La Ciudad

Por Diego M. Jiménez

Sobrevivir para después vivir

25|12|21 22:27 hs.

Mejor le ponemos tres 

Luego de arribar al Aeropuerto “Aviador Carlos Campos” (Chapelco), recorriendo en camioneta un tramo de la Ruta 40, teniendo la compañía en paralelo y al natural, del río Chimehuin, famoso por sus truchas, se llega a Junín de los Andes. 

 Pero si pasás de largo la ciudad, cruzando también, el Regimiento de Infantería de Montaña 26 (RIM 26), y distrayéndote un poco de un paisaje imponente, torces tu cuello hacia la derecha, al levantar la vista, descubrís algunas casas, bien separadas entre sí, sobre un cerro que custodia, día y noche, desde los tiempos en que el lugar era solo geografía, el sitio en donde está ubicada la pequeña localidad neuquina.

 Allí, en la ladera de un loteo espléndido llamado Estancia Leufú, se encuentra “Los Cerrillos”, propiedad de la familia Gaona. La casa principal de estupendo confort y arquitectura, diseñada para contemplar la fisonomía displicente e indómita del volcán Lanín, encabeza dos más: una de huéspedes y una tercera, en donde habitan la eterna amabilidad y buena cocina, de los caseros Gumersinda y Aldo. 


Miguel Justo Mariano Paz, Nicolás Raimondi, Diego Piazza, Juan Pablo Guyot, Diego Jiménez, Facundo Bilbao y Manuel Mendizabal


En la segunda, amena y cómoda, desempacamos el equipaje, en donde destacaban ostensiblemente, unas mochilas de montaña. Llegamos primero cinco pasajeros. Un día después, dos más. 

Ese miércoles de diciembre, a la hora de la siesta, plantamos nuestro ánimo en Junín de los Andes, carácter, convertido en aventurero y amante de las alturas, a causa del singular desparpajo que exporta de su humanidad Miguel Justo Mariano Paz. Así, con su nombre completo, como lo imaginaron los autores de sus días, que no ahorraron pasión, al sembrar el país de una prole integrada por once niños y niñas más. Premonitoria la identidad de este vástago Paz, conformada por tres nombres. A sabiendas de que dos, como tenemos casi todos, no iban a ser suficientes para contener esa pulsión asombrosa por disfrutar ese instante finito y excepcional llamado vida, Tini y Peca, sus padres, le agregaron uno más.

 Estás loco 
Fueron las vacaciones de invierno de este año las que provocaron que termináramos en el sur del país, junto a la Cordillera. Pero lo que para unos podría haber sido una idea repentina, producto de una charla de días de descanso, sin compromisos de ningún tipo y por momentos frívola, en el temperamento de Miguel, se puede convertir en una meta cierta. Y eso fue lo que ocurrió. 

Fue un mediodía en mi casa, creo, cuando lanzó su idea. Pero desde el comienzo los destinatarios fuimos varios. Finalmente, con el correr de los días y semanas, sumamos siete. Todos médicos y un intruso: este cronista amateur. 

-Nicolás Raimondí, especialista en Ortopedia y Traumatología (Tobillo y pie) 

-Facundo Bilbao, especialista en Ortopedia y Traumatología (Tobillo y pie) 

-Diego A, Piazza, especialista en Ortopedia y Traumatología (Miembro superior) 

-Juan Pablo Guyot, especialista en Ortopedia y Traumatología (Columna) 

-Manuel “Cala” Mendizabal, especialista en Hepatología 

-Miguel Justo Mariano Paz, especialista en Ortopedia y Traumatología Infantil 

Sin dar margen de tiempo a la duda y a los miedos, ni siquiera para evaluar la fecha y su factibilidad, Miguel realizó las reservas de vuelos y guías. Mientras lo hacía, lo miraba desde el otro lado de la mesa y lo descubrí ansioso, risueño, manejando el mouse y cliqueando sin pausa para cerrar el asunto. A la par, enviaba mensajes por WhatsApp y los replicaba vía mail, al tiempo que se reclinaba sobre la silla y se pasaba las manos sobre su rostro, en un movimiento que iba desde la frente hasta el cuello, como intentando bajar la emoción. “Estas loco”, fue mi comentario espontáneo y sin destino. 


