Marina con sus hijos Ciro y Sarita (Marianela Hut)

La Ciudad

Marina Díaz Mels

Veterinaria de familia

10|04|22 10:53 hs.

Por Valentina Pereyra


“Ser nómade, ser de aquí y de allá, me permitió no sufrir el desapego”. Marina Díaz Mels no dudó ni un instante cuando tuvo que elegir qué especialidad estudiar. Heredó la pasión por los caballos de su padre y aceptó el legado con entusiasmo. 

Cursó en Tandil sus estudios universitarios y con la especialidad en equinos recién estrenada se fue a trabajar a San Antonio de Areco, General Sarmiento y Lincoln, la región bonaerense de producción equina por excelencia, donde desarrolló una carrera entre caballos de polo, de carrera y de campo. 

Llevaba en su maletín conocimientos universitarios y práctica de campus, estaba decidida a incorporar nuevos conceptos de estética, personalidad, belleza, formas de ser, cariño, paciencia, trabajo en equipo y artesanal. 

La frescura de las mañanas campestres recibió a Marina con los brazos abiertos. Todo por saber de los animales de perfil recto, piel fina, cuello largo, cruz prominente, lomo corto o los de esqueleto fuerte, temperamento sanguíneo, cuerpo musculoso y grueso. Las jornadas laborales comenzaban a las cinco de la mañana y con suerte terminaban a las seis de la tarde. 

De regreso a casa, Violeta, su perra, festejaba su llegada con movimientos de cola y saltos. El padre de Marina estaba a cargo del destacamento policial de Pedro Luro cuando ella anunció su llegada al mundo. Fue por esta casualidad que nació en Bahía Blanca donde luego de otros destinos, regresó para cursar sus estudios primarios y secundarios.

El trabajo de su papá en la Policía los hizo armar y desarmar valijas, entrar y salir de jardines de infantes, de escuelas primarias, de una casa a la otra. 

Recaló con su familia, padres, hermano mayor y hermana del medio, en Claromecó, Tres Arroyos, Pringles, Punta Alta y nuevamente en Bahía Blanca. 

Nunca perteneció a un solo lugar. Pero el amor es más fuerte. En Claromecó construyeron lazos familiares con Héctor y Tonona Sacco, especialmente Marina quien se hizo muy amiga de Leticia, la hija del matrimonio. 

Los primeros pasos del preescolar los hizo en el Jardín Stella Maris, y el primer grado en la Escuela 3 de nuestra ciudad. Quién iba a imaginar que volvería a Tres Arroyos para formar una familia, instalarse, llevar a sus hijos a la escuela, hacer amigos y reinventarse. 

Sí, reinventarse, porque Marina tuvo que pensar en otra forma de ejercer su profesión. “Estoy acostumbrada a no vivir en un lugar fijo, pero nunca me imaginé en la vida que iba a volver a Tres Arroyos con la que no tenía ningún nexo”.

No hay mayor amor 
“Todo te prepara para algo, haber estado en tantos lugares y conocer tanta gente me permitió adaptarme a la situación que venga, me preparó para buscarle la vuelta a todo y sacar la mejor solución”. 

Durante unas vacaciones en Claromecó, invitada por su amiga Leticia Sacco, conoció a Sebastián Goicoechea que hoy es su esposo. “Regreso a la ciudad por el noviazgo que inicio con él. Después de esas vacaciones, seguí trabajando con caballos en San Antonio de Areco full time y él en Tres Arroyos. Así que en un momento tuve que decidir y el corazón es más fuerte. Por eso me vine. Pensé que podía seguir trabajando con la misma intensidad con los equinos, pero no fue así”. 


Junto a su esposo Sebastián Goicoechea


El deseo de formar una familia la movilizó hacia Tres Arroyos. No vino sola, la acompañó Violeta, su perra de soltera que comparte amor con sus hijos. Un año después de residir aquí llegó Sarita, de ocho años y después Ciro que tiene tres.

Su prioridad fue pasar tiempo completo con sus hijos como su mamá hizo con ella. El trabajo en el campo no congeniaba con bebés, huevitos, teta, biberones, papilla, siestas.

Como la producción equina no es igual en nuestra región como en la que trabajaba, pensó en un plan B. “Nunca había hecho pequeños animales, mi vida era el trabajo con caballos ahora también atiendo, pero en menor medida, así que me animé después de que mi amigo, el veterinario Gustavo Sabatini, me ofreciera hacer domicilios. No era lo mío, pero él me incentivó y ahora amo a los pequeños animales”. 

Barajó la opción de abrir una veterinaria propia, pero era incompatible con la crianza de sus hijos, “yo sé que muchas mujeres pueden hacerlo, pero decidí ocuparme personalmente de ellos todo el tiempo posible”. 

