“La casa embrujada”.

Sociales

“La casa embrujada” de San Martín al 3000

Las casas mueren de pie

11|04|21 10:02 hs.

Por Valentina Pereyra 

Fotos: Marianela Hut 

Una ruta, un camino entoscado. Un puente. Un arco de madera. Una entrada de pinos. El callejón. Una tranquera, no la de dos hojas, la que los hermanos Argentieri abrían por turno, esa no, otra. Un candado que frena el ingreso de curiosos. “La Estancia de Pinnel” esconde el secreto. Una imagen aérea destaca la hilera de pinos, trescientos metros de pinos que se yerguen como guardianes de lo que fue. Otro arco, imponente, de material, neocolonial, insignia de una época de esplendor. 

Saltás la tranquera, ignorás -con permiso- el candado y caminas. El mediodía no perdona y los yuyos altos intentan amedrentarte. Un metro, dos, cien, doscientos, el descampado. Hacia la derecha otra construcción. Dos en realidad. Un gallinero hecho con buenos materiales y al lado, un chiquero, los bebederos, las divisiones de ladrillos. Paredes derrumbadas, rejas oxidadas, allí hubo animales. 

“Mis padres criaban todo lo que comíamos, los cerdos, las ovejas, carneros, las gallinas, no íbamos casi nunca al pueblo a comprar nada, el criadero estaba alejado de la casa y se encargaba mi papá”. María Eva Argentieri conoce muy bien el tema, fue parte de su historia. 

Los árboles avanzan detrás del arco gigante, una construcción inspirada en la arquitectura impuesta en el país por Martín Noel, la primera de un proyecto integral. El arco te recibe.

Los árboles tragaron a las dos casas. 

“Las palmeras estaban alejadas del jardín, igual que los laureles y los ligustros, mi mamá cuidaba el lugar. En la quinta sembraba gladiolos y en los canteros puso dalias, rosas, duraznos de jardín. Perfumaban con sus flores rosas. Ni se nos ocurría jugar ahí, ella no quería que nadie pisara esa obra cuidadosa y artística de colores verdes, rojos, amarillos, ocres que según la estación formaban parte del paisaje”. 


El antes y el después. En su esplendor, allá a principios de los ’70 y hoy



Las palmeras, los laureles, las rosas enajenadas, furiosas, pinchudas, sus espinas amenazantes, las ramas filosas, cortantes, complotaron sus fuerzas y su rabia, unieron los troncos, cerraron todos los caminos. 

Por el callejón corren los sonidos del pasado. El salto de María Eva -Mary para la familia- desde la camioneta para abrir las dos hojas de la tranquera de ingreso y, a la vuelta, el de su hermano mayor con turno para cerrarla. Las voces de las primas y las tías de Mar del Plata que venían en colectivo a pasar unos días, en verano, la temporada, o por el domingo nomás. Los gritos de los chicos del vecindario que se armaron una canchita de fútbol a la entrada, atrás de la primera hilera de pinos, a la derecha del arco de madera del ingreso. Las risas de los parientes que llegaban los domingos a comer el asadito debajo de los árboles, al fresco. Los juegos de vacaciones, los chapuzones en el tanque australiano, las frutas maduras que se dejaban comer sin resistencia, varias especies, todas alrededor del tanque. 

Por el callejón corren los sonidos del pasado. Jóvenes audaces, los más grandes bautizaron de miedo a los más chicos, la leyenda imparable, conocida, sin razón, con razón. Autos en la madrugada. Corajudos que saltaron la tranquera, oscuridad. Los pinos en guardia sacudieron las ramas para ahuyentar. No lo consiguieron. Avanzaron. Los de quinto año, los de sexto, los que filmaron un video, los que metieron susto, los asustados. 

Por el callejón corren los sonidos del pasado. Llegan hasta “La casa embrujada”. Circula la voz, los estudiantes hablan de las cosas raras que pasan ahí. El ejército de árboles defiende. 

La pregunta sobre la existencia de fantasmas en la casona del campo sorprende a Mary, no está ajena a las habladurías, ella nunca vio nada. “Me dijeron que después que nos fuimos, parecía que se veía a una virgen, la imagen de una virgen, eso me dijeron, pero nunca vimos nada. Alguien dice que vio eso, salió en algún lado la información”. Su sobrina, una de las hijas de Carlos, quiso saber más, le pidió a Mary que la acompañe; al final, no fueron. “Desde que falleció papá ni siquiera pasé por la calle, mi hermano quiso ir, pero no entró porque había una cadena con candado cerrando la tranquera”. 

