Los incidentes y la violencia en el Capitolio afectaron a la familia democrática del planeta

Opinión

Editorial

Extremos

10|01|21 13:50 hs.

La forma de gobierno en la que vivimos se basa, entre otras cosas, en consensos, en acuerdos sostenidos por mayorías, también en debates y, en consecuencia, se caracteriza por estar en conflicto de modo permanente. 


Es una dinámica sin pausa, de construcción de equilibrios a conseguir por medio de un mix de instituciones, comportamiento individual y aceptación social de vivir bajo las reglas que establece un estado de derecho determinado en torno, entre otras cosas, a la forma en que queremos ser gobernados y elegir quienes nos gobiernan. 

Pero no es unanimidad, ni desconocimiento de las minorías. Acordar no significa necesariamente estar de acuerdo en todo, escribimos en una anterior editorial, pero esto no invalida de ninguna manera los rasgos particulares de la forma histórica que elegimos para dirimir nuestras disputas, solucionar nuestros problemas y afrontar nuestros conflictos: la democracia. 

Como no vivimos en comunidades pequeñas, sino habitadas por millones, iguales en derechos pero dispares en todo lo demás, fuimos forjando pactos básicos de convivencia en la diversidad. 

“Vivir y dejar vivir” es una vieja frase que viene al dedillo para definir el propósito de la arquitectura que hoy esgrimen las democracias liberales modernas. Claramente no son esquemas perfectos, como tampoco estáticos, pero la regla de oro es la aceptación de los mecanismos por medio de los cuales enfocamos nuestros enfrentamientos, tanto los más suaves como los más intensos y graves. Cuando ellos se desgastan intencionalmente, afloran los excesos, tanto de las mayorías abusivas, como de las minorías arbitrarias. Lo mismo da. Horadando las reglas aceptadas retornamos a lo que los pensadores de la Ilustración (Francia e Inglaterra, en el Siglo XVIII) denominaban “estado de naturaleza”. Un estado, en donde nuestros derechos fundamentales, vida y libertad, no tenían protección alguna. Los más fuertes, la lucha entre unos y otros y la discordia eran la norma corriente, según estos intelectuales, en un contexto carente de acuerdo o pacto político de convivencia. 

Lo que ocurrió se impulsó desde la cúspide de un poder en retirada, que no conoce, ni reconoció nunca, otras reglas que las propias


Las constituciones, el límite al poder, la construcción de fórmulas más democráticas de participación, la ampliación de derechos y libertades, forman parte de un largo proceso histórico que se remonta al Siglo V antes de Cristo en Atenas, Grecia. Como escribe Fernando Savater “…lo que inventaron y establecieron (los griegos) es que todos los ciudadanos atenienses tenían derechos políticos iguales…”, solo ellos, pero fue un gran primer paso, en una realidad mundial en donde el poder se fundaba en creencias religiosas, la fuerza y la tradición. Ese sistema, imperfecto, pero avanzado en su momento, se fundaba en un principio que para nosotros es natural: la Isonomía, es decir, que las mismas leyes deben regir para todos. 

Ese camino largo, que pasó también por el hito del Siglo XVIII de la Ilustración y que dio forma al modo de forjar comunidades políticas mediante acuerdos, también tuvo sus mojones en la Revolución Francesa (por primera vez allí, un documento, la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, estableció que todos los hombres nacen libres e iguales en derechos) y en la Constitución norteamericana de 1787. 

Esta última fundó la democracia más antigua del mundo moderno y que el día miércoles fue agredida en el símbolo de la representación popular por antonomasia, el Capitolio, en donde sesionaban senadores y miembros de la Cámara de Representantes en forma conjunta, para certificar legalmente el triunfo de Joe Biden. Lo que ocurrió se impulsó desde la cúspide de un poder en retirada, que no conoce, ni reconoció nunca, otras reglas que las propias y que se encargó de deslegitimar normas y procedimientos que, aún en su perfectibilidad, consagran transiciones pacíficas y democráticas. El impacto fue grande y está más allá de comparaciones elementales entre países. Nuestros legisladores de 1853 le deben mucho a aquellos otros de los Estados Unidos de 1787 y la experiencia norteamericana ha sido capitalizada en muchos de sus aspectos por el mundo democrático occidental. 

El peligro tanto allí como en nuestro país, es el de los extremos, en las formas, en los pensamientos expresados y en las acciones que azuzan y transgreden los límites legales constitucionales. Estos síntomas y reacciones autoritarias, potenciados por las redes sociales y desplegados desde la cúspide del poder o desde posiciones de influencia social relevante, pueden socavar rápidamente lo que costo siglos de conquistas y luchas. Lo que tenemos como sistema de vida política y social, proviene de una historia que se honra profundizando sus mejores facetas. La aventura paradójica del ser humano en la tierra, nos muestra que nada está dado de un modo determinado y para siempre. Por eso es necesario estar alertas, dado que el sistema democrático nunca termina de estar consolidado en forma definitiva, al suponer una construcción colectiva constante. Por esta razón, cuando es atacado por voces que se consideran dueñas de la verdad, intérpretes de un destino comunitario o iluminadas por cierta capacidad provista por algún mecanismo, siempre irracional y carente de seriedad, tambalea de manera peligrosa. 

Es por estos argumentos y otros, que exceden los límites de esta editorial, que los episodios de Washington no nos son ajenos, dado que formamos parte de la familia democrática del planeta. Lo peor que podemos hacer entonces, es banalizarlos, teñirlos de antinorteamericanismo o de las diversas formas, precarias e infantiles, de nacionalismo que afloran siempre en estas ocasiones.

Actuar de este modo, es burlarse de unos sucesos que de ningún modo estamos exentos de padecer.