El cambio fue radical, aunque no la asustó para nada. “Tuve que hacer una modificación en mi profesión, no la podía dejar porque amo mi trabajo, no puedo parar, de hecho atendí con un bombo enorme antes de que llegara Sarita y lo mismo con Ciro”. 

A domicilio
“Mis clientes sabían que llegaba cargando los chicos en sus huevitos. Tuve que empezar otra vida, quería estar primero como mamá y después como veterinaria, por eso empecé a trabajar con ellos a cuesta”. 

Marina descubrió un mundo amoroso en cada familia que la llamó para atender a sus mascotas. Personas solas, grandes, familias pequeñas o numerosas, “la gente es muy amable y ahora que los chicos están escolarizados, ya no los llevo tanto, pero les encanta acompañarme”. 

El boca a boca impulsó su profesión y pasó de acariciar enormes animales a ser el ángel guardián de los que viven en casas de familia. “Llené un huequito que faltaba, así que tuve más trabajo del que esperaba”. 

Marina recibe lo que da, palabras amables y gestos amorosos. “Es un trato personalizado, me involucro mucho con el paciente al ir a su casa, te pasan otras cosas que a veces juegan a favor y otras en contra”. 

Adaptación 
“Me sorprende lo que me adapto, hace nueve años que vivo en Tres Arroyos, llegué un año antes de que naciera Sarita”. A pesar de estar acostumbrada a los cambios, la adaptación a la nueva comunidad no fue tan fácil al principio, sin embargo la socialización llegó lenta, pero segura. “Trabajar te abre puertas para conocer gente y estar ocupada, activa”.

Marina conoció otra realidad durante sus visitas a domicilio para atender a sus pequeños pacientes: “Amo y me sorprende la inteligencia de los animales, los sentimientos que tienen y cada vez más las personas se acercan a las mascotas, cada vez el vínculo es más fuerte y la gente se apoya en sus mascotas. Nos entienden, nos acompañan a pesar que a veces les damos la bolilla justa. Ellos nos perciben, lo veo cada día y me sorprende el nivel de evolución de los animales, como los caballos que son terapéuticos”.


En el centro de transferencia Doña Pilar, en Lincoln, recolectando embriones. María la ayuda en esta tarea


Hace un tiempo se capacitó en terapias con caballos, pero consideró que debía tener un buen equipo de profesionales para hacerlo responsablemente. “El caballo se vincula con todas las personas de manera sanadora, es innato, tiene la intuición, la percepción, por eso acompaña a los niños o personas con cualquier patología, solo con tocarlo transmite su energía, por eso el caballo es el animal elegido para las terapias, tienen una vibra y una esencia especial”. 

La paz que trasmiten pueda disipar cualquier situación de estrés, “es una energía que suma, y los caballos como los pequeños animales, brindan amor desinteresado e incondicional”. 

Como los caballos de salto, Marina supera las vallas, “cuando tenés una convicción y querés hacer lo que amas o te gusta, aunque haya mil obstáculos, siempre se puede lograr”. 

Los tresarroyenses la adoptaron y le abrieron las puertas. Marina es su veterinaria de familia.  

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A pura sangre
Marina cursó sus estudios veterinarios en Tandil y se especializó en equinos. “Es algo que elegí y que siempre quise hacer por el amor que mi padre les tiene”. 

En San Antonio de Areco trabajó en haras de puros: En reproducción, preñando, con yeguas, potrillos al pie, padrillos, los servicios y el sistema de reproducción. “Trabajé con caballos de Polo y en un Centro de Transferencia de embriones en Lincoln”. 



Marina trabajó cuatro años en Doña Pila, con yeguas jugadoras de Polo, “cuando terminan los abiertos importantes se inseminan las yeguas. Se extrae semen al padrillo, se procesa y se insemina. Luego hay que esperan 14 días para hacer el lavaje de útero y extraer el embrión. Luego del proceso se implanta a una yegua receptora de campo que se sincroniza con la jugadora que es la donante. El siguiente paso es implantar el embrión, entonces, la receptora lleva 11 meses en su vientre a un ganador”. 

Actualmente la tecnología reemplazó alguno de los pasos del proceso y gran parte se realiza in vitro. “Empecé sacando semen, luego inseminé, después hice los lavajes y el último tiempo implantaba, trabajaba desde las cinco de la mañana hasta las seis de la tarde en equipo junto a doce veterinarios”. 

Marina también fue parte del equipo veterinario de un club de salto donde hacia clínica. No se alejó totalmente de sus caballos, de vez en cuando tiene pacientes en algún campo de Tres Arroyos y su zona a los que atiende por patologías clínicas, aunque es una tarea diferente a la que realizaba con equinos de alto hándicap. 

Desempeñó la especialidad que eligió durante diez años, luego se reinventó y por amor a su familia se convirtió en la veterinaria que va de casa en casa atendiendo pequeños animales, mascotas queridas que aprecian sus bondades.  



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