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Entrevista a Guillermo González

“En Copetonas siempre fui tocado por la varita mágica”

17|04|21 21:27 hs.

El apellido González forma parte de la historia del fútbol en Copetonas. Dentro de la participación que su familia tuvo en un pueblo muy futbolero, Guillermo González tiene un lugar muy importante. 


Nació en la localidad, donde tuvo una infancia simple. “Era colegio y pelota hasta que se hiciera de noche. Todos amigos, nos conocíamos, uno o dos lugares para jugar. Antes y después de entrenar en el club jugabas, hasta que el chico de la pelota se iba”, describe. Y agrega que “tus viejos se quedaban tranquilos porque sabían que estabas en la casa de un amigo o en el potrero, se hacía de noche y volvías. Más de eso no pasaba”. 

Cursó los estudios primarios en la Escuela 25 y comenzó el nivel secundario en el Instituto Almafuerte. En el club no había escuelita de fútbol. “Era directamente jugar en el potrero o en inferiores. Salimos varias veces campeones, se formó una camada con muchos chicos de las clases 1974 y 1975, año en que yo nací. Logramos títulos entre 1988 y 1990, la última parte en Sexta división no intervine tanto, porque debuté en Segunda a los 14”, recuerda. 

Cuando jugó por primera vez en Segunda, su padre Manuel González era el técnico. “Siempre fui delantero -señala-. Tuve la suerte de que me dirigía mi viejo, también me dirigió mi tío, jugué con mi hermano, mi primo, ascendí con Copetonas en 1999, fue inolvidable”. 

Es hijo de Stella Maris Sallago. Cuando él tenía once años, sus padres se separaron. Cuenta que “me quedé con mi vieja. Tengo un hermano cinco años menor que yo, Darío; y otro más chico, Enzo Sallago, que tiene 24, actualmente está jugando”. Con ambos pudo ser compañero de equipo en el fútbol. 

Subraya que “de mi vieja nada que decir. Nos crió, somos lo que somos por ella; y con mi viejo tengo el mejor vínculo también, las cosas de la vida hicieron que tomaran caminos separados. La relación está, cada uno desde su lugar cumplió su rol”. 


Una imagen del año 2017, cuando Copetonas volvió a competir en la Liga de Tres Arroyos. Guillermo González y sus dos hijos en la cancha


 Experiencias 
Era un adolescente cuando vino a jugar a Huracán. Se encontraba como técnico Mario Oviedo y comenta que “íbamos en bicicleta con Guillermo Sauce, vivía cerca de mi casa. Estaban los hermanos Domínguez, Hugo Carrizo, entre muchos otros”. 

No obstante, terminó luego sumándose a El Nacional, donde “estuve alrededor de cuatro meses. En la defensa, había jugadores del club: Arámbulo, Coronel, Gutiérrez, Suhit; de la mitad hacia arriba todos venían de afuera. Eso sucedió en 1993”. 

Copetonas fue la entidad donde siempre regresó, su casa, como sucedió en 1994 y luego en 1997. En esos tiempos, se incorporó a Boca en 1995 y a Recreativo Echegoyen en 1996, club en el que tendría una nueva participación seis años más tarde. 

 El ascenso 
Con Omar Pastorino en la dirección técnica, se inició un proyecto ambicioso en Copetonas, que “estaba pensando para 1997, 1998 y 1999. Teníamos todo, pesas en el gimnasio, lo que no se había visto nunca; si había cuatro jugadores en Tres Arroyos, le ponían un profesor. Muy lindo, pero costoso, difícil de sostener. Más para una localidad donde el apoyo era a base de entradas y algo de afuera que se pudiera conseguir”, comenta Guillermo. 

Esta forma de trabajo “no se pudo mantener en el tiempo por una cuestión económica. En 1999 llegó mi tío Jorge, ya tenía una buena base. Chicos que habían salido campeones en inferiores y eran jugadores hechos”. 

Fue el año del ascenso. Compartía la delantera con Alfredo Arana y también menciona, a modo de ejemplo, que se encontraban en ese plantel “Emanuel Monforte, que después se fue a Villa Mitre; García, Regalado, Presa; el arquero era Giagnorio. Un buen equipo, quizás entrenábamos todos los días y con pesas como con Pastorino, habíamos vuelto cada uno por su cuenta”. 

Hasta entonces, Copetonas tenía un título en Primera en 1954. La definición fue con Boca, en tres partidos. Se registraron dos hechos inéditos: el club de la localidad ascendió y Boca descendió, lo que nunca había ocurrido. 

