María Soledad Acuña, ministra de Educación de la Ciudad de Buenos Aires

Opinión

EDITORIAL

Inoportunas

22|11|20 12:34 hs.

Lo que se desató luego de los dichos de la ministra de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Soledad Acuña, no fue un debate educativo. Y no lo fue porque no abordó los abrumadores índices de abandono escolar, la falta de jerarquización del trabajo docente, el mal estado de las escuelas, la creciente conversión de las instituciones escolares en comedores y lugares de contención social, el índice de menos de 50% de conectividad en los hogares en donde los estudiantes se intentan formar, como tampoco, la migración constante de los sectores medios a instituciones públicas de gestión privada, las enormes asimetrías dentro del sistema y la espeluznante desigualdad vernácula en materia educativa. 


La ministra enumeró situaciones puntuales y minoritarias, que no son representativas de la mayoría del universo educativo. Existen, claro. Cómo existen médicos o médicas que ejercen con mala praxis, cómo se encuentran arquitectos que hacen techos con goteras o casas con precarios sistemas de desagüe, cómo se descubren deportistas de alto rendimiento que fuman en el vestuario y cómo, claramente, hay productores agropecuarios o industriales, que no cuidan el medio ambiente. La lista es larga y los fallos en la condición humana, así parece, no son exclusividad docente. 

Cualquiera sabe que los sindicatos propugnan por mejoras salariales y defienden los intereses de aquellos y aquellas que los eligieron. Eso está bien. Del mismo modo que las entidades empresariales practican su gremialismo, presionando, reclamando, haciendo oír su voz. Y eso también está bien. En una Argentina desaforada es imprescindible remarcar obviedades. 

Pero la clase dirigente, seamos serios, no tiene proyecto educativo para el país. Solo habla generalidades y de manera reactiva: lo malo que son los sindicatos; la pésima formación de los docentes; el mal estado de las escuelas; los vergonzosos resultados de nuestro país en las prueba PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la Organización Mundial de Comercio, OCDE). Y lo hace, con escasas y parciales pruebas que abonen sus argumentos. Sin contar, por supuesto, con un ente autónomo que elabore muestras y series estadísticas en esta materia, para la discusión, formulación e implementación de políticas públicas en el área. Y que además, permita sostener debates informados. Y esto ocurre hace décadas. En el medio, nobleza obliga, hubo intentos, planes, proyectos, leyes y educadores trabajando, pero la Argentina los devora, con gula, para descartarlos de la peor manera. Con indiferencia o desdén. 

La sociedad tampoco habla de educación. Hablar de ella no es solo discutir presencialidad sí, presencialidad no. Es válido, pero es apenas la epidermis más fina del tema, en un año extraordinario para toda la humanidad, en todas y en cada una de sus facetas. Las escuelas apenas son dotadas, a lo largo del ciclo escolar (cualquier consulta a directivos corroborará esta afirmación) en forma eficiente y en la cantidad adecuada, con los insumos necesarios para la higiene y la limpieza. Las cooperadoras escolares apenas cobraban sus cuotas antes de la pandemia. Ahora, lo hacen menos. El Estado no tiene recursos y las instituciones se adaptan como pueden. ¿Alguien se preguntó de dónde saldrá el dinero para cumplir con los protocolos en el ámbito educativo para que sus espacios estén óptimos para el aprendizaje? No es una excusa para no dar clase, es la realidad de un país pobre y con un Estado que no puede garantizar de la mejor manera lo que es su responsabilidad. No lo podría garantizar tampoco, otro gobierno, del signo que fuere. Mencionamos un aspecto del día a día educativo, elemental, básico, crucial, en la normalidad y sobre todo, en esta nueva normalidad. Y es lo suficientemente elocuente para evidenciar la envergadura de la situación. La Argentina puesta a examen, no aprueba esa materia introductoria para el funcionamiento de las escuelas. Todos sus distritos no pasan el test, incluida la ciudad de Buenos Aires.

La desatención, el “hacer como sí” o el “decir como sí”, el desapego y la falta de aprecio hacia el futuro, constituyen la regla


Con estos pocos elementos (el libro de Mariano Narodowski “El colapso de la educación”, del año 2018, o “La tragedia educativa” de Guillermo Jaim Etcheverry, de 1999, escritos en dos momentos diferentes de la vida democrática, ilustran esta circunstancia y otras con mayor profundidad) se evidencia un estado de situación. Donde la desatención, el “hacer como sí” o el “decir como sí”, el desapego y la falta de aprecio hacia el futuro, constituyen la regla. Las palabras de la ministra son desdeñosas y argumentalmente falsas. Generalizan situaciones puntuales, para, a partir de ellas, sacar conclusiones, en un ejercicio del método de la inducción, como mínimo, rudimentario. Los buenos docentes, las maestras, los directivos y auxiliares, todos aquellos que en desventaja evidente luchan amorosamente por educar, tienen razón al sentirse ofendidos. 

No se trata de no decir lo que está mal. Es una obligación hacerlo. Pero para ello hay que ser, en primer término, preciso, veraz, consistente y coherente. Sin nunca renunciar a enfatizar lo bueno, que también es cierto y es mayoría, a pesar de las enormes asimetrías. Cuando la educación se convierte en central, lo inoportuno es una anécdota y la conversación fluye por el territorio de quienes la valoran, la estudian, la sienten y la practican. Y desde ese lugar se empeñan en transformarla.

   -0-0-0-0-0-

Textual
María Soledad Acuña dijo que “la raíz de lo sobre ideologizado y militancia política está en la formación docente. Un docente que aprende bien sabe que lo que tiene que hacer en enseñar a pensar, no decirle a los chicos que pensar”. 

En un diálogo por Zoom con el diputado nacional Fernando Iglesias, afirmó que quienes deciden estudiar para ejercer la docencia “son personas cada vez más grandes de edad, que eligen la carrera docente como tercera o cuarta opción luego de haber fracasado en otras carreras”. 

Señaló también que “si uno mira por nivel socioeconómico, que no debiera ser como un determinante, pero si se mira en términos de capital cultural y experiencias enriquecedoras en momentos de aportar para el aula, la verdad que es que son de los sectores cada vez más bajos socioeconómicos los que eligen estudiar la carrera docente”.