Sociales

Por Raquel Poblet

La fiesta

03|01|21 18:13 hs.

Para esta entrega quisiera hablar de una amiga especial. Realmente especial. No porque su personalidad o su historia de vida tuvieran algún rasgo fuera de lo común, sino, porque su sustancia y su soledad la han hecho diferente.


Se llama Tatiana Ramira. La conozco hace más de veinte años y sus anécdotas son tan alocadas como conmovedoras. Por eso he preferido transcribir literalmente cada uno de sus relatos. El que viene a continuación contiene todas y cada una de sus palabras: 

“En esa época no tenía casi ropa. Busqué lo que me parecía más decente, quizá lo que fuera más social, más convencional. Bueno, opté por una minifalda elastizada, muy usada, y por eso amoldada a mi cuerpo. Arriba, un top negro de manga tres cuartos y un collar grueso que me acortara el cuello. Era lo más potable, aunque no me disimularía del todo. Se me verían las piernas larguísimas. Con unas medias blancas las acortaría y se verían más gruesas. Mejor. En la cara mucho rouge perlado, que me acorte la trompa. Y una base compacta que tape las manchas. Como siempre. 

Se acercaba el día. Bueno, eso ocurre siempre, los días avanzan hasta que se hace la fecha. Era un viernes de primavera. Si ponían arreglos florales en las mesas, ojalá que no fueran naturales, porque me desespero de ansiedad por comerlas. Y si cuelgan de alguna altura, peor. Vienen con plantitas y se me hace agua la boca. Sería esta una fiesta festivalera con ritmo carioca y vals. Yo quería conocer a alguien para dejar de estar tan sola. Era el casamiento de Flora, y, por suerte, ella es alta como yo, o no tanto, pero seguro que los muebles serían de mis dimensiones y que podría conocer a alguien sentada, porque si me paro huyen. Flora me dijo: ‘No te preocupes. Te voy a poner en una mesa redonda amplia y voy a ubicar a gente soltera. Tengo todo muy bien planeado. Cuando salgamos a bailar se bajarán las luces y nadie se dará cuenta. Vení, Tatiana, no te eches atrás’. Esas son amigas. 

El salón era de un colorcito beige medio antiguo con todas las paredes cubiertas de un cortinado un poco más oscuro. Sí, le colgaban florecillas sin aroma. Menos mal. Entró Flora muy hermosa, con un tocado de tules en la cabeza y un novio nuevo, pintón, sonriente, con bigotitos estilo primera guerra mundial. Combinaba con ella. Bueno, a ella le combinan casi todos. Me dieron una copita al entrar, creo que de champagne extra brut, ese que de entrada me provoca una cosquillita pinchosa en la garganta y que después me baja por el cuello y lo siento, lo voy sintiendo como esas cascadas de montaña, que son sólo una tirita de agua que va recorriendo la ladera. Otra copa más y la cascada se hace más gruesa, más pinchosita y me humedece el cuello por dentro, desde la garganta hasta abajo, hasta el torso y hasta mis patas traseras, que tanto elogian. Otra copa más y me arde y una masita salada es como un bálsamo y otra copa y me dejo llevar por Flora, que me llena de besos. También apareció Claudia que es un poco como yo, pero menos. Mi amiga me presentó a otras. Se llamaban Celia Casandra y Violeta Sebastiana, pero las ubicó en otra mesa. Yo fui a la redonda que era tal cual me había dicho. En el medio estaba la pista y nosotros sentados alrededor. Empecé a observar a la gente. Señoras grandes con amplias sonrisas. Me acordé de mí, de mi bestial dentadura, pero enseguida se me acercó un mozo chiquitito, ¿no me habrá leído el pensamiento? Y me alegró la copa. Más champagne, más seco, cascada ácida por dentro. Vi más gente. La música cambió, se puso más pop. Mejor. Me mata el tecno y todo eso. Celia Casandra y Violeta Sebastiana estaban en el otro extremo del salón. Ellas eran como yo, pero con pelucas. Mi pelo, en cambio, es natural y me disimula bien las orejas, que, por suerte, no me han salido tan grandes. Son casi como las de las humanas. Vimos ingresar a una tropilla de hombres y nos alegramos así alejadas como estábamos, las tres, Celia Casandra, Violeta Sebastiana y yo. De la felicidad, casi me como una flor artificial. 

Les echamos el ojo. Era una tropilla de varones blancos heterosexuales solos, bien trajeaditos para casamiento, sin esos pantalones achupinados de moda que miniaturizan a los hombres, ni esas remeras con escote de mujer. Estos portaban corbatas, camisas lisas y a cuadros; sacos príncipe de gales o ternos azules; cabelleras de todo tipo y calvicies también. Eran verdaderos caballeros. Serían unos diez. Yo le puse un ojo a uno que se parecía a Silvio Soldán. Violeta Sebastiana quiso a uno que era como un Alfonsín jovencito, y Celia Casandra miró a un ejemplar del tipo Ringo Bonavena. Pero había más. Más para cambiar. Flora me guiñó el ojo. Ella, espléndida, en la gran mesa alargada con sus padres y con la mamá y el papá de su novio de bigotitos. Después del segundo plato se armó el baile y ahí fuimos a la pista, a mezclarnos. Yo me agarré el mío, y mis dos amigas, cada una el propio. Ellas también flexionaban las rodillas un poco, igual que yo. Bailamos esa especie de cumbia sucia de ahora. Los caballeros nos querían. Los tres. Había otros que también nos preferían a nosotras más que a las demás. Qué extraño e inexplicable que es el magnetismo salvaje de las fiestas. Nos abrazamos. Creo que fui muy fuerte con mis brazos. Sentí un crack de costilla y algo del cuello de él que sonó, pero, como buen caballero, no se quejó. Fue a sentarse y yo lo acompañé. En una de las mesas de enfrente estaba sentado el Alfonsín jovencito de Violeta Sebastiana. Tenía una fractura en algún brazo. Aguantaba estoico y sonreía. Fui al baño y en el pasillo vi a Celia Casandra arriba de su Ringo Bonavena. Oí un crack de hueso. Me acerqué a otra mesa de bebidas y me clavé otras copas de bebida dorada. Entre la tropilla divisé a un Pipo Mancera perfecto. Igual. Vino a mí como a un imán. Se agarró a mi cuello. Se quería colgar, treparse con sus patitas hasta colgarse de mi trompa, tan cariñoso y afectuoso que era. Me mezclé con el tumulto y nos zarandeamos en un lento abolerado. Creo que le quebré las patitas. Lo dejé sentado. Disimulaba el dolor, y el esfuerzo que hacía me dio una culpa tan grande, que se me dobló el cuello de golpe. Me enderecé y llamé a una ambulancia sin avisar a nadie. Traté de organizar una salida rápida. Busqué a mis amigas con la vista, agarré mi cartera, y sin saludar a Flora ni a nadie, nos fuimos escapando despacito. Ahora lo confieso. Soy una jirafa, y por eso tengo tantos complejos. Pero ¿sería bueno que los hombres solidificaran mejor sus huesos, no? De lo contrario seguiré triste y solitaria, como todas las de mi especie.”