Al año siguiente, Guillermo González jugó en Primera con Copetonas y en 2001 lo convocaron desde Independiente de Jacinto Arauz, provincia de La Pampa. “Un equipo de un molino harinero, jugaba un torneo Argentino. Me trataron muy bien, conocí muchos lugares como Quemú Quemú, Santa Rosa”, valora. 

 En Bellocq 
Con Recreativo Echegoyen, tiene una relación especial. Se sintió muy a gusto desde que llegó en 2002 hasta fines de 2005. “Me brindaron mucho, se portaron muy bien conmigo”, expresa a modo de agradecimiento. Y elogia la capacidad como director técnico de Leonardo Viana Beledo, “alguien distinto”.

 En San Francisco de Bellocq conoció a Paula Rodríguez, fueron novios y se casaron en 2005. 

En esta etapa, se produjo un hito deportivo. Echegoyen consiguió en 2002 el anhelado ascenso. “Varios años habían estado cerca de ascender. Los dirigentes decidieron invertir fuerte y llevaron a los mejores de Quilmes, Cacarito, Pablo y Pili Julián; a Godoy de Huracán; y a otros muy buenos jugadores. Un plantel de primer nivel”, sostiene. 

Guillermo Gonzalez residía en Copetonas y a principios de 2003 se mudó a Tres Arroyos, al igual que su novia Paula. 

En 2006 aceptó la propuesta que le realizó Colegiales, entre otras razones porque ya llevaba cuatro años viajando. Indica que “estaban Tapón Morán, Quintela y fue el primer período de Darío Flores en la Liga de Tres Arroyos. Me acuerdo clarito, un fenómeno con la pelota y una persona bárbara”. 

Había formado una familia y solamente con los ingresos del fútbol no alcanzaba. Su señora estaba estudiando Enfermería. “Conseguí trabajo en una semillera, estaba todo el día con las bolsas. Al mediodía iba a entrenar, salía y volvía a laburar. Me agarró pubalgia baja y alta, en dos zonas, fui al kinesiólogo Perona. La pubalgia alta me la sacó con ejercicios, la otra era pichicata y jugar. La pasé mal. Tenía 31 años”. 

Entre noviembre de 2006 y marzo de 2007, hizo una pausa y se empezó a sentir mejor. “Vinieron de Cascallares. Empecé a jugar, pero al entrenar más seguido, otra vez apareció la pubalgia. Dije ‘termino este año y ya está’”. 

Su señora quedó embarazada y en tales circunstancias, sintió que “no podía retirarme sin una foto con mi hijo en la cancha”. Fue a Copetonas, donde podía “entrenar despacio en Tres Arroyos. Iba a jugar los domingos, no cobraba, era otra la obligación –argumenta-. En septiembre nació mi hijo, me saqué la foto, él fue la mascota del equipo, tenía días”. En 2017, llegaría el momento de tomarse otra foto en la cancha, la familia se amplió con la llegada de una hija. 

También fue director técnico en 2009, el último año antes de que el club interrumpiera su intervención en la Liga. No hubo fútbol en el pueblo entre 2010 y 2016, los pibes con condiciones para jugar en el equipo mayor “estaban desparramados en Cascallares, Oriente, Echegoyen, Claromecó”. Volver a la competencia no fue fácil, dedicaron un año exclusivamente a “levantar las instalaciones. Con años sin mantenimiento, se te viene todo abajo”. 

La entidad presenta actualmente otra realidad, “la cancha está muy bien. Se formó un grupo de gente joven, en base a sacrificio porque salen de trabajar y van al club, sábado y domingo”. 

 Para no olvidar 
En 2017, en Copetonas fue un acontecimiento la vuelta a la Liga local. Relata que “el pueblo estaba revolucionado. Resultó descomunal el primer partido, nunca había visto tanta gente”. 

 Su tío Jorge era nuevamente el técnico. “Estaban jugando la Copa Aiello, fui un par de veces y me invitó, me dijo que hacían falta dos o tres más grandes para acompañar a los chicos. Me picó el bichito, lo sentí como un desafío. No sabía cómo iba a salir todo, pero más allá de lo deportivo, lo hice para apuntalar a los jugadores más jóvenes, acompañar al club”, explica. 

En el aspecto futbolístico, tuvo un buen año y fue goleador del torneo. Expresa que “a nivel personal fue inolvidable por todo lo que viví, el afecto que me mostró la gente. No sé si por la abstinencia de fútbol que había en el pueblo, la cancha se llenaba siempre”. 

En este sentido, dice que “dejaban los autos el domingo en la mañana, se iban a comer y después venían con la reposera caminando. Gente afuera nunca quedó, pero autos sí”. 

