Para Daiana “es mejor trabajar antes de no estar haciendo nada”

Sociales

Daiana Bustillo tiene 20 años y es albañil

Derrumbando muros

25|07|21 11:03 hs.

Por Valentina Pereyra

Fotos Marianela Hut

El invierno, impiadoso para estar al aire libre, le mete duro y parejo a las bajas temperaturas y se la hace difícil a los que trabajan con cal, arena, cuchara, palas, carretillas, fierros. Las luces de los autos que circulan por la construcción, recortan la sombra de Daiana Bustillo que va y viene por la vereda con baldes, uno en cada mano. Pero no son de plástico, ni llevan agua, no va a baldear o a regar. Se trata de otro desafío. 

Tiene veinte años y es parte del mundo de la construcción. “Es mejor trabajar antes de no estar haciendo nada. El día de mañana, voy a saber hacer todo lo que aprendo acá y eso tiene un enorme valor”. 

Esa línea imaginaria que pone de un lado al trabajo de hombres y del otro, al de las mujeres, no es el cimiento de esta obra. El paredón que limita, ese muro, valla, tabique, tapia que se levanta rígido, centinela…Divide, pero no separa. Los ladrillos se disponen unos encima de otros, se pegan, se afirman, se unen. 

Debajo de un gorro de lana que apenas deja libres a los ojos, de un pantalón ancho y sucio de materiales varios, del buzo oscuro pintado de cal, hay una chica que carga baldes y alcanza ladrillos en una obra. Daiana es una mujer que trabaja en la construcción, es albañil. 


Ella tiene veinte años y es parte del mundo de la construcción


Las estampas de la albañil en su trabajo pintan el paisaje tranquilo del barrio, ya sea sobre una escalera, con la pala o con la cuchara, agachada, erguida escoba en mano, cortando. La pintura lugareña atrae la mirada de los transeúntes que cuando la ven se sorprenden, o se indignan. De un lado y del otro del muro hay pensamientos opuestos en relación a que una mujer realice trabajos de albañilería. 

Una mañana, una señora que pasó por la obra, observó la estampa grupal y distinguió una mujer entre los albañiles, entonces se detuvo y dijo: “Nunca vi a una mujer haciendo este trabajo, me gusta y la felicito”. Pero del otro de la pared, otra mañana, en la misma obra, la misma estampa atrajo la atención de un señor que le dijo al patrón de la chica: ¿No te da vergüenza tener a una mujer trabajando? 

La valla impuesta por algunos usos y costumbres no es la que levanta Jonir Faganello Waian, el patrón de Daiana, quien respondió: “Ella se gana el pan de cada día, y lo hace para aprender y porque le gusta”. 

Daiana la tiene clara respecto a este tema: “Hay gente más a la antigua, no me molesta porque cada uno piensa distinto, no es mi pensamiento, porque esto, mientras me sirva para comer, me ayuda. Antes de andar haciendo nada, me sirve, todo se aprende”. 

El paredón requiere para sostenerse de manos expertas, de buenos maestros y mejores aprendices. Tal el caso de Jonir, brasilero, criado en Misiones que vive en la provincia de Buenos Aires hace trece años y es albañil, igual que su abuelo y su padre. “Donde salga laburo le metemos”, dice. 


Jonir Faganello Waian, el patrón de Daiana


Daiana necesitaba trabajar, preparó curriculums y salió a patearla. Pero nada. Quería ganarse el pan, el tiempo pasaba y no surgía ninguna oportunidad para la que se presentaba como empleada doméstica, niñera o de moza. “Mi mamá estaba trabajando con Jonir, y un día le tiré el palo de que yo también podía trabajar, me dijo que sí y acá estoy”.

