La pareja, feliz y tomada de la mano, camina por Parque Miedan

Sociales

Florencia Alvarez y Rubén Dufourg

Nadie debe vivir sin amor

31|10|21 10:10 hs.

Por Valentina Pereyra 

Fotos Marianela Hut 

“Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor es abrir el corazón y dejarse amar” Antoine de Saint-Exupéry, El principito La cuarentena cedía paso a algunos permisos para salir del encierro y abría sus puertas para dejar entrar el aire y el frío, el sol, la lluvia, el viento. 

En un camino rural, cerca del arroyo, Rubén le devolvió el mate a Florencia y sacó del bolsillo de su campera una tarjeta en la que había impreso dos fotos de ellos juntos. Debajo de los retratos escribió: ¿Querés ser mi novia? Y dos opciones para que Florencia pudiera elegir: SI o SI. La chica se decidió por una de ellas. 


Dos opciones: Si o Si; así se le declaró Rubén a Florencia


Viernes de fines de octubre de 2021. Cerca de las dos de la tarde la temperatura juega con los números más altos del termómetro. En la calle soledad, tierra y silencio. 

La siesta sigue su curso de fin de semana y los árboles le ruegan al sol que se oculte. En el Parque Miedan los verdes son más verdes, las sombras de los pinos y sauces alivian los descansos y le dan categoría de obra de arte al paisaje.

De pronto, aparecen. Bajan del sendero que camina junto al arroyo. El vestido blanco, largo, bordado, reluciente, destaca su belleza y realza las luces y sombras de la tarde temprana. La camisa blanquísima, el moño negro, el pantalón recién estrenado y los tiradores engaman perfectamente. 

Ver a una novia vestida de blanco es buena suerte. 

Florencia Alvarez y Rubén Dufourg caminan tomados de la mano y posan para la fotógrafa que registra el principio del final de su noviazgo y la vida nueva.

“Mirad: ya viene, saltando por los montes, brincando por las colinas” (Cantar de los Cantares) 

Florencia conoció a Rubén en el año 2018, en la Iglesia Evangélica Casa de Dios de la calle Mitre 744. Ambos llegaron por razones diferentes, ambos se quedaron por amor a Dios. 

Una vida nueva, morir y volver a nacer. 

Bajan desde el camino hacia el parque de la mano. La cola del vestido se mese del brazo de Florencia a su antojo, se desliza por el pasto y va con ella. Una coronita de florcitas rosadas sujeta las trenzas de su peinado. Enmarca el rostro sonriente de Florencia que canta amor en cada gesto. Rubén camina a la par y el sol refleja la gramilla en sus zapatos. 


Sentados y de la mano. Florencia y Rubén no se sueltan


Tanta luz, tanta sombra. Vence el bien, vence el amor.
 
Rubén 
Rubén Dufourg llegó hace seis años a la Iglesia de calle Mitre. Era adicto a la cocaína y había tenido problemas con la ley. La primera vez que entró al salón parroquial pensó que la gente que oraba y cantaba estaba loca. Quiso correr, pero una fuerza superior a la suya lo sentó. “Pensé que estaba mal, me pregunté qué hacía yo ahí adentro, pero seguí asistiendo porque ese día tuve paz y pude dormir”. 

Desde que tenía 13 años Rubén consumía droga, primero marihuana y el último tiempo cocaína. “No podía salir, lo intenté por mi propia cuenta, nunca estuve internado ni en salud mental ni en el CPA, pero trataba de usar las escasas herramientas que tenía, por eso me encerraba en mi casa para no tener que estar con los pibes”. 

Aunque se esforzara no tuvo buenos resultados, las estrategias no eran efectivas. No podía pasarse la vida encerrado en su habitación. Ese era el momento fatal en el que todo volvía a empezar. No aguantaba más ni la soledad ni la abstinencia y la calle lo chupaba. “El último tiempo conocí a una mujer que vendía, a la que le traían la cocaína desde afuera y como ella tenía miedo que le allanaran, me la daba a mí sin plata. Entonces yo, si me daban 10 gramos, vendía 4 y me quedaba 6 para consumirlo, así durante todo un año”. 