Mary prefiere los buenos recuerdos aunque le entra la duda acerca de lo que se comenta. “No sé de dónde salió eso, nunca vi nada en todos los años que viví ahí”. Al final del callejón, se levanta el centinela. La fiambrera que se integra a la casa principal y a la secundaria; se integra al arco de ingreso, éste al que fuera el parque. La fiambrera, soberana en el descampado, en desuso desde hace años, seguro desde que apareció la heladera. Ventanas que vistieron tejidos, tejidos que protegieron de bichos, bichos que no entraron a hacerse un festín con la carneada. Paredes rajadas, ventanas sin tejidos, bichos, muchos, sin carne, sin embutidos, sólo yuyos, grietas, olvido. 

El molino, la fiambrera y, al lado, a la derecha, el tanque australiano. Las ramas de un crataebus se escapan del centro, de la boca, te saludan al paso, distraídas, si te arrimás, no hay agua, hay tierra, barro, pasto, cardos. Nadie se baña, mirás, pero no ves. 

Vicente Argentieri y Olga Beguiristain -padres de Mary- moraron junto a sus cuatro hijos, Carlos, María Eva, Daniel y Néstor -que nació cuando la familia ya vivía en “Villa Armando”-, en la casa construida en 1927. Carlos Hirtz administraba el campo que arrendaron en 1962. La segunda hija del matrimonio Argentieri tenía diez años la primera vez que cruzó el callejón. 

Por casi veinte años fueron y vinieron por esa entrada triunfal, los cuatro hermanos, sus padres, los vecinos, cada tardecita dominguera para jugar a la lotería hasta las dos o tres de la mañana. El callejón siempre estaba impecable, cuando crecía el pasto, largaban a los animales que hacían su trabajo. Comían, cortaban. “Un año, los chicos de la Escuela N°26 -a la que asistieron los dos hermanos menores de los Argentieri- pasaron su Día de la Primavera en la villa, un gran picnic en el mejor lugar de la zona”. 

Los árboles se tragaron las dos casas. 

Atravesás la entrada, la del arco de material, el que tiene las molduras amarillas, te internás entre los yuyos, corrés varias ramas de siemprevivas, te agachás y entrás. Una galería sórdida, placentera, cálida, lúgubre, antecede al caserón. Las hojas amarillas cubren el suelo, apenas entra una persona parada, el aire se respira fresco. Unos diez, quince, veinte, cincuenta metros hasta llegar a dos ramas de palmeras, entrelazadas. Invitan a la retirada.


El tiempo y las plantaciones le ganaron espacio al lugar, generando una amalgama



Las espinas de viejos rosales se ponen en guardia, un crataegus avanza encandilado. Atrás, el paraíso perdido. Cuatro escalones de mármol abren paso a la puerta de hierro escoltada por dos ventanas, una a cada lado. “La casa principal era espectacular y, en la otra casa, no sé si antes viviría alguien, mientras estuvimos no la habitó nadie”. 

Las plumas de palomas, en montículos, se acomodan por la superficie del hall de entrada. Ni vuelan, apelmazadas, apenas las mueve la brisa que entra por los agujeros, antes vitreaux coloridos y relucientes. “El galpón estaba justo en el medio de la casa, de un lado, la habitación y el baño, el hall al centro, el comedor y en el ala derecha desde la puerta de entrada, la cocina y el sótano, muy hermoso. Cruzando el galpón dos habitaciones más y un jardín de invierno”. 

¿Estará la cocina a leña? pregunta Mary. La respuesta se la dan las imágenes. Lo que ve la conmueve. ¿Cómo no está la cocina, tampoco el mueble de madera, el grande? vuelve a preguntar. Las imágenes le dan la respuesta. “Las mesadas tenían puertas chicas, y la cocina a leña estaba empotrada entre ellas, mi mamá lustraba las manijas de bronce todos los días. En el mueble que cubría la pared mi papá guardaba las revistas y la radio en la que escuchaba, en un rinconcito, cerca del sótano, los partidos”.

No hay mueble, ni cocina, quedan pocos azulejos blancos, la pintura celeste verdosa de las paredes está atravesada por algún grafiti apurado, esos que hacés para dejar huella una de esas noches fantasmagóricas. “El baño todo blanco, los pisos hermosos y relucientes, la cocina con persianas grandes, de fierro, se cerraban con una tranca, a mano y se abrían empujándolas”. 

Los sábados por la noche la avenida San Martín al 3000 cobra notoriedad. Autos conducidos por jóvenes curiosos estacionan cerca del arco de madera, se atreven a dar el salto y encaran para comprobar si aquello de los fantasmas, la virgencita aparecida o los ruidos y silbidos nocturnos es cierto. Los pinos los condenan. Pocos valientes avanzan, las siemprevivas esconden el galpón y protegen la casa principal. 