El ascenso en el Volcán Lanín, con subidas pronunciadas, nieve y pendientes resbalosas






Ninguno por motu propio habría estado ahí en “Los Cerrillos”, aprestándose a escalar el Lanín. No pasaba por nuestras cabezas e intereses. Pero nos convertimos en apóstoles de la aventura de Miguel, a fuerza de su locura, de su temple y su alegría. Como un viejo taumaturgo, encapsuló nuestros titubeos y los descartó de a uno por vez, transformándolos en certezas. 

Y ahí estábamos, siete tipos con nula experiencia en el montañismo (salvo Cala y Juampi) mirando de reojo al Volcán, cuya cima se convirtió en el nuevo objetivo de una persona, que sufre las alturas por el vértigo que le generan y que nunca escaló nada parecido a una montaña, menos, de esa envergadura. Por si fuese insuficiente, carga con las dolencias físicas de una enfermedad, con pronóstico reservado. Un cáncer sin cura en el horizonte de la ciencia. Para qué usar eufemismos. 

 Se metió el bicho 
“…No sé cómo lo podría resumir. En síntesis: me diagnosticaron Mieloma Múltiple el 14 de julio del 2015 (tenía 42 años), el 9 de diciembre del 2015 me trasplanté. Un trasplante autólogo (autotrasplante) de médula ósea y a los cinco meses tuve una recaída. Después seguí con tratamiento quimioterápico durante todos estos años, regulando su intensidad. El año pasado tuve otra recaída (2020) un poco más importante, que resultaron en seis meses de quimio…”, me explica, como si hablase de lo que le pasó y le continúa ocurriendo a otro. 




El suyo es un cáncer que se forma en un tipo de glóbulo blanco denominado “célula plasmática”. Estas células, cuando están sanas, ayudan a combatir las infecciones mediante la fabricación de anticuerpos que reconocen y atacan a los gérmenes. En el Mieloma Múltiple, las células cancerosas se acumulan en la médula ósea y desplazan a las células sanguíneas sanas. Entonces, en lugar de generar anticuerpos útiles, las células cancerosas producen proteínas anormales que pueden provocar complicaciones. Dicho de otra manera, al disminuir las defensas aumentan las posibilidades de infecciones severas y, además, pueden involucrar a otros órganos, como, por ejemplo, los huesos y el riñón. 

Lo vimos hinchado por las corticoides; también con gesto adusto por el dolor en las articulaciones a causa de su enfermedad; con nauseas; durmiendo a horas extrañas; desvelado en las noches; jugando al tenis cinco minutos o un partido completo; pedaleando sofocado por Avenida del Libertador con alguna de sus hijas; dando charlas contando su enfermedad; con los dedos de las manos grises; acompañando familiares en sus últimos momentos de vida (a su padre y madre queridos); visitando amigos; manejando; operando a quienes otros habían descartado, para salvarles un pie, un dedo o su dignidad; atendiendo pacientes en lugares inverosímiles para que puedan consultarlo gratis luego de viajes larguísimos y costosos; compartimos cafés en estaciones de servicio, también licuados, tostados y copas del mejor vino del país, en lugares impensados. Y, claro, fuimos objeto de su generosidad infinita. 


Junto a su familia. A Miguel Justo Mariano Paz le diagnosticaron Mieloma Múltiple el 14 de julio del 2015. En diciembre de ese año, se realizó n trasplante autólogo (autotrasplante) de médula ósea




No es un héroe, tampoco posee poderes especiales; ni siquiera pudo evitar la invasión del bicho come células; no es imbatible; ni tampoco eterno. Pero Miguel mira de frente, incluso cuando mastica el dolor al caminar o al levantarse de una reposera demasiado baja. Quizá se trate de eso y de nada más, como receta para transitar este espacio de tiempo en un planeta suspendido en la inmensidad de la nada. Cabeza en alto, sonrisa disponible en los labios, pasión por vivir y una buena propina para el mozo que le trae amable lo que sabe que toma siempre en los bares, uno de sus ejes del universo. Tendrían que verlo. 

