Juan Domingo Godoy habló de las enseñanzas que le dejó el fútbol

Deportes

Entrevista a Juan Domingo "Nino" Godoy

“La pelota me devolvió la vida”

09|01|21 21:59 hs.

La mirada de Juan Domingo Godoy sobre su infancia cambió con el tiempo. El recorrido de la vida lo llevó a evaluar las dificultades de otra manera, a encontrarles un sentido. 


“Lo que a mí antes me parecía que era una desgracia, haber sentido hambre de chico, en invierno y verano preparando comida en una cocina a leña, quedarnos sin luz eléctrica, era una bendición. Por algo la vida me puso en esa situación, tenía que aprender”, reflexiona. 

Tras un paso por Argentino Junior, Boca le abrió puertas en el fútbol y le permitió llegar a Huracán. Jugó una liguilla para Recreativo Claromecó e integró los planteles además de Recreativo Echegoyen -donde también fue director técnico- y Once Corazones. 

Nino, apodo con el que todos lo conocen, se siente privilegiado por haber estado durante años junto a Roberto Lorenzo Bottino y su señora Pirucha Zubiri, trabajar para ellos y ante todo, percibir la capacidad que tuvo un dirigente emblemático de Tres Arroyos. 

Pero antes, mucho antes, cuando daba sus primeros pasos en Boca, conoció a Roberto Dinardo. “¡Lo que hacía con los chicos!”, destaca al recordarlo. “Te iba a buscar en bicicleta. Decía lo justo, marcaba cosas que quedaban para siempre. Manejaba a 80, 100 chicos, hablaba y todos nos callábamos, algo que es inusual en estos tiempos”. 

De esta etapa, cuenta que “traían una bolsa llena de botines Sacachispas. Se tiraban los botines ahí, los más grandes agarraban sus números y los más chicos usábamos lo que quedaba disponible. No había vergüenza por andar con la zapatilla rota, era normal. Tuve la suerte de que mi viejo nos enseñó un respeto hacia los mayores, hacia los demás, siempre decía ‘podés andar con algo roto, pero limpio’”. Menciona, entre quienes trabajaban en Boca por entonces, a Osvaldo Rico y Alberto Cedrón, entre otros. 

Se crió sus primeros años en una casa ubicada en la primera cuadra de calle Necochea, actual Ruta 3 sur. El gran clásico de los torneos de barrio era Barracas-San Martín; “de chiquito llegué a ver algo de esos partidos”, comenta. 

Su primer club fue Argentino. “Había Séptima, Sexta y Quinta división en inferiores. Yo tenía ocho años y la Séptima abarcaba hasta los 14 años, era mucha la diferencia de edad”, señala. 

Su familia se mudó a una quinta, en avenida Rivadavia al 2200. El dirigente Rulo Agarraberes tuvo incidencia en su llegada a Boca. Además, Argentino quedaba muy lejos de la quinta; “un hombre de apellido Tempone, nos pasaba a buscar en una camioneta Fiat 125 para ir a Argentino. Pero después él se fue y nosotros vivíamos en la otra punta de la ciudad”. 


Berta, Deporte, Godoy, Viel y Córdoba (parados); Fernández, Vega, Plaza, Di Luca, Márquez y Mansilla (hincados)


El predio de Boca era su segunda casa. “Cuando no teníamos nada que hacer, íbamos con mi hermano Eduardo a las dos de la tarde u otros días a las cinco, y pateábamos hasta que apagaran las luces por la noche. Entrenábamos con las distintas divisiones. Volvíamos corriendo a la quinta porque teníamos miedo, había una luz en cada esquina hasta la cancha de Colegiales, teníamos que pasar también el puente -relata-. Llegábamos de noche, poco morfi, a bañarse en un fuentón con jabón blanco, no había shampoo, tampoco crema de enjuague”. 

Hace referencia a sus hermanos y a “los golpes que nos pegó la vida de chicos. Tener que compartir un pan duro, dormir dos en una cama y taparnos con una campera vieja. La pelota nos devolvió la vida”. 

Realizó los estudios primarios en la Escuela 26 y en la Escuela 3. Después, tuvo que salir a trabajar. Observa que “en la escuela nos entregaban zapatillas, íbamos al comedor, nos daban la comida que sobraba. Siempre vivimos dependiendo de los demás de chicos y la pelota nos devolvió un montón de cosas. Más que nada saber que siempre se puede”. 

