La Ciudad

“Casa Carlitos” cumplió 50 años

“La bicicleta es parte de mi”

18|03|18 10:40 hs.

A los 20 años a Carlos Prieto le surgió un problema que terminó transformándose en una gran oportunidad. Evitó el servicio militar porque se sacó número bajo en el sorteo, pero ya había renunciado a su trabajo de peón de albañil pensando que se iba a hacer la colimba. Entonces de la noche a la mañana debió generarse un empleo.


“¿Qué podía hacer? Yo competía y la bicicleta me la armaba yo; en la misma cuadra había una bicicletería del padre de un amigo, que me había enseñado algunas cosas. Entonces me dije: ‘¿y si pruebo con esto?’”, recuerda Carlitos sobre aquellos días de 1968. 

Así fue que, con la aprobación de su padre, liberó el viejo garaje de la casa de Paso al 600, puso un cartel en la puerta, y abrió su bicicletería. “Empecé sin herramientas ni nada. Después un vecino me regaló algunas, y cuando tenía que hacer ciertos trabajos iba a la bicicletería del papá de mi amigo, pedía permiso y laburaba ahí”, cuenta Carlitos que así, casi sin querer, comenzó su trayectoria en el oficio que terminaría siendo su medio de vida y también el de sus hijos. 

De hecho, el viernes pasado la bicicletería “Casa Carlitos” cumplió las bodas de oro y es una de las más antiguas de Tres Arroyos. “Los primeros dos años fueron duros, me la pasé haciendo arreglitos y emparchando cubiertas. Hasta que en 1970 me pude mudar al salón donde hoy tenemos el taller, que era un bar que atendía mi viejo, y la cosa se puso más seria. Además, ya había captado cierta clientela”, cuenta Carlitos. 

En esos tiempos la bicicleta era el medio de transporte de una gran cantidad de gente así que trabajo había. “Gracias a todo lo que laburaba me pude ir comprando herramientas, y en 1972 me compré el compresor. Eso fue fundamental, porque me permitió armar mis propias bicicletas. Yo hacía todo el trabajo, hasta las pintaba entonces las bicicletas las dejaba nuevas. En un momento llegué a tener 50 bicis en arreglo”, recuerda. 


Con orgullo, Carlitos cuenta: “Nosotros hoy estamos trabajando con la tercera generación, con los nietos de los clientes del momento que arranqué”.


Al margen del buen trabajo que hacía, tuvo una idea que le potenció la llegada de clientes: Carlitos se había armado cinco bicicletas que estaban a disposición de la clientela. “Si el arreglo que tenía que hacerte en la bicicleta me iba a demandar un par de días, te entregaba una de las mías para que pudieras movilizarte y no te quedarás de a pie. Eso hizo que, a partir del boca a boca, viniera mucha gente”, explica. 

Sentado en el taller de la bicicletería que hoy está en manos de su hijo Juan, Carlitos desanda en unos pocos minutos los 50 años de trayectoria. Habla con pasión, y también con crudeza. “Yo tuve el privilegio de fundirme tres veces y volver a empezar las tres veces. Con los militares en la década del 70, con Menem en los 90 y con De La Rúa en los 2000”, dice. 

"Cuando parecía que ibas bien, que estabas afirmado, te volvías a caer”, agrega. De las tres, la más profunda y la que más fuerte le pegó fue la de 2001. “En 1996 abrimos una bicicletería en avenida Belgrano. Alquilamos un salón y pusimos un negocio como no había en Tres Arroyos, con todo. Mientras que acá, en Paso, hacíamos los arreglos. En esos tiempos recién estaba apareciendo la mountain bike”, comenta. 

Pero pese a realizar muchas ventas no pudieron escaparle a la crisis económica del país “y la recesión nos hizo capotar”, describe Carlitos. De un día para el otro, los Prieto se quedaron sin nada y tuvieron que volver a Paso. 