 Nos mira 
El Volcán Lanín tiene una altura de 3776 metros y se considera activo. La naturaleza tiene sus tiempos y nosotros, Homo Sapiens Sapiens, advenedizos y egocéntricos habitantes de la Tierra, pensamos que todo se mide con nuestra vara. Pero no. Se calcula que la última erupción del Lanín se produjo hace más de 1600 años, una fecha reciente para la historia de la evolución y una eternidad para la humana. Cuando los denominados Bárbaros invadían los restos del otrora poderoso Imperio Romano, aquí en Argentina, en la provincia de Neuquén, la montaña de nombre Mapuche rugía. 

Parecía mirarnos. Salíamos al jardín y allí estaba; bajábamos a Junín a hacer compras y seguía nuestro itinerario; a la noche, con lunas inmensas y blancas, asomaba borrosa su cumbre nevada. Siempre ahí, como vigilando los movimientos de los seguidores de Miguel. 

Llegamos un día de mitad de semana y esa noche, durante un asado en la casa principal, compartimos charla, brindis, anécdotas de montaña y de vida con el Teniente Coronel José Ignacio Silvani, su mujer Carla (testigo de casamiento de Miguel) y su reemplazante a días de asumir, con mismo rango, al frente del Regimiento de Infantería de Montaña 26, Héctor Guillermo Makaruk. Grandes conversadores y avezados montañistas, como luego también lo apreciamos en sus dirigidos, durante nuestra estancia de una noche en el refugio del RIM26 a 2300 metros de altura. Carla fue la que primera nos recibió al bajar del avión y la que nos llevó a la Estancia Leufú en su camioneta, atestada de bolsos y mochilas, que nunca supimos como entraron en ella. También estuvo con José Ignacio, días después, antes de que tomáramos el vuelo de regreso a Buenos Aires. Los saludamos de pasada en la ruta, frente a la morada que se aprestan a dejar este mes, para ir a otro destino militar. Y, vale mencionarlo, estuvieron mediante una llamada telefónica al refugio de montaña del Ejército Argentino, pasado lo más riesgoso de la aventura, para consultar si nos encontrábamos bien. De nada sirven las palabras si la amistad se manifiesta en gestos. 





Al otro día, picnic en el río Chimehuin, con expectativas crecientes y un nerviosismo propio de novatos frente a un test impensado. Diego Piazza, experto pescador de truchas, ofició de enseñante de Nico, Miguel y Facu, en el arte de la pesca con mosca. Los carteles con la denominación de las calles de Junín de los Andes, por ejemplo, tienen la imagen de una trucha. Parece ser, que este río fue pionero en la pesca deportiva de este tipo de pez en nuestro país. También, cuenta la leyenda, quién bebe de su agua, termina volviendo a la ciudad. De ser así, tendremos un regreso asegurado. Qué así sea. 

Esa tarde de jueves el Negro Ricardo Calderón, nuestro guía principal, hizo un chequeo de equipos en “Los Cerrillos” y nos dio su primera charla explicativa. Sobrio, amable, directo, sin dar lugar a las tonterías o bromas de siete tipos ansiosos. Luego, en el Parque Nacional Lanín, se sumarían Micaela Insúa y Antonio Moya. Profesionales los tres, parecía que caminaban en el jardín de su casa cuando los veíamos desplazarse por subidas pronunciadas, en la nieve o sobre pendientes resbalosas. Los tres fueron parte crucial de esta aventura Migueliana. 

La caída del sol, por la latitud del lugar en donde estábamos, ocurría tarde. Por ese motivo, la luz de la estrella principal perforaba los límites que le imponían los Andes hasta pasadas las nueve de la noche. Luego, se iniciaba el gobierno del único satélite de la Tierra. 

La tensión se percibía, alivianada por las gentilezas de Gumer y Aldo en materia culinaria. Scons calentitos por la mañana. También, pan casero con mermelada. Y en las comidas principales, un increíblemente sabroso mousse de limón y unas ensaladas cuyo aroma y combinación de colores, serían la envidia de cualquier chef. 

 Impacientes hicimos noche, con las mochilas listas o a medio terminar, sumergidos en sensaciones contradictorias, matizadas por chistes, ocurrencias y miradas perdidas frente a un paisaje descomunalmente excepcional. 

