En su casa. Olga Bolonio dialogó con La Voz del Pueblo (Fotos Marianela Hut)

La Ciudad

Olga Bolonio, una referente en el Barrio Boca

“En realidad soy un nexo, ayudo porque me dan para ayudar”

31|01|21 00:16 hs.

Por Alejandro Vis


El Barrio Boca genera en Olga Bolonio sentimientos muy especiales. Es donde reside desde que se casó con Raúl Martín, a los 19 años de edad. Pero hasta entonces también estuvo cerca, porque nació y su familia la crió en una casa ubicada en Azcuénaga al 800. 

“Amo a este barrio, a su gente. Vivo hace 43 años, he visto crecer a los chiquitos y ahora a sus hijos. Para mí es todo”, dice Olga. El lugar cambió mucho, porque “cuando vinimos acá era prácticamente todo quintas, había dos o tres casas”, recuerda. 

Realizó los estudios primarios en la Escuela 3 y después fue alumna en la Escuela Profesional de Mujeres. Tuvo su primer trabajo a los 16 años; “hacía las dos cosas, también estudiaba -señala-. Una abuelita quedaba bastante tiempo sola, el nieto iba mucho a la casa de mi mamá. Me dijo si podía cuidarlos”. 

Poco después de terminar el secundario, formó un hogar con Raúl. Cuenta que “no seguí trabajando afuera de mi casa, pero siempre estuve vinculada a instituciones, tratando de colaborar. Una persona una vez me dijo ‘si no es remunerativo no es trabajo’, creo que es un gran error”. 

Sus hijos, con el paso de los años, empezaron en la escuela, era necesario dar una mano en la cooperadora. “Me fui involucrando, trabajé muchos años. Como otros vecinos, de manera voluntaria. En la Escuela 3 y en la Escuela 14”, menciona. 

 El comedor 
Otro de los ámbitos donde ayudó es el club, porque “mis hijos jugaban en Boca”. En el predio de la institución, surgió un comedor por iniciativa de Rotary Club Tres Arroyos y con el apoyo de El Parquecito. El país sufría los efectos de la crisis de 2001, la situación social era muy dura. 

 En este sentido, indica que “fue un tiempo muy difícil, en algunos aspectos bastante similar a lo que se está viviendo en estos días. Ahora de una manera u otra hay un poco más de ayuda y contención, en esa época no había”. 

Olga había sumado experiencia con las hermanas Ana y Eva Schneider en El Parquecito, en el Barrio Ruta 3 Sur, donde se acercó a aportar su granito de arena. “Ellas con Rotary gestionaron para que se hiciera un comedor en Boca -afirma-. Empezamos de a poco y lo tuvimos bastante tiempo, hasta que los chicos pudieron volver a sus domicilios”. 

Funcionaba todos los días y se brindaba una cena. Se decidió ofrecer esta comida, luego de observar que “el mediodía estaba cubierto con el comedor de la escuela o el Centro Educativo Complementario, que hace un excelente trabajo. El bache era la cena”. 

Olga también estaba en las escuelas y veía que alumnos tenían la merienda como último alimento del día. “Era triste darse cuenta que no cenaban, esperaban la copa de leche en la escuela al día siguiente -expresa-. Se empezaron a ver todas estas cosas. Reforzamos la cena y llegamos a tener cincuenta niños, un número importante”. 

Siente gratitud porque la comunidad de Tres Arroyos es muy solidaria “cuando ve que es para una entidad que funciona bien. Siempre tenés gente dispuesta a apoyar, aun hoy”. 

 Los pequeños que iban al comedor ya son mayores. Cuando cruzan a Olga en la calle tienen el gesto espontáneo de saludarla; comenta que “a veces se te despintan por el paso del tiempo. Me ha tocado tener que preguntarles el nombre ¡cambian tanto! ¡Y como se acuerdan!”. 

Valora además “la relación que tienen los varones con Raúl, quien estaba en el comedor. Mientras cocinábamos, jugaban al fútbol, alguno de ellos metía un gol y lo venía a gritar al lado de la ventana, a compartir la alegría con nosotros. Parece algo superficial, pero no lo es”. 


Muy cerca. Su vivienda se encuentra a pocos metros del CIC, donde vivió “una etapa hermosísima” (Fotos: Marianela Hut)


 En el CIC 
El Centro Integrador Comunitario del Barrio Boca fue inaugurado en octubre de 2006. Desde el primer día y hasta hace dos años, Olga formó parte de las tareas que se desarrollaron en esta sede. 