"Me cerraron la cuenta del banco, tenía 8000 pesos, que eran dólares en ese momento, dados en cheque, y 150 bicicletas entregadas que nunca pude cobrar porque la gente no tenía cómo pagarlas”, recuerda. 

Le costó salir adelante. Pero salió. Fue fundamental, como en toda su vida, el amor y la fortaleza de Marta, su compañera desde hace 49 años. Y también la obligación de darles un futuro a sus tres hijos. 

“No teníamos nada, sólo un montón de bicicletas viejas que los clientes nunca habían retirado. Así que empezamos a reciclarlas y a vender repuestos que les sacábamos. Con eso tiramos hasta 2003, cuando cerró el hotel en el que trabajaba mi hijo, lo indemnizaron y vino y me dio toda la plata a mí para arrancar con todo. Y empezamos de vuelta, trabajamos un montón, tapé todos agujeros, nos capitalizamos y levanté la hipoteca de la casa. Ese gobierno (el de los Kirchner) fue el mejor que vi en estos 50 años”. 

A lo largo de las cinco décadas, la bicicletería de Carlitos pasó distintas etapas. En una época se dedicó al armado de bicicletas, después también incorporó la venta de primeras marcas. 


Carlitos fundó la bicicletería en 1968. “La abrí en el garaje de mi casa, no tenía ni herramientas”, recuerda sobre el inicio


Por eso Prieto asegura: “Siempre fui un buen vendedor. A las Olmo las trajimos nosotros, las Venzo y las Vairo también. Así nos fuimos imponiendo”. 

Hace cinco años, Carlitos se jubiló, pero siguió trabajando casi tres años más hasta que decidió dejarle la bicicletería a su hijo mayor. Mientras otro de sus hijos -Luciano- abrió su local propio en la calle Sebastián Costa. El restante se recibió de veterinario en La Plata y hoy vive en Esquel. 

“A Juan y Luciano les enseñé el oficio desde chiquitos y para mí es una gran satisfacción que hoy sigan con esto. Lo mismo que dos de mi cuatro nietos, que también ya ayudan”, comenta. 

“Lo más lindo es que lo hacen porque les gusta, no porque no les quedaba otro. Esto te tiene que gustar porque es un trabajo de servicio”, agrega. En el cierre de la charla, Carlitos suelta: “Nunca aprendí a manejar y nunca tuve auto. Hoy sigo yendo a todos lados en bicicleta. Para mí la bicicleta es parte de mí, si me la sacás, me sacás todo”. 

Aunque espera unos segundos, y se retracta: “Mi familia es lo más, mi señora, mis hijos, mis nietos, y ahora tengo una bisnieta… Eso es lo más importante para mí”. 

“Siempre fui sincero con el cliente” 
Durante toda su trayectoria como bicicletero y vendedor de bicicletas, Carlitos asegura haber mantenido una conducta que fue la que le permitió “caminar por la calle sin problemas”. Se refiere a la franqueza con que se manejó con sus clientes. 

“Al que venía a comprarme una bicicleta nunca le mentí. Algunos me decían, ‘eh, pero es cara’. Yo les decía, ‘puede ser, pero vas a gastar una sola vez”, comentó. 

“Siempre fui sincero con el cliente, y eso se los enseñé a mis hijos”, agregó. “Yo les decía, está vale 1000 pesos, pero es medio pelo. Esta vale 2000, pero te olvidás”, comentó. 

“Y la gente me creía porque lo que yo les decía se cumplía”, completó sobre la cuestión. La buena relación que entabló con muchos de sus clientes es un tesoro que guarda con orgullo. 

“Cuando me fundí y tuve que cerrar la bicicletería de la avenida Belgrano, todos los clientes volvieron a venir acá. Esa es la satisfacción que te da la vida cuando mantenés una conducta. Yo no soy millonario ni nada que se le parezca, pero en la calle me saluda todo el mundo. Entonces mis hijos y mis nietros pueden trabajar tranquilos. Para mí eso vale u montón”, aseguró.