El conventillo, parte de la historia del Barrio Corea

Sociales

Corea, el barrio con leyenda

06|12|21 10:51 hs.

Por Valentina Pereyra

Fotos Marianela Hut 

El auto de papá recorre las calles de mi ciudad. Le gusta parar, doblar, circular. El estrado del disertante se erige en el asiento del conductor y desde allí con voz de saberlo todo, cuenta. Es que papá lo sabe todo, es así, sin discusión. 

En segunda fila mi hermana y yo vamos atentas al relato. La primera pasadita la hacemos por la casa de sus tíos, los Taboada. Es domingo, estamos recién salidas de la Iglesia de la Unión Evangélica, falta poco para almorzar, pero a papá eso no le importa. Nos sube a su auto y enfila para la avenida San Martín, se mete por Ameghino, baja por Alsina hasta Las Heras, desde allí va para la calle Bolivar y sube hasta desembocar de nuevo en Ameghino.

-Este es el Barrio Corea 
-¿Por qué se llama así papá? 
-Vamos a dar una vuelta y les cuento. 

La serenidad de la mañana perfuma las calles y veredas de un barrio que tiene historias ya contadas y por contar.

El Barrio Corea era un lugar de trabajadores y de cafishios. 

Amas de casa, peluqueras, costureras, carniceros, fabricantes, zapateros, canillitas, laburantes de los más respetados de la ciudad, transitaron las calles del Barrio Corea. Una escuela, un potrero, un conventillo, un bar en el corazón de una zona pintada de sangre, balas, muerte y puñaladas; esfuerzo, trabajo y tesón. 

Firulos, burdeles, casa de mujeres, cabarets de baja monta concentrados en unas pocas manzanas, rodeados de fábulas y leyendas cargados de certezas. 

La gorda, el del mito, el turco, el jefe, el músico, el doctor se jugaban a todo o nada. Caballos de carrera, quiniela, prostitución y negocios que nombraron sin querer a al barrio. 

Imagen 1

Entre los árboles añejos y los recuerdos desempolvados aparece la memoria de los vecinos respetados, los que se levantaban temprano para laburar en las fábricas de entonces, o abrir sus comercios después de despostar, cargar mercadería, limpiar los vidrios o asear la vereda. Las señoras que daban las últimas puntadas antes de entregar las prendas terminadas, las peluqueras que afilaban las tijeras y lavaban los ruleros a la espera de la selecta clientela. 

Paredones despintados, puertas de chapa y ventanas amuradas con dos o tres tablones destartalados testifican un tiempo pasado que se transformó en leyenda. 

Volver a las raíces, a los recuerdos, a los paseos de domingos después de la Escuelita Dominical, volver al barrio Corea. 

Las casas se veían altísimas desde el asiento trasero del escarabajo rojo que manejaba mi padre mientras hacía el tour nuestro de cada domingo. Acá vivía fulano, acá mataron a Macario, acá tenían una casa mis tíos, más allá estaba la escuela, la canchita, la Palalala. 

Volver, pero esta vez, voy al volante. 

Volver en compañía de mis queridos amigos Miguel Alarcón y Marta Luna, con Marianela y su máquina de fotos. Tomar imágenes del hoy para traer el ayer. 

El auto empieza el tour. Llevo a mi padre de acompañante aunque no está. Desde Almafuerte cruzamos la avenida San Martín y en la siguiente esquina de Ameghino y Alsina nos detenemos. Parece que fue justo en ese lugar donde ocurrió una de las tragedias que le dio nombre al barrio. 

-¿Podés tener el grabador? -le digo al Pato Alarcón que va a mi lado-. Así mientras paseamos registro todo –insisto-. 

-Ves acá, donde está la camioneta Toyota, ahí había una fábrica y enfrente un terreno, me dice y adopta el papel de guía asignado.


En frente al predio en el que se encuentra la Cooperativa Agraria estaba “Lo de Bailón”


En el predio en el que se encuentra la Cooperativa Agraria había un enorme pajonal y enfrente “Lo de Bailón” que tenía carros y caballos percherones para transportar el polvo con tierra con el que fabricaba una especie de revoque. 

