Sociales

Tema de mujeres. Secretos de amigas

Katerina

07|03|21 21:41 hs.

 Por Raquel Poblet 

Vivíamos en un estado de dulce placidez, mi adorado Rigoberto y yo en nuestro solariego departamento palermitano. La calle estaba silenciosa. Habían prohibido la circulación de vehículos y los taladros y maquinarias de la construcción reposaban quien sabe en qué galpones u oscuros depósitos. El silencio era nuestro aliado y nuestro anhelo de toda la vida. Podíamos oír música y oírnos las voces, y, lo más hermoso de nuestros días: podíamos oír el ronroneo y los dulces cánticos de nuestra amada Katerina. Ella caminaba sobre nosotros. Recorría nuestros cuerpos con su peso sin peso y nos clavaba las uñitas brindándonos una acupuntura gozosa y doliente. Los manjares que nos traía el portero llegaban puntualmente y almorzábamos en el balcón terraza al amparo del sol. Por cierto, en esta pandemia el invierno ha sido benévolo, quizá piadoso. Es que por fin, y gracias a la labor de astutos dirigentes, el clima de hoy en día ha dejado de estar librado a la tiranía del azar y puede ser calibrado por mentes más sabias. 

Katerina se dejaba repantigar al sol; exhibía su pancita clara, casi nívea, como si su caótico pelaje anaranjado encontrara al fin la paz blanca mechada por sus múltiples tetitas en el centro de sus cuatro patas en reposo y al sur de su cuellito terso y latiente. 

En algunos de esos días de maravilloso sol, suspendíamos los manjares y Rigoberto salía a la calle a comprar unas tiras de asado y vacío para acunar en la parrilla. Katerina saltaba y maullaba de alegría. Le dábamos pedacitos y algunas miguitas de los crocantes grisines con que matizábamos el intenso sabor de las carnes. Sólo las carnes eran causa suficiente para salir de nuestra casa. Y sólo Rigoberto salía para esa misión. El me contaba con el menor detalle posible acerca de los brotes de población menesterosa que comenzaba a verse allá afuera. Hombres y mujeres, niños y ancianos harapientos, muchos sin barbijos que pretendían venderte toda clase de enseres sin valor. “No salgas, -me dijo un día muy serio- la sola visión de esos horrendos pedigüeños laceraría nuestra serena felicidad” 

Le hice caso, pero empezaron a suscitarse una serie de coincidencias extrañas. Y las coincidencias perturban la serenidad. 

Una noche estábamos en el lecho queriendo ver una larga serie romántica que nos tenía aferrados al aparato de televisión. Katerina vino, como siempre, a insertarse entre nuestros cuerpos para darnos su calor. La serie no salía. No se veía. Rigoberto llamó a la compañía y una vocecilla amable le dio indicaciones. Rigoberto paciente, conducía una flechita hacia diversos cuadraditos sin obtener resultados. Tuvimos los dos un momento de intensa ira y amenazamos a la abominable compañía con nuestra inminente retirada. La vocecilla amable insistió sin alterarse, pero nada pudo hacer. Ofrecí a mi esposo reemplazar nuestras sesiones de televisión por lecturas en voz alta de algunos pasajes de Lord Byron. Leí “Oscuridad” y Rigoberto se durmió con su ronquido acompasado. La dulce Katerina también reposaba boca abajo repantigada sobre su pecho. Yo, por supuesto, me levanté. Fui al living. La literatura hizo de mí un ser insomne y vacilante. Si no miraba tele o leía, solía caminar por el living con el teléfono en la mano para volver a dormir recién cuando la madrugada ofrecía los primeros cantos de los pájaros. Pero aquella vez fui a la cocina. Vi una correspondencia que se había deslizado por debajo de la puerta. Eran unas cuentas siderales de luz, gas. Había otra que correspondía a los teléfonos. Y otra a los servicios de Internet. En el momento en el que las alcé mi celular empezó a vibrar de forma extraña. Lo abrí. En el correo electrónico la abominable compañía me ofrecía ver una serie que a mí podía agradarme. Era una versión inglesa de “Las peregrinaciones de Childe Harold” de Lord Byron. ¿Quién pudo haberlo sabido? Sin querer deslicé el dedo por la pantallita y vi un mensaje mío dirigido a unas amigas en el que aconsejaba desamarrarnos, desliarnos del cable y entregarnos a las lecturas a la luz de las velas o de alguna linterna solar. También aconsejaba sacar nuestro dinero de los bancos y usar sólo efectivo. Todo sería más difícil, pero sin el peso de las cadenas tendríamos más y mejor voluntad. Terminé de leer mi propio mensaje y en ese exacto segundo se apagó la luz. Se silenció la heladera. Desapareció una vibración que siempre estaba y que era casi imperceptible. Fui a la cama. Estaba amaneciendo. Vi a mi Rigoberto y a Katerina todavía dormidos. Ella se despertó con esa facilidad que tienen los felinos y se recostó arriba mío. Me ayudó a dormir. 

