Opinión

Editorial

Corto

09|05|21 09:15 hs.

“Nuestro país no tiene al racismo como un componente relevante de su idiosincrasia”

El movimiento Black Lives Matter (Las vidas Negras Importan) surgió en el año 2013, luego de que el adolescente Trayvon Martin, de tan solo diecisiete años, fuese asesinado en Miami Gardens (Florida), como consecuencia de un altercado con un policía, quien zanjó el asunto disparándole con su arma. La reacción viral y mediática fue veloz. A partir de ese caso, el registro de incidentes similares a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos y su posterior exposición pública, creció geométricamente. 

Pero fue con la muerte de George Floyd, el 25 de mayo del año pasado, en un barrio de la ciudad de Minneapolis (estado de Minnesota), a manos de cuatro agentes policiales, especialmente de uno de ellos, quién asfixió a Floyd, solo por creerlo sospechoso de pagar una compra con un supuesto billete falso de veinte dólares, lo que repotenció el movimiento. Las imágenes del episodio, dan cuenta de la crueldad, el racismo y el abuso de poder, imponiéndose de manera deliberada e impune, sobre la inocencia de un ser humano desprotegido. 

El recientemente galardonado con el Oscar al mejor cortometraje de acción, Two Distant Strangers (Dos completos desconocidos), que se puede ver en la plataforma Netflix, aborda la temática de la discriminación y el racismo, a los cuales es sometida la comunidad afroamericana del país del norte. Como detalle curioso, entre sus productores se encuentra Kevin Durant, estrella de la NBA y de los Nets de Brooklyn. 

 Con una mecánica argumental similar a la exitosa película Hechizo del Tiempo (Groundhog Day, El día de la Marmota, en su traducción literal, del año 1993) que tenía como protagonistas a los talentosos Bill Murray y Andie Macdowell, el corto presenta a un personaje atrapado en un bucle temporal que le hace vivir todos los días la misma circunstancia que el anterior. En este film, que no pertenece al género de la comedia como el nombrado más arriba, y de tan solo treinta y dos minutos de duración, su actor principal, se enfrenta una y otra vez, con un policía blanco cuando baja del departamento de su novia y sale a una calle neoyorkina por la mañana. Y su encuentro, aunque intente modificarlo, con insistencia y angustia cada vez que despierta, culmina siempre de modo idéntico. Pero, al parecer, el ciclo repetitivo no se cierra de forma definitiva y sugiere, o al menos el espectador lo quiere creer, una conclusión diferente. 

Trazar un paralelismo con la realidad argentina sería inexacto, dado que nuestro país no tiene al racismo como un componente relevante de su idiosincrasia, producto, entre otras cosas, de nuestra historia construida y forjada por inmigrantes y su descendencia. Pero no somos ajenos a actitudes discriminatorias, o en menor grado pero igual de condenables, peyorativas, con nuestros vecinos y con minorías con alguna característica en particular. 

 También existe una forma de discriminación peligrosa, palpable y visible hacia aquellos y aquellas que sufren la pobreza y la exclusión. Se observa en los medios, una asociación entre el hambre, la violencia y el delito, como si constituyesen la secuencia natural de la denominada inseguridad. Arquetipos de seres humanos, vulnerables dada su insuficiencia económica que les impide lo mínimo indispensable para sustentarse y trazar su camino, dado que sus libertades están atrofiadas e imposibilitadas por sus carencias, llenan los canales de noticias cuando estos abordan las cuestiones vinculadas con el delito. Imágenes, deliberadamente o por ignorancia, que construyen un imaginario para explicar el origen y las razones de la criminalidad en los tiempos que corren. Filmaciones que ya exceden el espacio que antes se titulaba “Policiales” y convierten un drama en un espectáculo momentáneo, fugas, pero que crea significados, en un público saturado de noticias que solo resaltan el lado negativo y oscuro de la sociedad. 

En una nación que posee una población pobre que está pronta a llegar a su mitad de habitantes, esos mensajes estigmatizantes y discriminatorios provocan un gran daño en aquellos y aquellas que, hoy más que nunca, necesitan construir su destino a partir de los escombros que está dejando la crisis argentina. Existe una clara diferencia entre informar y estigmatizar, entre colaborar para construir una opinión pública plural y en solo enfatizar sesgos, por cierto negativos. La vida de los más vulnerables nos va a comenzar a importar cuando dejemos de asociarla solo y exclusivamente a aquello de lo que no son los causantes, sino victimas de forma especialmente grave y aguda: el delito y la violencia. 


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