-Pará, pará. Dale un poco para atrás, desde la esquina vas a ver. 
-¿Querés que dé la vuelta manzana?
-No, no, dale para atrás. 

Cien metros más adelante, por calle Alsina al 1000 la casa de “la vieja Pericocho” que tenía mujeres que ejercían la prostitución. Una de ellas, Mirta Ríos, se destacaba entre las demás. Distinguida y bella, de ojos tristes y la piel escarchada por el rencor y la noche. 

-La mujer era un minón, eso me lo cuenta el tío Coco porque yo no había nacido. 
-¿Y qué le pasó? 

Cuenta le leyenda que antes del año ´60, la pasión le jugó una mala pasada al negro Huertas. Mirta lo había embrujado y él creyó que bastaba solo con los sentimientos para saberse su novio.

-Fue una desgracia que empezó cuando un tipo vino a buscar los servicios de esa mujer. 

Una nochecita de verano, los celos lo llevaron a la esquina de Alsina y Ameghino desde donde relojeó a su presa. Esperó paciente a pocos metros de la casa “la vieja Pericocho” la salida de un cliente de Mirta. Se cubrió con las sombras de los árboles y yuyos y ni bien vio pasar la silueta del susodicho, un trabajador golondrina de la zona que los fines de semana gastaban sus ganancias en tragos y mujeres, se abalanzó. Ni siquiera lo llamó, se acercó por atrás y disparó. 

Un trabajador que volvía a su casa de la fábrica Aiello escuchó los disparos y al doblar por Rondeau hacia Ameghino se cruzó con el negro Huertas que disparaba para San Lorenzo al 800, iba a pedir asilo en la casa del más mítico de los cafiolos. 


La calle San Lorenzo, testigo de grandes hechos


-Al rato, Di Marco le cuenta a mi tío Coco si sabía que había un tipo muerto en la esquina. La noticia corrió y no pasó mucho tiempo para que los vecinos rodearan al muerto que yacía boca abajo con dos disparos en la nuca. 

-El negro lo cagó a tiros y lo asesinó de atrás, no de adelante. 

Pongo el guiñe hacia Alsina, cruzo por lo que fue la “Barraca de Irigoyen” y sigo hasta el 700. 

-No te creas que Corea es muy grande, es chiquito. 

Ya hicimos el primer toque. Una casa despintada y una puerta de chapa descubren el conventillo de Archimio. El drama y la muerte dieron rienda suelta al destino y fueron la venganza por los malos tratos recibidos. Un padre feroz enfrentado a un hijo que un día dijo: Basta. 

-Dale, seguimos ‘pa delante. 

Una frenada suave que deja al auto en movimiento leve, suficiente para que observemos la Sodería García y el recuerdo de una entrada por la que ingresaban los carros con los sifones de vidrio que se recargaban en el lugar.

-¿Por qué se llama Barrio Corea? 

-Ya vas a saber, esperá. 

Freno, pongo el giro derecho y detengo la marcha en la esquina de Las Heras y San Lorenzo, la famosa carnicería “La Cabeza de vaca” de Alonso. En frente supo estar “El Bar El Águila” que era del loco Codognio, donde también había mujeres que hacían trabajar. 


En Las Heras y San Lorenzo, se econtraba la famosa carnicería “La Cabeza de Vaca”


-Ahora volvemos a pasar. 

-Me van a chocar, esperá que doy la vuelta manzana por Balcarce. 

-Acá había otro bar complicado. 

Sigo unos metros y vuelvo a guiñarle a los que vienen atrás, esta vez, les aviso que voy a doblar a la izquierda. En la esquina de Las Heras y Balcarce, en la vereda opuesta a la Escuela 24, funcionaba el bar del turco Ana que era muy precavido. Por si las moscas, guardaba cargada la 38 abajo del mostrador. 

-Más o menos Corea terminaría acá, en Viamonte, no seguía más adelante. 