Me desperté cerca del mediodía con el aroma a asado. Rigoberto con los ojos muy abiertos, feliz y asombrado, me contó los avatares de esa mañana: 

-No sabés, mi amor. Se cortó la luz, pero igual bajé y subí los nueve pisos. Traje estos chorizos y estas tiritas. Dale, hacete una ensalada de rúcula. No sabés, mi amor, cuando volví, Katerina estaba despanzurrando un pajarito acá en el balcón. Y había otro muerto. Ya limpié y saqué todo. ¿No nos oíste? En la vereda había un loro muerto. Está todo muy feo. No salgas. 

Pero tocaron el portero eléctrico y atendí. 
 -Voy a bajar. 
- No, no, mi amor, no salgas. 
-Sí, voy a salir. Una señora me pide cosas. Ropa de abrigo. Voy a agarrar una manta vieja y unas plataformas que no uso y se las voy a dar. Debe ser andrajosa. La voy a examinar. A lo mejor tiene que ver con los animales muertos y con el corte de luz. 

En el ascensor razoné y dejé volar mis pensamientos. Pensé que establecer coincidencias no empalidecía la atrocidad. ¿Atrocidad? Sólo vi a Katerina haciendo cosas de felino. ¿Y los pájaros caídos del cielo? Son cosas comunes. ¿La serie que me ofrecían? Eso me hizo temblar. El aparato de televisión me hizo temblar. Pero lo olvidé ni bien vi a la mujer andrajosa. Me agradeció demasiado y me colmó de bendiciones. Puso todo en un changuito de supermercado y se fue con dos chiquitos. 

Después del asado nos entregamos a la siesta y a la noche. Comimos unos mejillones y bebimos unas copitas de champagne. Leí “Camina bella” de Byron y los dos se durmieron. Yo también me dormí. A la mañana siguiente, huy, comprobamos que no había luz. Presurosos nos pusimos a juntar agua. Rigoberto hizo el desayuno y yo me puse a buscar a Katerina. A veces se esconde. Miré por debajo de los sillones, de las mesas, me metí adentro del lujoso vestidor de Rigoberto. No estaba. 

-No te preocupes. Ella viene sola. Vení, que está el mate. 



Me tomé uno, me comí unas galletitas y unas frutas. Katerina no aparecía. El diario en papel me esperaba. Decidí buscarla. La extrañaba. Abrí una latita de atún. Rigoberto se puso a agitar un vaso con comida balanceada adentro. Él fue para el balcón. Yo, cosa que hago muy poco, fui al bañito de servicio. Había una montaña blanca de papel. Eran montones de pedacitos de sobres y de hojas con números. Eran las cuentas, las malditas cuentas de todo este mundo artificioso y opresivo. Era una colina nevada. Aparté los pedazos de papel y la vi. Vi el horror. Vi el cuerpecito de Katerina boca arriba, su pancita blanca, las patas hacia los costados estiradas como Tupac Amaru. Era nuestra Katerina muerta y crucificada en el piso. Los gritos de Rigoberto y míos. Los gritos de la vecina de abajo y de al lado. El portero también gritó. Bajamos a la calle. Nunca supe, nunca supimos. Salimos despedidos corriendo como liebres. Cruzamos la avenida, tropezamos y caímos. Nadie se atrevió a tocarnos. Hoy dormimos al lado del parapeto del parque. Quizá mañana nos albergue algún otro zaguán. La suciedad de la calle se nos pega a la piel y una capa de ropa nos hincha. El sol tornó nuestra tez hacia un color violeta. Caminamos, comemos sobras. Una señora amable me proveyó de esta birome y estos papeles. Rigoberto siempre encuentra las mejores mantas. El invierno se está poniendo más fresco. El sol nunca se va.