Empezar de cero 
Jonir piensa que el trabajo en una empresa constructora no es una cuestión de género. No cree que sea una rareza que Daiana, o Mariana, su mamá, sean albañiles. Está convencido que el trabajo no tiene sello de hombre o de mujer, simplemente, es trabajo y cualquiera, dentro de sus posibilidades, puede hacerlo. “La primera vez que la contraté fuimos a hacer unos pisos, le expliqué cómo hacer la mezcla, cortar los cerámicos, cómo pegarlos y no hizo falta controlarla porque enseguida le salió bien y siguió sola”. De todos modos, hace una salvedad por las consideraciones que tiene respecto a la fuerza. “Ella hace lo que puede y no se la compara en el esfuerzo físico con un hombre, pero hace otros tipos de trabajo”. 

Una palada y otra más llenan los baldes. El acarreo ocupa toda la mañana y apura el revoque. 


“Así como los hombres salen de obra en obra a preguntar si hay trabajo, deberían poder las chicas”, piensa Daiana


Para Jonir el trabajo de albañil ofrece muchas oportunidades porque el profesor está siempre presente, la explicación es personalizada, la práctica es permanente y, al mismo tiempo, se gana dinero por hacerlo. “Él me enseñó a hacer la mezcla, es todo nuevo para mí. Siempre tuve amistades o familia en este trabajo, pero no sabía el proceso o las cantidades, por eso voy preguntando. Una vez que las aprendo, las hago por mi cuenta”. 

A pesar de que los fríos de las mañanas son tremendos, ella se los banca, le gusta y se adapta muy bien a la dinámica y organización de una obra de construcción. “Creo que no me fijo en eso, para mí tengo trabajo y es lo que importa”. 

Al final de sexto año del nivel secundario, Daiana pensó que podía estudiar arquitectura, pero la vida la llevó por senderos laborales, sin embargo, no descarta otras posibilidades, “si se me da otra cosa veré qué hago con la construcción, pero lo vengo llevando bien, lo voy aprendiendo”. La joven siente que hay una diferencia entre ella y los albañiles que aprenden de sus padres cuando son chicos, piensa que sus primeras cucharadas empezaron “de grande”. “Me han enseñado muchas cosas, como las maquinadas que ahora las preparo directamente sin que me digan cómo, pero las tareas de fuerza las hago hasta donde puedo, como llevar baldes, pero cargar la carretilla, eso no”. 


A pesar de que los fríos de las mañanas son tremendos, ella se los banca, le gusta y se adapta muy bien


Para Jonir, la construcción ofrece un enorme abanico de posibilidades y una colorida paleta de oportunidades. “Ella todavía no tiene experiencia para decir qué le sale mejor, pero aprende mucho”, dice y señala la fachada de la obra en la que trabajan, destaca con su índice la fila de ladrillos que siguen a los cimientos y menciona que deben quedar prolija porque no va revocada, “para los detalles que no requieren esfuerzo físico, nos repartimos el trabajo, son tareas que además, llevan mucho tiempo”. 

Las manos de Daiana hablan, cuentan y dan ejemplo. La cal sella los poros y las blanquea, el combo del agua helada y el material las destruye. “Me preocupa no verme bien, o que se estropeen las manos, soy mujer, no me molesta verme con ropa de trabajo, pero no me gusta que se me enreden los pelos, eso trato de tenerlo bien, o me pongo el gorrito para mantenerlos”. 


Las manos de la albañil hablan. La cal sella los poros y las blanquea, el combo del agua helada y el material las destruye


El paredón toma forma, se eleva hacia el cielo y deja un muy buen espacio para que circulen el aire, las oportunidades y la vida. Se perfila impecable y con buenas uniones a la espera del revoque. 

Daiana entró a la obra por primera vez, se presentó y empezó su tarea. La sucesión de jornadas laborales le brindaron conocimientos y, seguramente, la práctica le dará lo que falta. “Revocar no sé, creo que hay que tener re paciencia, pero muevo ladrillos, preparo mezclas, atiendo con los baldes a los que necesitan, acomodo el lugar, barro, dejo prolija la obra. Algo difícil fue armar los fierros cuando hicimos los cimientos, aprendí a cortarlos y doblarlos para hacer los cajoncitos, con la práctica voy ganando velocidad”. 