 Vamos yendo 
Salimos puntuales a las ocho de la mañana del viernes y aproximadamente una hora y minutos después llegamos al Parque Nacional Lanín. Nos registramos, acomodamos las últimas cosas en las mochilas, mandamos los últimos mensajes de WhatsApp y realizamos los últimos llamados a nuestras familias o amigos. Luego, comenzamos a caminar hacia el primer objetivo del día: llegar al refugio que está ubicado a 2300 metros de altura, en un tiempo estimado de cuatro horas. 

Desde los primeros pasos, Miguel marcó el ritmo del ánimo. Conversó, hizo chistes, lanzó frases para contagiar al grupo y se auto motivó. Esta última faceta, es algo característico de su personalidad. Si lo escuchas hablar, te va a confesar que se siente cómodo ante los retos. Su estado natural es alguna incomodidad por resolver, algún límite por franquear. Por eso, no es llamativo que el golpe que supone una enfermedad crónica como la que el transita, su cabeza lo haya diseccionado, analizado y convertido en un desafío singular. No buscó preguntarse por qué le tocó a él y si ese interrogante sobrevoló su mente, lo erradicó de manera tajante. El asunto para él fue sencillo: tengo esto, entonces saquemos lo mejor de la situación y potenciemos al máximo las posibilidades que poseo dadas las condiciones de salud que sobrellevo. Por ese motivo, elige metas, edifica desafíos, se traza objetivos. La vida para él es una marcha constante hacia adelante. No es que no sea consciente de su estado de salud. Pero su concepción de la vida es más rica, tiene más aristas, más matices y descansa sobre una voluntad irrefrenable por vivir. Antes de la noticia recibida en julio del año 2015 era un tipo así. Luego de ella, solo hizo falta que se disponga a profundizar esos rasgos en su personalidad.


Miguel durante trasplante (2015)




 La caminata, cada vez más empinada y resbaladiza, con las espaldas cargadas con mochilas con un peso aproximado de doce kilogramos, confirmó lo que veníamos viviendo en “Los Cerrillos”. Se fue forjando naturalmente un equipo humano, algo de lo que leí bastante por mi vida profesional, pero que vivencié en su mejor versión, en esta aventura neuquina. Palabras, gestos, ayudas con el peso y para mantener el equilibrio, preguntas concretas y breves sobre el estado de ánimo de cada uno, silencios, pausas para ver el paisaje, chistes, brazos de apoyo, breves miradas emocionadas. No faltó nada. 

Llegamos al refugio en tiempo y agotados. Teníamos desde las dos hasta las seis y media de la tarde para descansar y, en ese último horario, cenar, para dormir luego y continuar la marcha hacia la cumbre de noche, a partir de las dos de la mañana. Este cronista, luego de una charla seria del Negro Calderón y de Mica, plantó bandera en el refugio y decidió esperar al resto del equipo en los domos que lo conforman. A la postre significó que el equipo no perdió un guía (cuando alguno decide no seguir durante la escalada, lo acompaña un guía en su descenso) que fue esencial para una parte complicada del ascenso en donde dos integrantes del equipo tuvieron que hacerlo atados con sogas; también facilitó que uno de los miembros del grupo pudiese usar su calzado para terminar la faena y fue un factor menos, para no agregar tensión a un ascenso complejo que requiere concentración. El Lanín no es una montaña sencilla, ni tampoco la primera para iniciarse en las lides del montañismo. En esa decisión encontré apoyo de todos. No sin cierta emoción amanecí y comí algo, viendo un paisaje increíble, en donde resaltaba el contorno completo y la belleza natural del Lago Tromen. 

En una cena con horario anglosajón (18:30) brindamos con vino, comimos pastas bien hechas y sabrosas en el domo comedor, para luego acomodarnos los siete, en nuestras bolsas de dormir y enfrentar una noche breve e intensa, en un lugar único. A la madrugada, un toque en el hombro nos fue despertando. Los vi salir uno a uno. Al rato concilié el sueño. Unas horas después, desperté y me dispuse a esperar. Si todo salía bien regresarían al refugio entre las dos y las tres de la tarde, haciendo cumbre unas horas antes: alrededor de las diez de la mañana del sábado. 

