Sociales

Por Raquel Poblet

Secretos de amigas

09|05|21 09:58 hs.

Esta es la historia de una amiga que me pidió expresamente que no revelara su nombre. Icaro, su joven vecino produjo un cambio en su rutina de trabajo y en su modo de producción. Pero no adelanto más y transcribo literalmente sus palabras. 


“El hocico de uno casi adentro del ano del otro. Se agachan y comen del piso, bien introducida entre uno y otro, entre una cola y una boca la suficiente comida balanceada que me traen los proveedores a la madrugada, siempre puntuales y tempraneros. Aunque la noche es muy corta. Apenas dos o tres horas, suficiente para que copulen y se multipliquen, porque salen unos y entran otros y todos caben perfectamente, este es un balcón terraza y es muy amplio. Techado, por supuesto. Y está bien administrada la luz; como lo he dicho, tres horas de oscuridad y no más para la cópula; tres horas cada veinticuatro, sí, y la luz para comer. Son silenciosos. A veces uno gruñe y otro lo imita. Los vecinos me conocen y me respetan porque les regalo alguno de vez en cuando. Son tres mil por día, tres mil que crío y que se reproducen y que entrego, puntual y tempranera yo también. Yo también me nocturnizo. A la par de ellos. Ellos copulan y yo duermo. Me redondeo, me encojo como un bicho bolita y duermo en mi cama. Si mis porcinos me vieran me comerían. Por suerte, son ciegos. 

Tres horas de reloj. Me nocturnizo, me redondeo. Tres horas en mi sueño pueden ser nueve. O pueden perder la dimensión. Oigo ruidos. No son ruidos. Son sonidos agradables de ropa que roza alguna piel. Froto la manga de mi pijama con mi brazo. Es el mismo sonido pero sin pared de por medio. Estos ruidos vienen de al lado. Del departamento contiguo. Oigo una musicacha moderna molesta, monótona. La bajan. Los suspiros empiezan y yo los veo, apenas entreveo lo que oigo. Parece una parejita joven que se adora. Se desean, se ven a escondidas, finos y estilizados los dos. El cierra la puerta con llave y baja el ascensor. 

 Puntual y tempranera bajo a buscar las bolsas de comida balanceada para mis porcinos. Lo veo a él. Sí. Está en la planta baja. Me ofrece ayuda. Claro, le digo yo. Es un muchacho joven y fuerte y puede acarrear las bolsas luego de una noche de amor. 

- Icaro, me llamo.-dice, y deja las bolsas cerca del balcón. 

 - ¡Cuántos que son! ¿Me regala uno?

 - Claro. 

 - Mañana vuelvo. 

 Llega la noche. Me encojo, me redondeo, ellos copulan. Ellos copulan, yo me encojo, me redondeo y oigo. Oigo a Icaro. El es el que pone la musicacha moderna. Ella la baja. Ella no habla. Pero da pasos fuertes. Ella es como ausente. No la oigo. El gime. A veces gime a lo bruto. Icaro jovencito. Icaro viejo. Icaro está con ella. Probablemente sea muda. ¿Por qué no? Oigo un ruido de mueble que se empuja. Oigo un gemido gritado, ronco, grave, masculino, como de hombre mayor, ¿Es Icaro que en su clímax se hace adulto? ¿Es Icaro que se convierte, que se agranda, que engorda, que pesa y pierde el pelo, la agilidad? Me duermo y me despierto con el maldito ruido del ascensor. 

Bajo rápido. Esta vez, casi me quedo dormida. Mi muchacho está ahí y me ayuda. 

 -Ay, -me dice en el ascensor-. Ya me estoy cansando de esto. Quisiera trabajar para vos. 

 Trato de hablar y balbuceo. No lo puedo creer. 

-¡Sí! ¡Me podés ayudar a limpiar y a alimentarlos! No te encariñes con ellos. Son de exportación. Vení mañana a esta hora. Si querés, traé a tu novia. 

 Me miró con cara pícara. 

-No tengo novia. 

 Ese mediodía rompí mi rutina y dejé a mis porcinos solos. Igual, casi no pueden moverse y no tienen por qué hacerlo. En la planta baja vi a un hombre al que odié. Gordo, grande, sin pelo. Un señor de cincuenta, clase media. Algo me repugnó. 

Llegó el momento de la nocturnidad. De oírlo a él. Los sonidos de los cierres cremallera, de una respiración agitada que se suaviza. De besos estridentes. La musicacha que sube. Una voz de hombre que dice: “¡bajala!,” y la musicacha desaparece. Una tos de estruendo, de adulto, de gordo abultado. Un aullido grave. No duermo. ÍIcaro me toca el timbre. 

 -Empiezo hoy. Te traigo ahora la comida balanceada y después te traigo algo mejor. 

 Acomodó con su mejor fuerza y agilidad todas las bolsas. Fue al departamento de al lado y me trajo arrastrando el cuerpo del hombre. ¡Del mismo hombre que vi y que odié! 

 La sangre fue demasiada. No alcanzaron los baldes. Supo trozar las partes, moler los huesos y tirarlos. Al cuerpo lo despejó primero de todo el vello. Trabajó toda la mañana. Yo fui a llevar la ropa del hombre a la iglesia. A las uñas y a las orejas se las di a los que eran más viejos. Al cabo de unos días tuve que hacer lugar en el living. Se agrandaron y se mueven más. Es que ya no son para exportar. Ahora son para el mercado interno. Mejor.”