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Era un adolescente de 16 años cuando jugó una Liguilla para Recreativo Claromecó. “Me llevó Ariel Annechini, aparte me dio trabajo en fútbol 5 en la Academia, donde vivimos tres años hermosos”, valora. 

En aquel equipo de Claromecó “estaban, entre muchos otros, “Sacco en el arco, Petete Epherra, Adrián Souto. Fue una linda experiencia”. 

Retoma su descripción sobre el empleo en la Academia y relata que “ahí nos juntábamos la mayoría de los que jugábamos al fútbol. Recuerdo asados con Abel Coria, a quien le tengo mucho cariño y respeto”. 

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En sus palabras, expresa agradecimiento. “Tuve la suerte de conocer jugadores increíbles. En Boca del 91 justó cayó el Pela Di Luca, el Negro Márquez, Carlitos Viel, Cacho Córdoba, Berta, Deporte, Ramón Mansilla, Cheiles”, enumera. 

Ubica en el lugar de “abanderados” a Di Luca y Márquez, quien “me dejó un montón de enseñanzas sobre liderazgo. Simplemente mirándolo y viendo como actuaba. El Pela tenía mucho respeto con los chicos y era recíproco, de nuestra parte hacia él; un jugador extraordinario, me cobijó, le caí bien, a mitad de 1991 me dijo ‘el año que viene te voy a llevar a Huracán’”. 


La formación titular del 9 de noviembre de 1991, en un amistoso ante Ferrocarril Sud de Olavarría. Boca formó con Flores; Godoy, Berta, Errozarena y Vicente Robledo; Vega, Eugenio Domínguez, Horacio Stele y Miguel Angel Fernández; Néstor Domínguez y Nést


Lograron jugar el Torneo del Interior y muestra satisfacción porque “se armó un equipo bárbaro, con una clase de personas excepcionales”. 

Para Nino Godoy, la incorporación a Huracán fue “un salto grande”. Cuando llegó el director técnico era Mario Oviedo, “muy respetuoso, lo que sabía lo explicaba muy bien. Después Néstor Di Luca con Juan Giannechini, luego Miguel Di Lemme, Alejandro Barberón con Hugo Tenaglia, volvió Giannechini unos meses y luego Hugo, etapa en que se armó la campaña 98-99. Empezamos con Boca de Coronel Suárez acá, ascendimos al Argentino B, Argentino A, después el Nacional B ya no lo jugué”. 

En su primer período en el Globo, “me pasó un año que Néstor Di Luca se había ido de técnico a Olimpo y yo estaba ahí que no arreglaba con Huracán. Cuando dio la radio al mediodía que me iba a ir a Olimpo, llegó Bottino y me dijo ‘¿qué problema tiene usted?’. Lo veía, lo saludaba, pero nunca había hablado con él. Le dije que ‘ninguno, pero no me arreglaron’. Me citó a la tarde en su oficina, hasta ese momento no sabía dónde quedaba; toqué un portero, subí, pensé que me iba a echar, ‘este hombre está enojado”. 


Durante aproximadamente una década, Godoy jugó en Huracán e integró grandes planteles


Así nació su vínculo laboral con el dirigente. “Su frase fue ‘con usted no quiero hablar más, va a cobrar tantos dólares por mes, si sube el dólar le va a subir el sueldo y si baja le va a bajar’. Cuando me estaba yendo, Bottino agrega ‘otra cosa. Usted no es más empleado del club, es empleado mío. Va a venir y va a cobrar acá”. 



En este sentido, observa que “la vida te tiene preparadas cosas que son inesperadas. Después viví un montón de cosas al lado de él, me di cuenta que hubo mil situaciones en las que me puso a prueba. Pude cuidarlo hasta el último día que falleció, estaba él y yo en una habitación del sanatorio. Traté de que viviera los últimos días de su vida lo más cómodo posible. Lo cuidé y le devolví un poco de lo que él hizo por mí”. 

Con el paso de los años, fue su chofer y acompañó también a su mujer Pirucha Zubiri. “Cuando él falleció, el sobrino me dijo ‘mirá el tío hubiese querido que el que maneje la casa seas vos. Quiero que te quedes’”. 