Destaca que “fue una etapa hermosísima de mi vida. Ingresé y estuve por el plan médicos comunitarios. Hay varios profesionales trabajando en el CIC en el marco de ese plan, yo era promotora de salud. Algo maravilloso”. 

En este contexto, se creó la Mesa de Gestión. “Es el nexo del vecino con la sala. Se trabaja mucho en la prevención. No puede haber salud sin una buena alimentación, agua potable, espacios aptos para vivir. Todo es parte de un bienestar integral”, observa. 

Con satisfacción, explica que “se hizo mucho con las trabajadoras sociales que están en el CIC, salir a recorrer el barrio, el trabajo de campo como se llama”. 

Tuvo una etapa especialmente complicada, hace poco menos de una década. Se cayó, sufrió una fractura, luego se vio afectada por un virus hospitalario y quedó en silla de ruedas. “Estuve así un año y medio. Me venían a buscar las enfermeras e iba al CIC, creo que fue parte de la sanación. Me costó mucho recuperarme, pero no paré”, subraya. 

Comparte una anécdota que refleja la grandeza que puede tener un gesto, aunque parezca simple. Señala que “no sé si me puse de pie un día o me pusieron, algo pasó y dejé la silla de ruedas. De trabajadora social en la sala estaba Eugenia Brandán, las primeras salidas me venía a buscar y yo andaba con bastón, muy lenta. Me decía ‘vamos, salimos’. Visitábamos a los vecinos más cercanos. La nombré a ella por este recuerdo, pero le estoy muy agradecida a todo el equipo”. 

 Se extraña 
En 2019, ante “un problemita con la presión”, su familia le pidió que interrumpiera sus actividades en el CIC. 

La realidad, como admite Olga, es que “nunca dejé del todo”. Los miércoles asiste a la reunión de un grupo de mujeres del barrio, con distanciamiento, barbijo y todos los cuidados debido a la pandemia. Manifiesta que “vamos al SUM que es muy grande, con las chicas del CPA. Antes estaba Verónica Urbieta, que se encuentra en el CIC de Olimpo, pero siempre tenemos contacto, también Manuela Elichiry. Ahora quedaron acá Marina Brunand y Belén García Rubio. Con ellas estamos haciendo un trabajo de carpintería, es la excusa para estar un rato, la pasamos muy bien”. 

Debido al Covid-19, las propuestas en el CIC están muy restringidas. Indica que “a través de la Mesa de Gestión se hacían los festejos de cumpleaños, encuentros recreativos, talleres de formación profesional, la celebración de las fechas patrias”. Concurría habitualmente a los actos la Banda Infanto-Juvenil San Cayetano, dirigida por el hermano de Olga, Luciano Bolonio. 

Entre otras iniciativas, habla de una pegatina que se llevó a cabo con la participación de quien era coordinadora del Museo Mulazzi, Marisa Martín, y de gigantografías que se pegaron en la cancha de Boca. 

 Como su nombre lo indica, el CIC es un lugar “de la comunidad, es bueno que los vecinos se identifiquen con este espacio. Se daba tejido, fue creado el ropero comunitario. Y están haciendo una biblioteca muy linda en el terreno de al lado, va a quedar para la comisión del barrio”. 

La casa de Olga está sobre calle Ayacucho, a metros de Brown, en diagonal al CIC. “Puedo cruzar cuando quiera, pero se extraña el día a día”, admite. 

Gratificante 
Aunque su tarea cotidiana se haya modificado, Olga está dispuesta a colaborar cuando hace falta. “Lo sigo haciendo”, afirma y cita como ejemplo que “en 2020, con Belén García Rubio juntamos unos cuantos chiches y se repartieron. A veces se consigue ropa”. 

Deja en claro que “no solamente se trata de dar. También buscamos que cada familia genere algo. Si les damos ropa, pedimos que cuando dejen de usarla, la entreguen para que otros puedan aprovecharla. Asumen la responsabilidad de cuidarla, en favor de otras personas que tal vez la necesiten”. 

Sonríe y hace referencia a una frase que suele pronunciar: “Siempre digo que cuando llamo a una amiga, no me responde ‘hola, que tal’, sino ‘¿qué necesitás?’”. 

Otra premisa, que plantea en la entrevista, es que “no pregunto quién trae la ayuda, de donde proviene. Es ayuda. Me gusta ir con personas o instituciones que dan a las viviendas, para que lo lleven directamente. A veces se puede y en otras ocasiones no. Al ir a la casa, conocen más o menos la situación, es lindo trabajar así en forma abierta”. 