 Ahí está 
En la oscuridad, mirando el suelo enfocado con la “linterna bincha” sostenida alrededor del casco, protección imprescindible ante la siempre altamente probable caída de piedras, la marcha prosiguió. A medida que la altura aumentaba, crecía también la pendiente y el sendero se agostaba. El día, increíblemente excepcional, sin viento, sin un frío intenso en lo más alto, con calor en las alturas más bajas, parecía haberse puesto de acuerdo con los montañistas y su proyecto. Un sábado soñado climáticamente, como pocas veces ocurre en el Volcán. 

Algunos podían mirar el paisaje, otros se centraron en sus pies y en donde estos se apoyaban. A veces usaron las manos y los bastones, que llevaron durante todo el trayecto desde la base del Lanín, para lograr equilibrio y sostenibilidad. Cuando la tierra y las piedras se convirtieron en nieve, los crampones fueron puestos en las suelas de las botas, para un mejor agarre. Pero siempre caminando, salvo en los descansos para tomar agua o comer frutos secos y barritas de cereal. Pasos cortos, de a un por vez, precisos, firmes, a un ritmo continuo y con un objetivo cada vez más cercano. 


Miguel en la picada, después del ascenso




La zozobra y la tensión, no faltaron a la cita, con un Miguel agotado pero entero mentalmente, cuidado desde que llegamos a Junín. Por momentos, parecíamos seis padres con un hijo díscolo, desordenado, rebelde, bromista, que nunca te va a decir que no puede, que le escapa a lo doméstico, pero que siempre se las arregla para tener un café en mano por obra y gracia de alguien que se apiada de su impericia con lo cotidiano de una casa. 

Y ahí estaba. Un espacio blanco de unos cuarenta, cincuenta metros de diámetro, en lo más alto, luego de ascender la cara norte del Volcán Lanín. Ahí estaba la meta de Miguel, su cumbre, el desvelo de estos meses de espera, entre quimios intravenosas cada tanto y por vía bucal de modo regular, agrisada sin éxito por los temores de sus médicos, los miedos de su familia y los insultos amables de sus amigos cuando le reprochaban la locura de su proyecto. Ahí estaba el sueño de los padres de Giuliana, una paciente de Miguel. Una niña que a los doce años contrajo cáncer y que falleció hace un par de semanas, a los dieciocho. Era para ellos también, que conocían el objetivo y que lo disfrutaron como nosotros, a pesar de su dolor. Pudimos escuchar el mensaje que le envió a Miguel Giulana, instantes antes de irse de este mundo. “…Disfruten de la vida, amen a su familia, junto a sus amigos serán lo más valioso en momentos de incertidumbre. Sean los mejores amigos de sus amigos, no los abandonen en el sufrimiento, rían hasta que duela, bailen hasta que amanezca, vivan su vida y dejen vivirla, admírenla, hagan lo que quieran con ella mientras no dañe a nadie más. Confíen en Dios, los guiará en su camino sea corto o largo. Amen fielmente y sigan manteniendo la unión incluso en momentos de pérdida en donde toda fe parece desvanecerse. Beberán de las mariposas en las pequeñitas flores rosadas que crecen en los jardines, en los tréboles, en las rosas color neón y en las flores amarillas. Si no me ven en ningún lugar no se preocupen, quizá tenemos nuestros propios códigos. Háblenme que los escucharé. Recuérdenme porque yo también a ustedes…” ¿Cómo Miguel no iba a llegar? ¿qué podía impedirlo? Giuliana traccionó el último esfuerzo de sus piernas agotadas, aplacó las molestias del esfuerzo e iluminó más el azul intenso del cielo de los Andes. El agradecimiento a Miguel, de esos padres, por haber llegado a la cima del Volcán, fue uno de los gestos más conmovedores que escuché en mi vida. 





Abrazos, emoción, fotografías y suspiros profundos confundidos con el cansancio. Ahí nomás del cielo, casi rozándolo. En la montaña no te sentís invencible o dominador de un mundo contemplado desde las alturas. Sos parte de algo más grande. El ego se desploma y se amolda a la dimensión más plena de la condición humana. Cuando a la noche, comiendo en lo de Aldo y Gumer empanadas de carne, fritas en grasa en un disco, acompañadas de vino y rematadas con tarta de manzana y helado casero de Arándanos, asomaba el Lanín entre las penumbras, la incredulidad de haber estado allí, afloraba. 