“Creo que la mujer puede trabajar de esto y así como los hombres salen de obra en obra a preguntar si hay trabajo, deberían poder las chicas, y que haya gente que las contrate”, dice Daiana


La albañil cambió la bandeja, el trapo de piso o las canciones infantiles por la cuchara, la pala, los hierros. Al principio las ideas y los conocimientos se agolparon desordenados, apilados, enmarañados, sin embargo, como buena constructora, los ordenó, apiló y pegó con uniones duraderas. 

Daiana moja los ladrillos que el oficial de albañil va a pegar, hace la mezcla, los carga, ocupa el lugar del aprendiz. “Con cada trabajo crecés siempre porque a pesar del tiempo que estés en la construcción, sabés lo básico, ya que aparecen materiales nuevos, hay máquinas para todo, no se sufre como antes, hay menos necesidad de hacer fuerza”. 

Como en todos los oficios o carreras, hay materias o trabajos de los que se rehúye. Para Daiana el lavado de los baldes es la parte más odiosa, casi detestable y lo mejor es cebar mate, tarea que asume con gran responsabilidad, sobre todo cuidando los protocolos de la pandemia. Del mismo modo, construyó los estribos que cortó y armó con la grifa, con herrajes, práctica que será valiosa para toda su vida. 

La ley pareja 
No hay muros que separen, hay personas que quieren trabajar. “Mis amigos se me cagan de risa, no se lo esperaban, tampoco que mi mamá hiciera lo mismo, pero ahora, que se dieron cuenta que es cierto, les gusta. Así me las rebusco y si no fuera por Jonil que me dio trabajo, no estaría acá”. 

“Soy una persona que piensa en la ley pareja, todos en la misma línea porque lo que hace o no cada uno, depende de las personas. Para mí no hay diferencias”, piensa Jonir.


El constructor espera poder formar una empresa en la que el género no sea una limitación. “Soy una persona que piensa en la ley pareja, todos en la misma línea porque lo que hace o no cada uno, depende de las personas. Para mí no hay diferencias, podría ser en el caso de la fuerza, pero eso no significa que no se pueda”.

Para Jonil, la construcción es una manera de eludir cualquier muro, especialmente para las personas que, como él, no tienen estudio. “Es una opción para ganarse la vida y si tenes ganas de trabajar, es de las mejores opciones. Si queres aprender y laburar, empezás a ganar más y con paciencia en tres o cuatro años se logra ser un buen constructor. Para evolucionar económicamente hay que aprender”.

Daiana elude el mismo muro, la albañilería la ayuda y tal vez le brinde un futuro. “Hay más trabajo de esto que de los otros trabajos que quise hacer”, dice. 

La pared está lista, firme y con las terminaciones prolijas. No hay un lado y otro, sólo material que bien pegado forma un todo fuerte. “Creo que la mujer puede trabajar de esto, depende si piensan en la igualdad o no, y así como los hombres salen de obra en obra a preguntar si hay trabajo, deberían poder las chicas ofrecerse para hacer de albañiles y del otro lado, que haya gente que las ayude y las contrate”, dice Daiana. 


Ver a Daiana en la obra genera opiniones diversas entre la gente que pasa por afuera. “Hay gente más a la antigua, no me molesta porque cada uno piensa distinto”, dice al respecto


El trabajo de albañil no representa para Jonil un problema el género. “Nunca pensé que una mujer no puede trabajar en la construcción. Para mí lo importante es querer trabajar, teniendo en cuenta las capacidades y posibilidades. En todos los rubros las mujeres pueden hacer lo mismo que los hombres y por qué no en la construcción, desde ya también depende el patrón que te toque”. 

No hay muro, solo ladrillos diferentes unidos por una muy buena mezcla. Daiana se levanta antes que asome el sol, llega a la obra, acomoda sus cosas y mientras los primeros rayos rompen el silencio, prepara la mezcla. Se calza el gorro, se abriga bien, empieza la danza del acarreo de baldes, de manos hábiles y aprendices que construyen, trabajan, que festejan no estar haciendo nada.