“Había una sola habitación, en el comedor grande mi mamá hizo la habitación para los varones, todos los techos eran yeso”. Paredes descascaradas, caños al descubierto, plantas invasoras. “La puertita que pasaba para el galpón no se abría salvo que fuera necesario, para bajar, tres escalones de mármol. Mi papá lo usaba para guardar las bolsas, las estibas de bolsas de cereal, otra puerta, tres escalones más y llegabas a la otra parte de la casa, no se usaba, yo iba a ahí a jugar a la maestra”. 

Pocos metros hacia la derecha de la casa principal, otro edificio. Un alero sin tejas. Una entrada sin puerta. Un garaje con fosa en la que Argentieri, padre, arreglaba su camioneta, los tractores, otras máquinas. En otra habitación de la casa secundaria, un motor, un generador; dos habitaciones, un baño y cocina, chicas. 

Una casona atrapada sin salida. 

En la casa secundaria, una fosa. En la casa principal, un sótano. “Mi padre, guardaba sus chacinados, lo que carneaba, los de elaboración propia”. 

Antes de la llegada de los Argentieri la vida circuló por la chanchería que tenía López Cabañas y por la producción de su peón, Candelario. El trabajo circuló a través de Cellerino, Anaya, el paisano Pereyra y al final, los Del Agua que vieron con vida a “Villa Armando” por última vez.

Mi Jardín 
“La entrada era hermosa, mi mamá, en la parte de adelante, sembró y cuidó el cerco de corona de novia, alrededor tenía un jardín precioso”. Los duraznos de adorno, las dalias, los rosales, gladiolos, las corona de novia, murieron. Los laureles, las palmeras, las espinas perduraron. 

“Entrábamos y salíamos por la cocina, por el jardín casi nunca, si mi mamá nos veía salir por ahí ¡se armaba! La casa estaba cercada por plantas que mis padres mantenían bien podadas”. 

Vivir sin embrujos 
Carlos, el mayor de los hermanos y Mary fueron a la Escuela Nº14, aún después de mudarse a San Martín al 3000. Luego, Mary, fue a la Escuela N °3 hasta que terminó la primaria. Daniel y Néstor estudiaron en la escuela del barrio, en la N°26. 

Ellos y sus vecinos iban a campo traviesa a la casa de la señora Aguinaga, maestra que también dio clases particulares en el campo de Istilart. Aprendían en su casa y cada quince días los llevaban a la escuela del pueblo para rendir exámenes. 

El sol pega más fuerte, casi 27 grados, lo sentís en la espalda, en las hojas, las paredes siguen frías. Mirás y ves detrás del alambrado que da al fondo de las casas el potrero que en el ‘78 fue campo de doma, allí donde Ismael Santa María, oriundo de Cacharí tuvo un duelo con “El Zorro”.

“Mis hermanos ayudaban a mi papá, después trabajaron afuera, pero ayudaban en la cosecha y siempre venía algún otro peón. Nosotras ayudábamos con la comida, llevábamos el mate cocido”. 

Una foto 
Mary y Juan Carlos Mariani, su esposo, posan el día de su compromiso. Atrás el arco imponente pintado de blanco y ribetes amarillos. Atrás del arco, la casa principal asoma brillante. 

La nada posa frente a un arco deslucido, restos de pintura y dignidad. Atrás sólo asoman árboles.


Mary Argentieri y su esposo Juan Carlos Mariani el día de su compromiso, en “La Estancia de los Pinnel” y hoy. La pareja no retornó al lugar luego de su casamiento



“Me casé en el ‘72 y me fui a vivir a Barrow. Extrañé un montón, mi hermano nos pasaba a buscar todos los viernes y pasábamos los fines de semana en el campo”. Mary no volvió a la estancia de los Pinnel, hace más de 40 años que no va. “Mi papá falleció en el ‘77 y después, mi mamá estuvo cerca de dos años más en el campo, sola no pudo, no se animaba a quedarse en ese caserón, mis hermanos ya no estaban y ella no quería seguir haciendo ese trabajo sola”. 

El galpón siempre fue galpón, hasta que un día fue salón de baile. “Era raro un domingo que no hubiera gente en casa. En el galpón festejaron mi cumpleaños de quince con un asado al mediodía y a la tarde fueron mis primas, las vecinas y nos juntábamos todos”. 

Dos portones gigantescos, uno en cada extremo de ese edificio sobreviven. Parte del techo muestra el cielo, el moho le ganó al suelo, las escaleras de mármol y las guardas pintadas en las paredes, sobreviven. Las paredes y las puertas interiores, murieron.

“Cuando se cosechaba se tiraban las bolsas y se juntaban en un rastrín y mientras iba andando, nos largábamos al suelo, a la tierra, y llegábamos todos mugrientos a la casa. Ayudábamos a llevar el mate cocido cuando andábamos cosechando, era otra vida, otra cosa. No volví nunca más desde que mi mamá se fue y mi papá murió hace cerca de 46 años”. 

El callejón la vio salir, por última vez.   


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