Opinión

Editorial

Observatorio

06|12|20 11:12 hs.

Esta semana se conoció la medición de la pobreza en la Argentina que regularmente presenta el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA). Dicho organismo, está dirigido por Agustín Salvia, estando integrado por especialistas y científicos sociales, competentes y profesionales. Es necesario recordar, que durante la intervención del INDEC y el consiguiente abandono del Estado de la medición de los índices que permiten formular políticas públicas (sociales y económicas), el Observatorio se convirtió en el referente académico que brindó la información necesaria para sostener la discusión pública y, en especial, para conocer el estado social del país. 


Es, también, importante indicar, que el Observatorio define a la pobreza “…como privaciones económicas injustas que afectan el desarrollo de las capacidades humanas en diferentes dimensiones de la vida social. Estas privaciones son injustas porque afectan derechos económicos y sociales consagrados por nuestra Constitución Nacional y pactos internacionales…”. Para confeccionar sus resultados, sus investigadores e investigadoras, utilizan dos criterios claves: el derecho a un piso de justo bienestar económico y el derecho a formar parte de una sociedad de iguales. 

El primer criterio, permite clasificar a la sociedad en tres categorías: indigentes, pobres y no pobres, teniendo como parámetro, el alcance o no, por medio de los ingresos, del acceso a una canasta básica alimentaria, y a otros bienes y servicios además de ella, si se está por encima del nivel de la pobreza. El segundo criterio y aquí se encuentra lo relevante y la diferencia con el INDEC, ahora en funcionamiento adecuado, luego de la regularización llevada adelante por el economista Jorge Todesca, durante el ciclo 2015-2019, permite “…medir el grado de inclusión de la población a través de seis dimensiones fundamentales de acceso a bienes y servicios fuentes de desarrollo humano: salud y alimentación, saneamiento y energía, servicios de la vivienda, medio ambiente saludable, recursos educativos, trabajo y seguridad social…”. Es decir, que las cifras, expresadas en porcentajes, miden la pobreza multidimensionalmente, no solo por medio de los ingresos. Esto supone una mirada más integral y que, dados los porcentajes concretos informados, agravan un diagnóstico por demás severo. Al leer el informe, la clasificación por ingresos y las seis dimensiones que enumeramos sobre marras, están detallados, desglosados, combinados e interpretados con precisión, además de graficados por medio de cuadros y series estadísticas. 

Hecha esta digresión explicativa, que creemos oportuna, para magnificar el desafío que tiene el país por delante, la pobreza, según el Observatorio de la Deuda Social (UCA) llega en la nación al 44%, es decir, unas 20 millones de personas viven en esa condición. Según el mismo organismo, existen en la Argentina 10% de indigentes y un 60% de los niños y las niñas, son pobres. Una tragedia social sin precedentes que todavía no finaliza en su proceso de clarificación. 

Están pendientes de llegar y medir, los coletazos de la enorme e ineludible asimetría y desigualdad educativa, que se evidenció este año; los de la destrucción del tejido social que pone de manifiesto una crisis de esta envergadura y todos los efectos y consecuencias que se asocian a unos números que no dan lugar a excusas. 

En una vorágine informativa cruzada por temas menos relevantes, que cambian al ritmo de la cantidad de vistas, likes, tráfico en redes y replica en los medios audiovisuales, no a consecuencia de su real peso en la performance social y económica del país, creímos conveniente precisar, al menos brevemente, el origen científico de unos porcentajes que apabullan. 

Las cifras están ahí, a la vista pública. Y son personas, huelga decirlo, entre las cuales la mayoría son niñas y niños, que sufren la peor de las inseguridades, que consiste en el robo sistemático de su futuro. Robo perpetrado por nosotros, los adultos, que deberíamos velar por su bienestar, por la ampliación de sus libertades y porque posean los instrumentos para ser felices, entiendan de la manera que entiendan ese estado individual y colectivo.