El destino llevó a que el primera partido fuera con Cascallares, el clásico rival. Guillermo González rememora que “arrancamos perdiendo 1 a 0, hice el gol del 1 a 1. Con Copetonas siempre fui tocado por la varita mágica, cuando ascendimos hice dos goles. Salvo el descenso que fue algo duro, pero todo sirve de aprendizaje”. 

Con satisfacción, se define como “un privilegiado por el fútbol, principalmente cuando me tocó jugar en Copetonas”. 

Recibió muchas muestras de cariño: “Ya en 2017 estaban las redes sociales a flor de piel, era una locura, chicos sacándose una foto conmigo. Todo muy lindo y me lo llevo. Del fútbol, es una de las cosas más gratificantes que me ha tocado vivir”. 

Tenía 42 años, más del doble que muchos de sus compañeros. “Me ayudó que mi forma de jugar es más cerebral que física. Con los años, aprendes a correr menos y mejor. Los pibes tal vez corrían el triple y tocaban menos pelotas que yo. En un fútbol como el de hoy también sobresalía por ubicación, predomina en este tiempo la parte física y no tanto la técnica”, manifiesta. 

 En el campeonato siguiente, tuvo ofrecimientos de clubes de Primera. “Me hizo sentir muy bien que se fijen en mí. Pero debía entrenar todos los días, seguramente la pubalgia iba a volver. Conocés tu cuerpo hasta donde da”, reflexiona. 

 En familia 
Su esposa Paula se recibió de enfermera y trabaja en CELTA. Sus hijos Jeremías y Delfina, tienen doce y nueve años.


La felicidad de un padre. Con Jeremías y Delfina



Desde diciembre de 2006, Guillermo González trabaja en el área de Tránsito del municipio. 

Tuvo la alegría inmensa de haber contribuido en tardes de celebración en el lugar donde dio los primeros pasos. Partidos que quedan en la memoria. También supo decir presente cuando surgieron adversidades. En definitiva, allí está su origen, las raíces y tantos amigos. Nada menos.  

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Veteranos 
Guillermo González comenzó a jugar en el torneo de Veteranos en el año 2011. Integra el equipo de Los Carlitos. “Llevamos ganados siete campeonatos. Están Saldías, Cacarito Vázquez, Barbosa, Bellocchi, Cisneros, Gusti González, entre otros”, afirma. 

Han cambiado pocos jugadores y se generó un grupo muy unido. Recuerda que “en forma previa a la pandemia, hacíamos cenas familiares a fin de año. Nos llevamos muy bien”. 


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Un gol “de rabona”

No tiene dudas. Cuando hace referencia a su mejor gol, Guillermo González habla del que convirtió “de rabona” ante San Martín de Chaves en 1988. 

“Fui pasando rivales, fue muy lindo. Nunca me imaginé que iba a hacer un gol de rabona. El arquero de San Martín era el Gallego Fernández”, sostiene. 

Comparte una anécdota sobre un diálogo previo que tuvo con su compañero Presa: “Antes del partido me dijo ‘si hacés un gol sacate el botín y hago como que te tomo una foto’. Así fue, hice el gol, me saqué el botín y no les cayó bien en San Martín, se armó un pequeño desbande”. Aclara que “si hacía el gol con la espalda, también lo iba a festejar de la misma manera”.

 Quedó registrado para el programa Línea de Juego y “la producción lo envió a TN, un programa deportivo tenía un espacio en el que elegían los siete mejores goles”.  


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Newell’s y el tren que pasó

A su padre, Manuel González, le surgió una oportunidad cuando Alberto J. Armando y otros dirigentes de Boca estuvieron en la Sociedad Española de Copetonas. Lo convocaron para jugar en el Xeneize. Pero era chico y no tuvo el permiso familiar, en ese momento, para ir al predio de La Candela. 


Jorge Griffa


 También Guillermo González tuvo una chance valiosa en Newell’s. Jorge Griffa encabezó una delegación del equipo rosarino que fue a Mar del Plata, a probar jugadores. Superó esa instancia y también las siguientes. Hasta que lo llamaron para radicarse en Rosario; “el club se hacía cargo de la media pensión”, menciona. 

Sus padres ya se había separado, él vivía con su madre. Explica que “cuidaba a mi hermano más chico, porque mi vieja laburaba. No quería tampoco dejarla sola. El tren pasó”. 

No guarda reproche alguno por esta situación, cuando estuvo muy cerca de un club de la máxima categoría del fútbol argentino.