Rubén vivía con sus padres y se había vuelto un experto manipulador para zafar de sus reclamos. “Ellos no podían hacer nada, lo fui sobrellevando hasta que no pude más. Consumía un gramo y quedaba muy triste, con deseo de matarme, sin sueños, sin metas. Sabía que tenía que pedir ayuda”. 

Un fin de semana se encerró en su cuarto y se quedó tres días consumiendo, “me agarró lo que en la jerga llaman “la depre”. Es una tristeza que se apodera de vos y te querés quitar la vida, es desesperante, no lo puedo explicar de tan desesperante que es”. 

Rubén tiene 31 años y llegó por primera vez a la Casa de Dios cuando tenía 24. 

Trabajaba y consumía, tenía problemas con la policía, con la delincuencia, “cuando andas en ese ambiente conoces muchas personas, si te enteras que alguien robó un televisor, te lo vende a cuarenta y vos lo revendes a cincuenta y con tu parte de la ganancia comprás para consumir”. 

Los primeros dos meses consumía en el baño de la iglesia o llegaba borracho, pero seguía yendo porque estar ahí le deba paz. 

Después de ese tiempo, los miembros de la Iglesia lo invitaron a un encuentro de oración. Allí hubo charlas, predicaciones, y la gente oró por el bien de Rubén y el de otros. 

Las manos del joven estrujan la camisa a la altura de su pecho, tiran la tela hacia adelante como si quisieran convertirla en harapos. “Fue algo que no puedo explicar, conocí a un Dios vivo, como si me hubieran arrancado algo del pecho. Es creer o reventar. Hoy estoy en la Iglesia porque pude sentir eso y porque me ayudaron”.

Transitó el camino acompañado por un matrimonio que había pasado por lo mismo y a pesar de intentar con brujos, curanderos o bañándose en ruda, no habían sanado. “El muchacho que me ayudó iba a trabajar y cuando volvía encontraba a su mujer tirada en la cama que se quería matar y a los nenes sin cambiarse los pañales o sin atención. Ellos salieron adelante gracias al enamoramiento de Dios y eso fue todo para mí, por eso estoy y sigo apostando a eso”. 

Florencia 
Florencia Álvarez comenzó a asistir a la Casa de Dios en el 2018. Llegó para ayudar a una amiga que estaba muy depresiva. Era creyente por eso pensó que en la iglesia podían encontrar la respuesta. “Cuando llegué me paso como a Rubén. ¡No entendés que está pasando!” 

La amiga de Flor no era la única que necesitaba ayuda. También ella atravesaba un momento terrible en el que los trastornos de pánico y ataques de ansiedad ganaban su vida. “Tenía miedo todo el tiempo, tomaba pastillas para dormir, todo como consecuencia de cosas que fueron cargando mi vida. Me costaba estar con gente y muchas veces terminaba internada”. 

Florencia entró, se sentó y con la última canción que entonó la congregación se fue a su casa más tranquila, en paz. “Le decía a mi mamá que ir a la iglesia me hacía bien, así que seguí y Dios arrastró todo lo malo de mi vida”. 

Juntos a la par 
Rubén y Florencia asisten a la iglesia y testifican con sus vidas que sin amor nada son. Cansados, desolados, golpeados, victoriosos, curados. 

“Por sobre todas las cosas, ámense intensamente los unos a los otros, porque el amor cubre infinidad de pecados” (1 Pedro 4:8)

Antes de ser novios fueron amigos, sirvieron a la iglesia, participaron de grupos de ayuda. Se miraban diferente, había una vibra que salía de las entrañas y se volvía imparable. Pero la pandemia detuvo todo. 

Rubén perdió a su mamá durante la cuarentena y Flor lo acompañó. 

Las video llamadas formaron parte de la cotidianeidad y las lecturas bíblicas o los juegos construyeron los andamios de su relación. Se unieron más y ya no querían, aunque no lo hubieran dicho en voz alta, seguir por caminos separados. 

