de noviembre, hace cincuenta años, el templo estuvo terminado y su padre comenzó la tarea pastoral. 

Gerardo giró las hojas de la Biblia que apoyó en el púlpito y leyó: “Me verán venir con gran poder y gloria”. Levantó la mirada y se puso los anteojos. 

El niño se despidió de sus vecinos, corrió por última vez entre los médanos y subió al auto que los llevó hacia Tres Arroyos. Un nuevo destino, la Iglesia Reformada de la calle Maipú y una nueva casa pastoral en la calle Falucho.

“Hacía doble turno en el Colegio Holandés, al que fui hasta 5° grado, porque aprovechaba las clases de holandés a la tarde con el Meester Slebos”. 

Gerardo tomó el himnario e indicó al organista que buscara el número 61: “Oh! Santísimo, Felicísimo”, y los invitó a ponerse de pie. 

El pequeño de diez años armó otra valija, metió unos libros en holandés que le regaló su maestro y la notita en la que le pedía que no olvidara ese idioma. Nunca olvidó la promesa que hizo ese día.

En 1977 los Oberman llegaron a Comodoro Rivadavia. Otra iglesia, otra casa pastoral, escuela pública y nuevos amigos. Apareció el adolescente rebelde al que cada dos por tres su padre rescató de sanciones producto de defender aquello que creyó injusto.

En el nuevo destino descubrió la poesía, la música, la guitarra, armó un grupo musical llamado Karmas con el que hizo recitales, tocó en los actos escolares, incluso, en algunos en los que enfrentó al interventor militar de su colegio. 

“Hay quienes, en su loca retórica/recelosa de cualquier derecho que dignifique/buscan colocarnos el sayo de la esclavitud”. 

Gerardo movió el aire con sus manos y lo aplastó a la altura del púlpito, la gente entendió el gesto y se sentó. Gerardo bajó del púlpito y tomó su guitarra, rasgó, afinó y cantó un coro que escribió. 

Gerardo empezó a despedirse de su adolescencia, se convirtió en estudiante de Licenciatura para Ciencias de la Computación, pero un día, después de un campamento en el que conoció a Grety, su compañera de ruta desde 1986, tomó una decisión y un colectivo hacia Buenos Aires, cargó una valija y una frazada y se fue al ISEDET, la Facultad Ecuménica de Teología.

Sus padres le advirtieron que ni se le ocurriera estudiar para ser pastor, pero no pudo ignorar el llamado de Dios. 

Gerardo se capacitó en ISEDET, en Holanda en la Universidad Libre y luego de cumplir con algunos requerimientos adicionales de la directiva de las Iglesias, fue llamado como pastor en Buenos Aires. 

Activista
Gerardo apoyó la guitarra contra el púlpito y observó detrás de sus anteojos a la comunidad. En los primeros bancos estaban sus maestros, pastores retirados que esperaban la predicación. Tomó su himnario y pidió la lectura antifonal N° 31. Invitó a los niños a pasar a la Escuela Dominical y a los jóvenes y adolescentes a cantar los coros ensayados. 

Gerardo repitió modelos pastorales que conocía, pero con el tiempo la formación en el ministerio y la experiencia, lo cambiaron. 

“Hay quienes pretenden vestirnos/con los ropajes de sus prejuicios/con los vestidos de su odio/con el color de sus mentes/teñidas de antivalores, de deshumanidad/de amores pobres y exclusivos”.

Comenzó a participar activamente en el movimiento litúrgico latinoamericano desde fines de los ´90. Escribió, compuso, coordinó talleres y en 2004, junto a otras personas referentes del área litúrgica y musical en América Latina, formaron la Red Crearte, que coordinó desde su creación, voluntariamente y sin percibir ningún ingreso.

Gerardo bajó del pulpito e invitó a sus hermanos a tomarse de las manos y orar. Luego un joven cartonero se mandó al centro de la ronda y leyó Mateo 25: “Tuve sed y me diste de beber, tuve hambre y me ofreciste un plato de comida, estuve en la cárcel y me visitaste, estaba sin ropa y me compartiste la tuya”. 


Gerardo Oberman en acción


“Cuando llegue la hora de la hora, como dice un buen amigo, no se nos preguntará más que esto: ¿fuiste solidario, supiste ver en el otro en la otra a un prójimo, a una prójima, tendiste tu mano, abriste tu corazón? 

Giró sobre sus zapatos y escaló el púlpito. Miró a la concurrencia y les habló de aquello que no se puede callar, de aquello que se cree, de los temas que necesitan ser abordados desde la fe.

Las puertas de la iglesia permanecieron abiertas durante todo el sermón y los que necesitaban acompañamiento se mezclaron con la membrecía. Manzaneras, organizaciones barriales, miembros de instituciones intermedias, todos escucharon la predicación. 

“Debemos ser lo que pide el evangelio: Sal y luz en medio de la vida cotidiana, con todos sus desafíos”. 

Gerardo dejó la comunidad reformada más antigua –se había fundado en 1900- de la que habían sido pastores unos cuantos pesos pesados antes que él, tomó su mono nuevamente y con la familia salió rumbo a Mar del Plata a una comunidad bien de barrio.

“Crecí mucho en el terreno de la espiritualidad con esa experiencia”. 