En el marco de la asistencia a vecinos, cuenta que “trabajamos mucho con la doctora Mercedes Moreno, que estaba en el Ministerio de Desarrollo Social en ese momento. Es algo que perdura, todavía hoy estamos asistiendo a familias. Siguió la conexión con la doctora Moreno, aunque no está más en el Ministerio, con la agrupación Eva Perón y Kolina. Todos los meses se preparan bolsas y se distribuyen. Salimos a repartir, sé quién puede precisar”. Y agrega que “en diciembre se hicieron bolsas navideñas”. 

Se trata de “un trabajo silencioso, primero de todo lo tenés que sentir -considera-. No digo la palabra gustar, porque a nadie le gusta ir a un lugar donde hace falta algo, a todos nos puede pasar que necesitemos. Es tan gratificante por el vínculo que se genera con distintas personas y que ellos tienen con vos. No es ir y asistir, es un ida y vuelta”. 

El alma se siente plena debido a que “cuando a uno le pasa algo hay personas alrededor, gente que vos decís ‘bueno, no nos conocemos tanto, saben que estoy pasando por un momento difícil y acá están’. Te das cuenta que te rodea un montón de afecto”. 

Aclara, durante el diálogo con este diario, que “en realidad soy un nexo. Ayudo porque me dan para ayudar. Muchas veces cuando llevas una ropita o alguna cosa que te dicen ‘gracias’, les respondo ‘a mí no. Yo lo traigo pero a mí me lo dan para que lo traiga’”. 

 En los días en que distribuyen bolsones, aprecia “el entusiasmo de jóvenes de estar con la gente, ver qué hace falta. Es muy bueno, te permite decir que esto sigue. Eslabones que se van renovando, nuevas generaciones que toman la posta”. 


Obsequio. Los chicos le regalaron un árbol de madera. En cinco palabras, lo dice todo: Paz, amor, alegría, felicidad y fraternidad (Fotos: Marianela Hut)


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La familia 
Olga Bolonio está casada con Raúl Martín y formaron una familia integrada por cinco hijos.

“Verónica, que tiene su hijita de diez años Valentina; Marcos, su hija Lucía de 14 años; Florencia; Facundo, que tiene dos chiquitos, Sofía y Tobías; y el más chico es Emanuel”, señala. 

Como se puede observar, los nietos son cuatro, tres nenas y un varón. 

El respaldo de su esposo e hijos es clave. “Ellos se acostumbraron. Cuando estaba en el CIC, me veían poco. 

Acompañan, están, entienden lo que hago. Raúl mismo anda en su bicicleta y si hay que llevar algo lo hace, nunca dice que no”, expresa como agradecimiento. 

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Para no olvidar

En una pared externa de la casa de Olga, cerca de la entrada, hay un arbolito de madera que le regalaron el año pasado. “Vinieron los chicos a traerlo -recuerda-. Va a quedar donde está puesto, es una manera de tenerlos cerca”. Tiene cinco palabras: paz, amor, alegría, felicidad y fraternidad. 

Uno de los hechos que quedó en la memoria en el barrio es “el casamiento de Irma y Cacho, quien era un emblema. Cacho ya no está con nosotros. El dijo que le gustaría casarse por Iglesia, lo hicimos en la Capilla Rosa Mística y el festejo se realizó en el CIC, vinieron los hijos. Fue hermoso. Estuvo la banda que dirige mi hermano”. 

Olga menciona al padre Pedro Fournau, quien durante su labor en Tres Arroyos “tuvo mucha intervención en el barrio. El hizo el casamiento”.

 Son inolvidables los bautismos de chicos que iban al comedor y de otros pequeños del barrio. Olga tiene nada menos que “19 ahijados comunitarios”, sin contar a los que pertenecen a su familia. 

Una vecina activa en las iniciativas de la Iglesia es Mónica Larre. “Los sábados venían los chicos y jóvenes de la Iglesia. Trajeron a la Virgen de Luján y hemos hecho el Vía Crucis para unir Boca con el Barrio Municipal. En todas las actividades está ella”, afirma. 

Finalmente, se refiere con gratitud “a todos los que de una manera u otra me dieron la posibilidad de hacer algo. El Parquecito, Rotary Tres Arroyos, el CIC, los vecinos, con quienes hemos compartido tantas experiencias”.