Se pusieron de novios en plena pandemia. Cuando hubo permiso para salir dejaron de relacionarse por video llamada y planearon paseos en auto por los caminos rurales. “No me dio opción porque me dijo si quería ser su novia a través de una tarjetita en la que escribió una única posibilidad: Sí o Sí”. Florencia y Rubén disfrutan del momento, del amor, por eso decidieron casarse. El último viernes de octubre, con el sol en el cénit dijeron: Sí. No hubo otra opción porque ambos querían elegir la misma. El registro civil selló su historia y la ceremonia religiosa bendijo su matrimonio. El Parque Miedan recoge silencioso los pedazos de sus vidas rotas transformadas en luz, más enteras que nunca.

“Y sobre todo, revístanse de amor, que es el vínculo perfecto” (Col 3:14).

Rubén declara estar chapado a la antigua. “Vengo de una familia donde la gente se casa, ya traía eso en mí, pero también lo decidimos porque es un mandamiento de Dios, creemos en la familia, queremos tener hijos en un año y monedas, por eso estamos aquí”.

Morir y nacer al amor 
“Entendimos que lo que nos pasaba era la consecuencia del problema, pero no el problema. Las personas buscan algo en su vida que no saben lo que es”. Rubén llenó esos espacios vacíos con droga y Florencia con miedos.

“Hay personas que tienen otras adicciones: Al trabajo o a las compras compulsivas o al alcohol, lo que queremos decir es que hay un Dios vivo que perdona, restaura, ama y que somos la consecuencia del amor”. 

Desde aquel día frente al arroyo pasaron muchos momentos de felicidad, de zozobra e incertidumbre. Bicicletearon y tomaron mate debajo de los cipreses del Parque Miedan. No conocían el lugar, así como no conocían a Dios. 

“El noviazgo fue hermoso, fue morir al egoísmo, al orgullo, tener nuestras propias luchas y discusiones, pedir perdón y poder reconocer. A mí Dios me enseño a vivir todos los días, a morir todos los días, a no ser orgulloso, a no estar encerrado en mí, a nacer todos los días”. 

Rubén cuenta su historia mientras la brisa suave y caliente despeina a Florencia. Su camisa blanca esconde el pasado tatuado en el pecho, en los brazos. Debajo de la tela límpida, pura, fresca, la oscuridad que le recuerda quién es y quién fue. “Nunca pensé que iba a entregar mi corazón a Dios, nunca pensé que iba a estar bien, no es un Dios que juzga sino el que me hace sentir amado y perdonado”.   

Casamiento 
Rubén y Florencia se sientan en uno de los palos que ofician de bancos y descansan a la sombra. No se sueltan. Son un matrimonio desde hace unas pocas horas, son una pareja consagrada a Dios desde que se conocieron. “El momento en el casamiento fue hermoso, emocionante, el amor se innova todos los días, se puede amar cada día más que la primera vez, pero depende de uno, el amor es una decisión, yo decido amarla a ella. No creo que es un sentimiento”. 


El Parque Miedan es el lugar que los encontró más allá de sus actividades y donde decidieron cambiar sus vidas


Se paran, se miran, se besan. Caminan, zigzaguean entre los pinos, recorren el parque con sus sueños y dolores. Conocieron el lugar después de la cuarentena, descubrieron el camino que bordea el arroyo y lo incorporaron al circuito de los fines de semana en bicicleta. 

La familia y la congregación testificaron su amor, ahora es la misma naturaleza que escucha sus declaraciones. “Lo amo con todo mi corazón, es el hombre que siempre le pedí a Dios, el hombre de mi vida. El que me cuide, me ame, me respete y me lo dio. Lo voy a amar, cuidar y respetar”. 

“Háganlo todo con amor” (1 Co 16:14).

El sauce sacude apenas sus hojas que ya no lloran. “La elijo a Flor todos los días, la amo con todo mi corazón”.

Un rayo de luz ilumina la corona de flores que luce Florencia en su cabeza, los árboles sonríen a su paso y les regalan sus sombras. 

El amor vence. 



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