 “Sobrevivir para después vivir” tenía escrito la bandera que desplegó el grupo en la cima. La imaginó el ideólogo de esta empresa montañista y sintetiza su existencia. Si la leen bien y en voz alta, el énfasis de la oración se encuentra en la palabra vivir. Del Latín Vivere, su significado se refiere a “…tener o poseer vida propia…”. También a “…perdurar en la voluntad, en la memoria y en la consideración…”. Quizá, los diccionarios tendrían que agregar el sustantivo Miguel y de otros como él, como sinónimo del verbo vivir. 

 Volvamos a casa 
Me buscaron a tiempo, ordenamos las cosas y recibimos el llamado de José Ignacio, facilitado por un soldado un tanto incrédulo, que nos preguntó si éramos el grupo de médicos sobre el cual su jefe pedía información. Posteriormente, iniciamos el descenso. Las últimas cuatro horas, los cumbristas sacaron energía de la voluntad y de la felicidad del objetivo cumplido. La novedad fue que sumamos un cuarto guía: Miguel, quién encabezó el descenso. Iba primero, con paso decidido y regular, con una presencia de ánimo notable. Confirmé mis ideas acerca de su persona. El tipo tiene una locura particular contagiosa. Está loco por vivir. 


Empanadas y cordero, para reponer energías




Llegamos a donde habíamos partido un día y medio antes. Ver algunas casas, autos estacionados, una ruta de ripio y humanos sin vestimenta de montañismo, llenó de alegría la vuelta. Un regreso qué se coronó con un brindis con cerveza y una picada tipo picnic administrada por el Negro, Mica y Antonio. Ellos tres fueron, nobleza obliga, una parte fundamental de lo que terminaba de pasar. Ellos habitarán siempre en la memoria de esas jornadas. 

Languideciendo, subimos al auto y a la camioneta que nos llevó de regreso a Estancia Leufú. Hablando pausado, entre bostezos, con una excitación sofocada y con un deseo imperioso de dejar mochilas, botas y sumergirse de una vez por todas, en un baño reparador. Nos recibió la bonhomía de Gumer y Aldo. Cenamos en su casa. Diego Piazza, familiar de los dueños de “Los Cerrilllos”, nos relató que en pocas oportunidades invitan gente a su hogar. Él recordaba una vez sola el haber comido allí, muchos años atrás en el tiempo. Fue una cena plácida, tranquila, no solo producto del cansancio, sino de la paz que ellos emanan. El día que partimos para tomar el vuelo de regreso a Buenos Aires los despedimos con abrazos y sus ojos húmedos formaron nudos de emoción en nuestros corazones. 


En la cumbre, una vista única




El domingo amanecimos temprano y ese día, nutrido de un poco de carne y chorizos a la vera de Chimehiun, nos ayudó a recuperar parte del cansancio. Algunos pescaron, otros se relajaron mirando el paisaje o sumergidos en el agua transparente del río. La tarde pasó entre anécdotas y cuentos, entre sensaciones y reflexiones. No éramos todos amigos previamente. Pero quedó algo allí, distinto a la cotidianeidad de la amistad, diferente a las convenciones del trato. Un ancla clavada entre “Los Cerrillos”, el Lanín y Junín de los Andes: la memoria de unos días felices. 

La noche nos recibió con cordero patagónico y brindis múltiples. El lunes, con la lentitud de armar los bolsos, el traslado y los trámites del vuelo de regreso. En el avión, la vista del paisaje de un país de otro mundo, extenso, lleno de colores, de cauces de agua, salpicado con pueblos y ciudades. El aterrizaje, en la capital de la República. Una Buenos Aires atiborrada en su dinámica natural, acelerada por el clima navideño. Allí, me encontré caminando con ampollas y molestias en los dedos del pie, sobre Avenida del Libertador, a un ritmo lento, buscando al fondo de cada esquina la sombra de una montaña y entre el murmullo citadino, el eco de unas risas que se quedaron flotando en el cielo de Junín de los Andes. 

Y en el sur patagónico, el Lanín, recordando la mirada firme de Miguel al montarse en su cumbre, por un momento, lo sintió su hermano.  



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