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El comienzo del camino, en la grandiosa campaña que llevó a Huracán a lo más alto del fútbol nacional, tuvo lugar “con un muy grupo”. Cita como ejemplos a “Benedetti, los hermanos Dragojevich, Pepe Valverdi, Nacho Alvarez Castillo, Chopi Izquierdo”. 

Le otorga relevancia a Tenaglia y a todo el cuerpo técnico, porque “estaba Ceferino Domínguez como profesor y entrenábamos de una manera muy profesional”. 

El reconocimiento, difícil de medir, no siempre se brinda en una justa medida. Puede suceder. “Siempre digo que hay jugadores que se llevan mucho más de lo que deberían y otros que quedaron olvidados. Vicente Robledo fue el mejor defensor que vi, completo, como compañero, jugador, para ir al frente”, destaca. 

Pondera especialmente a “Franklin Martínez, el Pela Di Luca, Tito Stele, Claudio García. El Pela lo conocí de grande, no es fácil ser crack”. 

Considera que “la mentalidad es todo, saber que las con las condiciones naturales que tenés no te alcanza. Hay que buscar siempre evolucionar”. Y deja en claro que “guapo no es el que pega un codazo o una trompada. Guapo es Franklin Martínez o en una escala inalcanzable lo fue Maradona, le pegaran donde le pegaran, agarraba siempre la pelota y seguía jugando”. 



Desconfía del elogio rápido y en cambio, tiene presentes las correcciones que le han hecho como futbolista. “Si fuiste suplente, viene alguien y te dice ‘el técnico no sabe nada’. No es cierto, el jugador debe demostrar, la culpa no hay que trasladarla a los demás. Matate en los entrenamientos, que vean que tenés que estar”. 

Puntualiza que “en Huracán no te aplaudían por rechazar la pelota hacia afuera, te pedían que quede adentro de la cancha. Una vez me echaron y en el vestuario me dejaron en claro que los había perjudicado a todos. Y aprendí a tirar centros con las dos piernas, también con la izquierda”. 

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Desarrolló un liderazgo. Ha sido capitán y referente. Entiende que “un asado en el plantel es fundamental, se dicen cosas en el momento y fortaleces el grupo”. Explica que cuando se reunían a cenar “en Huracán cada uno tenía su lugar. Cuando llegué me dijeron los espacios que estaban disponibles y si venía otro uno hacía lo mismo. Vas aprendiendo a ser más profesional”. 

En 2001 jugó en la Liga local para Huracán y al año siguiente, si bien “tenía todo medio arreglado con Olimpo”, finalmente se incorporó a Recreativo Echegoyen. “Franklin me dijo ‘si vas a jugar en Segunda, anda a Echegoyen. No ascendió nunca, si llegas a ascender va a ser inolvidable. El se contactó con Rubén Vannieuvenhoven y Pablo Salvai, quien era el técnico, me llamó”. 



Aceptó “lo que me ofrecieron”, si bien puso una condición: “’Quiero un premio si salgo campeón, después lo hablamos’, les comenté. Al no ir yo, Olimpo llevó a Viana Beledo, tenían buen equipo. La última fecha jugábamos con Olimpo en Bellocq y le llevábamos tres puntos. En Echegoyen tenían fantasmas por un gol que les hizo Yanacone de Alumni. El equipo era muy bueno, jugaban Pili y Pablo Julián, Guillermo González, Cacarito Vázquez, Jony Vannieuvenhoven que era pibe, Aríngoli que también era pibe, Beto Juan”. 

Poco antes del partido decisivo, fue a negociar el premio. “Les pedí la recaudación del partido con Olimpo. ‘¡Vamos a hacer no sé cuánto! ¿Estás loco? Como un jugador nos va a cobrar esto’, fue la reacción. De inmediato, le respondí al dirigente ‘te estás equivocando, la voy a repartir entre todos’. Me dijo, ‘no te hagas problemas porque los chicos de acá juegan gratis’. Me mantuve en mi posición: ‘Me decís que juegan gratis, pero también me contás que a los 47 minutos Pololo Yanacone les hizo un gol, que la cancha está embrujada’ Si voy y le dijo a los pibes que vamos a repartir un premio que yo había pedido para mi entre todos, se van a matar. Te aseguro que vas a salir campeón’. Nos dieron la recaudación, ganamos. Fue una fiesta”.