En el filo del Barrio estaba el firulo que regenteaba la famosa gorda Montenegro donde sellaba el destino de las pobres mujeres que llegaban a nuestra ciudad esclavizadas y sin ninguna oportunidad. La actividad se volvió próspera y la mirada de la policía, ciega.

-Volvé por San Lorenzo, por acá tenía la casa tu amigo el guitarrero.

-¿Quién? ¿Vos decís el amigo de papá, Julián del Sur?

El cantante y el boxeador, “Zoquete Beigbeder” vivían con sus familias y disfrutaban de la paz de su barrio que de día trabajaba y de noche ardía.

Llego a la frontera del barrio, retomo para San Lorenzo al 600. El auto frena desprevenido frente a la casa del que fue un verdadero mito. 

-Todo está exactamente igual. Del más famoso, del primero que se paseó en un Ford Fairlane verde oliva de techo vinílico blanco. 

-¿Sigo derecho por San Lorenzo?

-Sí, metele que vamos a encontrar donde estaba el rancho de la Palalala. 

Pongo primera y avanzo hasta el 800. Los tamariscos y cinacina cubrían la vereda de la casa de la Palalala, una vieja mal llevada que fumaba cigarrillos Brasil, cocinaba con un brasero, vivía con muchos perros y cocía para afuera. Su pelo blanco y los dientes amarillos por el tabaco infundían miedo. 

Los chicos del barrio desplegaban todo tipo de achurías en contra de aquella pobre mujer por la que sentían tanto miedo. Sin embargo, otros, se auto percibían paladines de la justicia y arremetían contra la Palalala tirando piedras contra su ranchito. Eso sí, no se quedaban esperando a la mujer que los ahuyentaba con su vozarrón y salían más rápido que los bomberos a esconderse entre los yuyales del barrio.

-¿Vos querías saber por qué se llama Barrio Corea? Tiene que ver con la guerra y con los pesos pesados que te cagaban a tiros si les ibas a sacar una de las mujeres o les jodías el negocio de la quiniela o el de las carreras de caballos y de los firulos. Si no lo hacían ellos, mandaban a algún matón.

La mañana soleada invita al paseo, no es domingo, tampoco está mi padre para repetir aquellas historias conocidas, sin embrago logro acomodar el rompecabezas y me doy el lujo de dejar algunas líneas para que el lector complete con lo que sepa, verdad o mito. 

-Llegate hasta Ameghino y volvé por Balcarce. Te voy a decir dónde era la vieja Escuela 24. 


La casualidad quiso que mi compadre Daniel de La Penna estuviera en la vereda de la esquina de su taller en La Plata y Balcarce


La casualidad quiso que mi compadre Daniel de La Penna estuviera en la vereda de la esquina de su taller en La Plata y Balcarce. Le cuento que estoy buscando la historia del Barrio y se prende a la charla. Sorpresivamente revela que en el fondo de la propiedad descansa sumida en el recuerdo la vieja Escuela 24.

-Podemos parar y sacar una foto de afuera. 

Doblo por Balcarce hacia La Plata y paró en doble fila. El tránsito del mediodía y el motor encendido, me obligan, menos mal, a estacionar en la entrada del taller de los De la Penna.

-Ves ahí, era la entrada a la escuela, esa que tapa el camión. Tené cuidado por si viene alguno que no hay visión y es peligrosísimo.

-Le estaba diciendo a Valentina que esta era la escuela.

-Pasen, atrás está igual. 

Bajamos del auto y antes de entrar al taller damos un pantallazo a la cuadra, la casa de los Quintela, la de Pocholo Ismael, el almacén de Gutiérrez, el cabaret famoso y el terreno baldío que servía de escondite. 


El ingreso a la vieja Escuela 24


-Nos escondíamos atrás de la paja vizcachera cuando le gritábamos: ¡Viejo! a Pichirica. 

Gomas, escarapelas, lápices, juguetes infantiles aparecieron entre los tablones del piso que resistieron el paso del tiempo. 


