116 años junto a cada tresarroyense

ST 15. 0°
Despejado

Opinión

Por Juan Francisco Risso

Che… ¿y el blog?

30|09|18 12:51 hs.

Todos los buenos bloggers ponen su biografía. Algunas (como la de Hernán Casciari) son un ejercicio de ingenio, con una pizca de hecho real. La mía, a falta de ingenio, es toda real. Al menos el pedazo que tomé. Y lo dejo textual. 


Por lo que veo, la hice hace cuatro años. Estaba esperando el resto del blog, pero ustedes son amigos, y puedo adelantarles algo en la confianza de que no lo van a divulgar. Hay más capítulos de mi biografía. Este era el primero. 
                                                                .................................................................................................

Un episodio absolutamente impensado me permitirá ahora formular alguna precisión sobre el autor. Quien esto escribe. Yo mismo, claro… ya habrá notado cuánto me cuesta iniciar esto. Y también parecerá extraño que el desarrollo de este tópico pueda depender de un único y aleatorio hecho. Usted juzga. 

El episodio se ubica iniciado el año 2014, y transcurre dentro de un viejo Ford Galaxy, magníficamente mantenido, en momentos en que transita por una calle asfaltada de Tres Arroyos, a velocidad media, ya de noche, con sus luces encendidas. Les contaré. 

Iba yo al volante, y mi pequeña hija me formuló una pregunta más o menos así: -“Papá, si no hubieras sido abogado… ¿qué te hubiera gustado hacer?”. 

Seguidamente escuché otra voz que decía: -“Apagar pozos de petróleo incendiados”. 

El caso es que a bordo del Galaxy íbamos sólo mi hija y yo. No por nada la voz me resultaba conocida. Era mi propia voz, sí. Pero puedo jurar que la escuché como si fuese otro quien la articulara. Además fue una respuesta más rápida que mi propio pensamiento. 

Aún sorprendido, advertí que ahora mi memoria iba hacia atrás; era yo un pequeñín y estaba junto a mi padre, que probablemente leyera Mutt y Jeff en Clarín, matutino que llegaba ya entrada la noche. 

Estaría leyendo yo otra cosa junto a mi padre. Televisión no existía aún por aquí; radio tampoco solía escuchar. De allí, de mi lectura, habrá salido mi pregunta acerca de apagar incendios en pozos petrolíferos con explosivos. Una conversación que se registra unos cincuenta y cuatro años atrás. Y digo se registra porque mi memoria parece haberla registrado. Todo está guardado en la memoria. También lo que hemos olvidado. 

Aquella fue la primera vez que escuché hablar de “onda expansiva”. Fue una explicación somera. En su vida de ingeniero agrónomo y chacarero dudo que mi padre hubiese visto de cerca un pozo de petróleo. Mucho menos un pozo incendiado, y menos aún en trance se ser apagado. Pero a mí me fue suficiente. 

Esa misma explicación le di a mi hija, sin olvidar la onda expansiva. Dice Galeano que a veces una sola palabra sostiene todo el párrafo. Yo necesité dos, y estoy seguro de que cualquier niño que entienda castellano intuye esa “onda expansiva”, y su profundo soplo, que apaga la inmensa columna de fuego. De hecho, no hubieron repreguntas.

                   ----------------------------------------------------------

Con las manos sobre el volante volví a sentir la fascinación de todo aquello. Quizá me fascinara el procedimiento de apagar el pozo incendiado, quizá me fascinara el sujeto que sabía hacerlo. Porque siempre supuse que había un tipo que era quien sabía ponderar y colocar exactamente las cargas, y luego detonarlas. 

Muchos -Borges entre ellos- han meditado sobre las funciones de la memoria. No dudo que films y novelistas han ido completando mi “recuerdo” de ese sujeto. A la fecha lo imagino más o menos de mi edad (unos sesenta) y de mi estatura. Más flaco que gordo, va mal afeitado y -sin ser calvo- no le sobra el cabello. El que tiene lo lleva… como cuadre. Póngale gafas clipper. 