Es un día que quedó en la historia. “¡Vi tanta gente contenta! -exclama-. Nosotros sabíamos que teníamos que ganar. Hubiese sido un fracaso si no lo conseguíamos, con todos esos jugadores y cómo estábamos en el club, no nos faltaba nada”. 

Nino Godoy fue el goleador de ese equipo, hizo varios goles de penal, de cabeza y también alguno de tiro libre. 

Al año siguiente, jugó y en forma paralela, fue director técnico. “Pablo Salvai dejó y yo estaba haciendo el curso. Estuve en Echegoyen hasta 2004, perdimos la final del año con Independencia en cancha de Huracán”, señala.

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El último club donde jugó es Once Corazones. “Soy amigo del Ruso Ferretti, de haber jugado en los barrios. Gonzalo el hijo, tuvo la desgracia pobre -falleció en 2004, tras una pelea en la calle-, jugaba en las inferiores de Huracán y yo solía regalarle alguna ropa o botines, siempre que me veía dejaba todo y me venía a saludar. El Ruso me cargaba porque contra Once Corazones me ha pasado de hacer un gol o destacarme, me decía ‘¿vas a venir a jugar con nosotros?. Cuando falleció su hijo, dije ‘un día voy a ir’”. 

Se sumó en 2005. El Torneo Preparación el equipo tuvo un muy buen desempeño, pero perdió los tres primeros partidos del Torneo Oficial y “Once Corazones tenía problemas de descenso, un bajo promedio. Yo andaba con una luna bárbara, pensaba ‘¡no me fui al descenso nunca y me voy a ir ahora!’”. El director técnico era Juan Escobar. 

Godoy le pidió “al Ruso Forestier” que haga un asado y en ese ámbito hablaron solos los jugadores y el técnico. Lo llamaron también a Pancho Leoz, quien no estaba jugando, y se produjo su regeso. “Vamos a tirar todos para adelante, si alguien pierde la pelota tres nos matamos para recuperarla. Pasa por si ganamos o perdemos, no por quien le grita a quien en la cancha”, recuerda que fue una arenga en ese encuentro. 

Vencieron a Independencia en Gonzales Chaves, a Quilmes en Indio Rico, igualaron con Huracán de visitante y derrotaron a Huracán Ciclista de local. “Salimos segundos en el año”, subraya. 

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Una vez que dejó el fútbol profesional, tuvo la oportunidad de ser director técnico de Boca y conseguir el ascenso. Ocupó similar función en las inferiores y en la Primera del fútbol local de Huracán; mientras que después trabajó en Colegiales. 

Volvió a jugar en la Copa Aiello de fútbol senior. Sin embargo, explica que “tengo la mentalidad de que la pelota me salvó la vida, cuando empecé a jugar a medias es como que le estaba faltando el respeto. O lo hacés bien y entrenas, o no lo hagas. Veía que lo hacía a medias” 

Por este motivo, afirma que “si algún día juego tendría que entrenarme, tener tiempo, y hacerlo medianamente bien ¡La pelota nos dio tanto! Faltarle el respeto no, es lo que me pasa a mí”. 

 Con convicción, plantea que “se quiere hacer creer a los chicos que la solución está en que te den una ayuda. Yo creo que es distinto, la ayuda hay que salir a buscarla y tenés que querer más. Quedarte en tu casa a esperar que te lleven algo no te sirve de nada, es un remiendo que no tiene solución”. 

Concluye en que “el deporte y la educación pasa porque vos quieras mejorar. Ser mejor persona, buscar siempre progresar”. 

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La familia
La pareja de Juan Domingo Godoy es Verónica. Nino tiene tres hijas: Eliana, Melina y Ayelén.

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Hermano y amigo 
Nino Godoy es el menor de siete hermanos. Compartió muchas vivencias y también la práctica del fútbol con su hermano Eduardo, dos años mayor que él.

“Somos los dos más chicos. Mi hermano, el Negro, mi amigo –subraya-. Trabajamos juntos, alguna vez hemos comprado zapatillas a medias, nos tocó afrontar momentos difíciles. Siempre fuimos muy cercanos, también por una cuestión de edad”. 

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Donde Bottino era feliz
Las anécdotas de Juan Domingo Godoy vinculadas a Roberto Lorenzo Bottino, permiten tener un acercamiento a un dirigente inteligente y apasionado por Huracán. 