De allí a Castelar, a una comunidad más tradicional y, como ocurre en estos casos, apareció el conflicto cuando abrió la iglesia al barrio y el barrio empezó a ingresar en la iglesia, cuando la comunidad preguntó, cuestionó, desafió prácticas, apeló a que la iglesia salga de su espacio de confort para ser buena noticia en la vereda, en el tren, en el club, con la gente en situación de calle. Así que había dos salidas: O la comunidad tradicional se repliega y busca sostener su “tradición” a toda costa, expulsando a quienes no son parte del grupo o se adaptan e él. O hay una ruptura que marca la posibilidad de lo nuevo, con un formato construido con todas las partes. “Nos fuimos, no solo de la comunidad sino un poco del sistema también”. 

Lo que Dios quiere
Gerardo se ubicó en una punta del semicírculo que armaron los pequeños recién llegados de su clase de historias bíblicas, se sentó y empezó a puntear una canción que entonaron a coro. 

Tomó la Biblia del púlpito y leyó: “Yo he venido para que todos y todas ustedes tengan vida, y para que la vivan plenamente”, Juan 10:10. 

“Lo que Dios quiere es la plenitud, que no es exclusiva de la iglesia ni de quienes profesan alguna fe, es para todas y todos y todes. No tiene límites, porque la gracia de Dios no puede ser ‘manejada’ de acuerdo al capricho ni a la conveniencia ni siquiera de acuerdo a la teología particular de alguna denominación. La gracia es gracia y es para toda persona y trasciende lo que creamos o pensemos o queramos o nos guste”. 

Volver a Tres Arroyos 
Gerardo volvió a Tres Arroyos e intentó junto a su esposa trabajar en un local comercial, pero no funcionó. En esos dos años la comunidad reformada de Cristo Vive los acogió de manera muy amorosa. 

“Nos vestiremos con los vestidos/de la fuerza creadora/para salvarnos de las hienas/para seguir construyendo justicia/para seguir abrazando nuevas libertades”.

Gerardo enfrentó a la membresía con su sermón. Los jóvenes portaron recortes de diarios que mencionaban temas como el matrimonio entre personas de un mismo sexo o el aborto en el terreno de la ética. Otros sobre la reforma del poder judicial en el plano político, y mientras los levantaban sobre sus cabezas el pastor habló. 

Gerardo artista respiró el aire tresarroyense, escribió poesía, compuso cientos de canciones, pero armó su equipaje y volvió a Buenos Aires, esta vez para acompañar a las iglesias reformadas en Buenos Aires y en Brandsen, desde otro lugar. 

Su mirada pastoral era otra, supo que había que compartir el evangelio de un modo muy concreto con su entorno, con su contexto. 

Compromiso
La tarea pastoral no se limitó al apoyo de la comunidad de fe, aunque ello sea una de las prioridades, sino con un claro compromiso de articulación con organizaciones sociales, otras comunidades de fe y toda institución o red que tenga como objetivo trabajar por el bien general de la comunidad. Esto incluyó también el diálogo y a veces el reclamo ante las autoridades de los gobiernos municipales, provinciales y nacional. 

“En fin, soy parte de la institución iglesia, de hecho presido la JD de las IRA desde hace mucho tiempo, pero no siento que eso deba coartar la posibilidad de decir aquello que siento o aquello en lo que creo como persona desde mi forma de entender el Evangelio y la voluntad de Dios para este tiempo”. 

Gerardo sonrió, tomó la Palabra entre sus manos y bendijo a la congregación. Se estiró hasta alcanzar con la mano libre su guitarra y se sentó a cantar. 

“Que aclare el cielo de tanto secreto, que brille siempre el sol en nuestras vidas/que sople el viento desde las alturas/y que nuestras almas sigan unidas”        

   -0-0-0-0-0-

Con los pies en el barro
Gerardo Oberman conformó con otras y otros líderes de comunidades de fe preocupadas por los mismos temas, la Pastoral Social Evangélica que busca de alguna manera tender un puente entre las comunidades de fe o iglesias y la comunidad mayor en que se encuentra inserta, brindándole herramientas que la ayuden a articular con el Estado en sus diversos niveles, con organizaciones sindicales y sociales, involucrándose allí donde haya coincidencias programáticas en la búsqueda de sociedades más justas e inclusivas. 

Esta Pastoral ha sido muy bien recibida como un espacio de interlocución con diversas organizaciones sindicales, por referentes políticos de distintos espacios, por los movimientos populares. Pero, no siempre encuentra eco en iglesias más tradicionales que sienten que estos puentes “contaminan” la supuesta pureza de la iglesia. 

“Y digo ‘supuesta’ con todo énfasis porque ciertamente las iglesias no son espacios de absoluta integridad en términos éticos, por ejemplo, en cuanto a su responsabilidad por el cuidado de la casa grande de Dios: la creación; por ejemplo, en su respuesta a los temas que desafían a un Evangelio que tenga los pies en el barro: la violencia de género, los femicidios, la miseria en que viven muchísimas personas, la inseguridad del hambre, de la falta de techo, del no-trabajo, de la discriminación basada en el color de la piel, el origen étnico, la sexualidad…” 

A través de la Pastoral Social Evangélica la Iglesia Reformada en Barracas tiene una olla solidaria tres veces a la semana. Llevan adelante un proyecto de panificación que entrega pan casero y pizzas cada viernes a las familias, acompañan un proyecto textil de trabajadores/as de la Rama de trabajadores/as de la Vía Pública, entregan cada 14 días bolsones de alimentos. 

Familia 
Gerardo no está solo, su misión la comparte con sus seres más queridos. “Dios nos ha regalado formar una linda familia. Más allá de mi madre y mis tres hermanas, con las que nos tratamos a pesar de nuestras diferencias, con Grety tuvimos dos hijes: Diana, que vive desde hace algunos años en España y Andrés que, en estos meses de pandemia, vino a estar con nosotros en casa”