Algunos no lo invitarían a su casa, ningún club de servicios lo convocaría como miembro. Por el contrario, su reino podría ser el bar; allí ocuparía una jerarquía interesante, incluso sobre parroquianos de mayor nivel económico y social: manejar así como así cargas explosivas exalta la masculinidad, a qué negarlo. Pero dejemos cervezas y whiskyes y bebedores, porque no es ese el punto. 

Un buen cineasta pondría al sujeto a bordo de un Piper Cherokee, cuando el piloto le señala una lejanísima columna de humo con su mano, y nuestro hombre asiente. Ahora él le hace señas de que se acerque más, y el piloto niega con su cabeza. La próxima toma lo mostrará caminando enérgicamente el escenario del incendio y señalando lugares. Otros colocan bultos, sin discutir ni preguntar. Alguien va desarrollando un cable por el piso. Pero tampoco es ese el punto. 

                                        ----------------------------------------------------------

El punto… no sé… ¿qué hace ese sujeto entre un incendio y otro? ¿Tiene además una ocupación burguesa? De él sólo sé que cuando se lo requiere, allí está, arribando en helicóptero, en avión o en pick up, y dando un vuelco a una situación delicada. 

Tengo la sospecha de que desde aquella noche de breve plática con mi padre, hace más de cincuenta años, vengo imitando este modelo. Comencé a sospechar aquella noche, dentro de mi Galaxy, teniendo yo sesenta y un años. Otros morirán sin saber quiénes fueron; no me quejo. 

                                     ----------------------------------------------------------------

Cuando me inicié en la abogacía, un colega de más edad me dio este consejo de trabajo: Tu estudio tiene que trabajar como un reloj. Y viendo mi cara, aclaró: Tu estudio no tiene que trabajar a los saltos ¿me entendés? Un esquema de vida. 

Él no pudo concretarlo jamás. Me consta. Tampoco yo. La revista del Colegio de Abogados (el número que recuerdo) tenía una portada muy especial. O muy común. La foto de un abogado sentado tras su escritorio. 

Habían buscado a un sujeto no gordo, pero rellenito, con una papadita apenas incipiente. Canosito también incipiente, afeitado de primerísima, de traje azul, camisa blanca y corbata oscura, el gordito movía un papel de un lado a otro de su escritorio, que era la imagen de la pulcritud y el orden. Así lo tomó la cámara, y así pasó a la imprenta, como portada. 

Mi escritorio es hermoso: una sola y muy gruesa tabla de madera oscura. Pero nadie lo ve, bajo la parva de papeles que mi cerebro controla y contabiliza en un ochenta por ciento. 

A diferencia del gordito prolijo, cuyo trabajo sigue la cadencia de un reloj suizo, en mi estudio cada asunto es un pozo por apagar. Suelen incendiarse torres más bien pequeñas, es cierto. Pero no siempre. 

En otra ocasión les contaré sobre los jóvenes hijos de un hombre asesinado. Sobre las promesas del más pequeño si la justicia no daba la respuesta esperada. No era yo el más tranquilo de la sala de audiencias: todo el tiempo envidié la tranquilidad del homicida. Pero no me temblaron las manos a la hora de colocar las cargas. Y siempre he pensado en obreros de casco y mono que se abrazan cuando el incendio se apaga. Lo apagamos, sí. Los hijos ya no se obsesionan; viven sus vidas. Y yo aún conservo las ocho o diez corbatas que compré en aquellos días de elevados estrados judiciales de madera oscura, de flashes y de grabadores. 

                                         ---------------------------------------------------------

He olvidado mencionar lo medular: que estos amantes de la dinamita raramente tienen proyectos. Se limitan a su labor del día -cuando la tienen- y al bar de la noche. Quizá son felices yendo de putas de tanto en tanto. No demasiado, además. 

Nuestro hombre ve a su hija, pongamos, una vez por año. De todos modos, tampoco un hijo es un proyecto propio. Adhiero a las palabras de aquel psicoanalista: los hijos deben traicionar a los padres. 

Sigo ignorando qué hace él entre uno y otro incendio. Yo escribo; aunque sólo algunas veces. No, no lo imagino escribiendo. Pero también yo he decidido traicionarlo, y hacer mi propia vida. 

Eso sí, sigo sin proyectos. En eso le soy fiel. 


Por Juan Francisco Risso