En la inauguración de las reformas del estadio, en febrero de 2005. Roberto Lorenzo Bottino junto a Juan Domingo Godoy y Hugo Aranegui


Recuerda que “un día fuimos a comprar un Toyota Corolla 2005 a Uzcudún. Entramos, dijo me gusta ese color champagne. En ese momento valía 74.000 pesos. ‘Bueno, prepárame los papeles que mañana lo vengo a buscar’, les pidió a quienes lo atendieron”.

Luego se dirigieron “a unas oficinas de calle Alsina, en planta alta. Le dieron 44.000 pesos. El andaba con un maletín. Agarró la plata y me la dio: ‘tomá guardála vos’. Yo nunca había tenido un peso. Me miró y me dijo ‘hay que ser más inteligentes, si nos vienen a robar ¿qué van a agarrar? El maletín ¿Quién va a pensar que vos vas a tener la plata?”, fueron las palabras de Bottino. 

Godoy llegó a su casa, “en invierno tipo ocho de la noche, yo tenía una nena chiquita y tomaba la leche en lata. Metí esa plata en una lata vacía, la tapé y la dejé en el galpón. Al otro día, 7.30 estaba en la casa de Bottino, a las 8 llamó para que le den 30.000 pesos más”. 

Adquirió el auto y luego “lo quiso poner a nombre mío, no acepté. Se retobó, lo guardamos en el garaje y no lo anduvimos. Una vez por semana me hacía ponerlo en marcha y dar una vuelta manzana. Cuando Roberto falleció, el Corolla tenía muy pocos kilómetros”. 

“Significaba todo” 
También describe, en la entrevista, cuando Roberto Lorenzo Bottino paró en la ruta, a la altura de Coronel Dorrego, un micro que venía con un jugador que iba a firmar para El Nacional y terminó sumándose a Huracán. 

Y hace referencia a una situación de un período anterior del Globo, con el delantero Tarula Vázquez. “Arregló por gol. Jugaban contra Independencia y Ceballos era el técnico. En el primer tiempo hizo cuatro goles. Bottino le dijo a Ceballos que lo saque, pero Tarula se sentó en la mitad de la cancha, no quería salir. Terminó haciendo siete goles”. 

Sonriendo, en medio de muchas historias que quedaron en la memoria, afirma que “él era feliz con el club, significaba todo para él”. 

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“¿No lo conocés?” 
Juan Domingo Godoy comparte una anécdota inolvidable, cuando era un nuevo jugador de Huracán. “Ibamos entrando con Néstor Loustau, salió un hombre de la cantina y llamó ‘pibe, pibe’. Me di vuelta y le respondí ‘¿Quién? ¿Me habla a mí?’. Se acercó y dijo ‘sí. Vos sos el pibe que viene de Boca, te quiero desear mucha suerte, te vi y me gustó como jugás”. 

Poco después, le preguntó a Loustau quien era ese hombre. Sorprendido, dio su respuesta: “‘¿No lo conocés? Es Adolfo Luna’, me contestó”. Pasaron unos días y regresó a la cantina, donde estaba Luna. “Fui a agradecerle. Siempre iba y lo saludaba. Después cuando él estuvo enfermo, Roberto Bottino me mandaba a llevarle cosas -cuenta-. El vivía en los monoblocks frente al club, ya andaba en silla de ruedas, me esperaba en la ventana. Charlábamos un rato. Según Bottino, fue el mejor jugador que pisó Tres Arroyos”. 

El “patadón” de Robledo 
Vicente Robledo fue uno de los refuerzos de Boca para jugar el Torneo del Interior en 1991. Poco antes de su incorporación, Godoy había tenido un cruce con él durante un partido. “Quedó una pelota cerca de la zona del mástil, en la final que le ganamos a Huracán en la cancha de Boca. Yo, era pibe, fui a trabar con fuerza, la gente gritaba en la tribuna, y Robledo ¡me pegó un patadón!. Yo lo odiaba, casi me mató y no cobraron siquiera foul”. 

Tras la definición con Huracán, se fueron Márquez, Córdoba, Viel y Portugal a Estación Quequén. Por este motivo, “Boca empezó a buscar jugadores de acá, me preguntaron si tenía algún problema de que viniera Robledo. Respondí que no. Un día cuando entré al vestuario, él se estaba cambiando y me dijo ‘pibe ¿te acordás como chocamos el otro día acá?’. Ahí me empecé a reír. Después de compañero era un fenómeno, jugaba, te defendía”.