Sociales

Cuento de Inés Peláez

Décimo piso

28|11|22 22:06 hs.

Segundo capítulo de textos pertenecientes al Mundial de Escritura. Recordamos que todos los cuentos aquí reproducidos fueron realizados por escritores locales que formaron parte de la competencia. 


En este caso presentamos un texto de Inés Peláez:

Décimo piso
Era muy prolija en su aspecto, el corte carré enmarcaba un rostro de facciones suaves. La nariz discreta, los labios finos y unos ojos almendrados que casi siempre se ocultaban tras ese par de anteojos de marco metálico. Sería tal vez por eso que casi nadie notaba su color gris profundo, o porque bajaba la vista cuando alguien subía el tono más de lo debido. Sus amigos la definían como una persona responsable, había terminado la secundaria en tiempo y en forma y a los dieciocho empezó el traductorado de inglés en el Instituto Lenguas Vivas de Carlos Pellegrini y Posadas. 

Nunca cambió de trabajo, recién salida de las aulas la contrataron en Translations S.R.L. donde se desempeñaba como intérprete bilingüe y, si bien se habían presentado algunas oportunidades de crecimiento, los socios siempre concluían eligiendo a otra profesional. A su modo de ver, los parámetros de selección pasaban más por el color de las sábanas que por los conocimientos, pero no perdía las esperanzas de que un futuro no muy lejano pudiera tener su despacho en el décimo piso. 

Esa mañana de junio ella salió con su portafolios como todos los días. Tomó el subte en Plaza Italia, siempre atestado de gente, no cabía un alfiler. Un morocho de ojos rasgados le cedió el asiento, cosa que le pareció inusual. Le agradeció con una media sonrisa y se sentó cruzando las piernas con disimulo. 

 Se bajó en estación Callao y compró una medialuna en el puesto de siempre antes de llegar a la oficina. En el ascensor se cruzó con el director, el Sr. Poleman, que le dirigió un saludo insípido cuando ella descendió en el noveno. Hacía ya doce años que trabajaba en la empresa, pero su sensación era que nadie la registraba.

Al traspasar la puerta de vidrio se dirigió a su box, ubicado en el centro de una planta abierta, separado de sus colegas por finos paneles de Durlock. Le molestaba no tener más privacidad. Se imaginó entonces en el despacho del décimo piso, ese ventanal generoso con vista a la avenida. Pudo visualizar la foto de su mamá sobre el escritorio y hasta el lapicero que le regalaron los compañeros de curso, pero rápidamente volvió a la realidad, para repasar las disertaciones del XXV Congreso Internacional de productores de soja de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires.

A pesar del esfuerzo que hacían las secretarias para que todas las presentaciones llegaran a tiempo, siempre había que reclamar alguna. Resultaba importante ponerle cabeza a los vocablos técnicos porque la jerga de cada disciplina era bastante particular, no podía correr el riesgo de no encontrar la palabra exacta. Faltaba solo una ponencia. Correspondía a un agrónomo chino experto en transgénicos que estaba llegando de Shanghái en pocas horas al aeropuerto de Ezeiza. Levantó los hombros con resignación, no había forma de reclamar nada hasta que aterrizara, aunque quisiera. Uno tras otro revisó los PDF de las primeras charlas de la tarde sin encontrar dificultad y terminó con su trabajo cerca del mediodía, momento en que decidió que ya era hora de ir al centro de convenciones. 

Paró un taxi en la avenida que la dejó en el Sheraton de Catalinas mientras pensaba cómo se las arreglaría con la ponencia faltante. Al ingresar se presentó en la mesa de acreditaciones donde le dieron su credencial de staff y se acercó a la coordinadora del evento que le entregó un pen drive con la información que necesitaba. 

Pensó en ir a la sala de prensa para bajar el documento, pero se distrajo con el ir y venir de las bandejas, ya habían empezado a sacar los bocaditos y ella estaba famélica. Sintió la necesidad imperiosa de maridar ese canapé de salmón con una copa de vino. Dejó la notebook apoyada sobre un parlante para poder tener las dos manos libres y vio pasar de nuevo al mozo, esta vez era un chardonnay del Valle de Uco, no se pudo resistir. Un poco más tarde, quedó encandilada bajo los influjos de unos langostinos apanados en panko y esta vez decidió que un espumante acompañaría muy bien. 

Creyó oír su nombre por los altavoces, la llamaban por el micrófono solicitando su presencia en las cabinas de interpretación simultánea. Sintió que le costaba caminar un poco con los tacos aguja, y fue apoyándose en las paredes para no darse un porrazo. Pensó en el décimo piso, y no pudo contener la risa, tal vez ya era hora de cambiar de empleo.  




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