De la Escuela 24 solo quedan algunos elementos polvorientos y los recuerdos de quienes pasaron



Los De La Penna compraron la propiedad en el ´68 y las aulas se transformaron en la habitación de la familia, la cocina siguió en sus funciones y la despensa fue el cuartito de costura de Mary, que con 84 años, sigue frente a la máquina en su casa de calle Alsina.

-¿Habrá problema para sacar alguna foto de la escuela vieja? 

Atrás del taller de los De La Penna aparece el patio de la antigua Escuela 24 rodeada por la entrada del zaguán, la oficina de la directora, las dos aulas, la cocina, el fondo y la despensita.

Las voces de los alumnos que cruzaban el potrero para llegar hasta la escuela se fueron, los pisos se cubrieron de polvo, las paredes aguardan nuevo destino, la historia grita presencia. 



-Acá era una pieza, mis viejos tenían la cama de dos plazas, al lado mi hermano más chico y la cama mía y de mi hermana, dice Daniel De la Penna. 

La familia vivió en la escuela varios años hasta que compraron una casa en la calle Alsina que por el Rodrigazo terminaron pagando cuotas que no valían más que un atado de cigarrillos.

-En la cocina preparaban la cascarilla, en ese lugarcito cosía mi vieja, -dice Daniel-. Un día mi viejo se subió al techo para tocar la antena y sintonizar el televisor y se olvidó que el techo era de fibrocemento y pasó para abajo, rebotó en la cocina, por suerte no se hizo nada. 

La charla con mi compadre termina en la vereda, después de la increíble recorrida y el Pato señala la casa del “más grande de los canillitas”. 



Se trata de la vivienda del padre de Osvaldo Quintela, un hombre grandote, de bombacha de campo, bigote gordo y bicicleta temprana. Y un poco más allá, un chalet que supo tener como residente al Lobo Fisher, campeón con San Lorenzo de Los Matadores. 

Los testimonios agrandan la leyenda y el porqué del nombre del barrio se revela con cada relato. Cuentan que un médico muy reconocido de la ciudad quiso entrar a hacer una visita, pero para obtener el permiso tuvo que recurrir al turco, dueño del bar de la cuadra, para que le dé el pase libre. 

Zigzagueo con el auto por la avenida San Martín, Ameghino, Las Heras, Bolivar, visito las viviendas de gente de mucho oficio como el famoso fotógrafo Cacho Di Croce o el carnicero Héctor Belsa que recibía a la clientela de “La Taba” cuchillo a la cintura, pañuelo al cuello y bombacha de Grafa. 

El almacenero Gutiérrez, los hermanos Fortunato, fabricantes de detergente y lavandina, los Bardelli, jugadores de fútbol y el expendio de mercadería en el bar “El Resorte” de Ramón Farha, “El Gardel del Copetín”. 

Estábamos por dejar la recorrida cuando Miguel recordó la historia de Macario. 

Retomé por Balcarce hasta Rodríguez Peña, paro y me cuenta que ahí había un bar. Testigos no oculares dicen que en los '50 el conocido Macario De Luca disparó contra un comisario oriundo de Coronel Suárez. 



Otras crónicas dan cuenta de que la balacera ocurrió en el bar del propio personaje popular en Larrea al 500. Parece que el tipo también tenía mujeres que ejercían la prostitución, tal vez, uno de los motivos por el que el comisario lo fue a buscar, o porque Macario se habría negado a pagar la cuota para que lo dejaran trabajar. 

El motor se detiene en San Martín al 1000 con la intención de emprender la retirada. Giramos por cuarenta minutos por el Barrio Corea. 

Marianela tiene sus fotos, el Pato apaga el grabador y Martita me pregunta si quiero ir a almorzar pizza a su casa. 

Miro por el espejo retrovisor y los veo: la vieja Pericocho prende un pucho y se para en la esquina manos en jarra, la Palalala cruza para la carnicería de Alarcón, el negro Huertas huye de la escena del crimen y a Macario lo persigue la policía. El Mito estaciona el Ford Fairlane y don Belsa afila el cuchillo. 

Mi papá pone primera y me voy con él del Barrio Corea. 



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