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Opinión

Escribe Esteban Ernesto Marranghello

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones

30|09|18 13:02 hs.

La política es el centro de la actividad de cualquier país, porque es la que otorga la fundamental herramienta que da origen al poder, con el cual las sociedades constituyen los ejes que definirán sus normativas de vidas oficiales, por las que deben regir sus actividades que marcan sus derechos, sus límites y, en definitiva, las leyes aceptadas con igualitarias posibilidades y similares obligaciones. 


Todo en el plano teórico que sustente una convivencia equilibrada, si se respetan las cláusulas propuestas y aceptadas por todos los sectores que conviven al amparo de esas normas. 

Claro, esto tiene el obligado compromiso de los seres humanos que constituyen la realidad concreta, que componen sus estructuras de conducta y acción. Y entonces comienzan los problemas que provocan, suficientemente comprobados, que las sociedades teóricas chocan y muchas veces fracasan, por la propia dinámica de las imperfectas conductas de los seres humanos que nutrimos las diferentes sociedades y países, unos mejores y otros peores.

Por eso a los mejores les va más normal su vida y a los peores se les complica seriamente su presente y su futuro. 

Los argentinos ya sabemos en qué lugar estamos y hasta que no lo aceptemos será difícil superar con éxito los desafíos que nos presentan. Somos una sociedad con componentes étnicos diversos, que por esa misma razón debería ayudarnos en nuestro accionar cotidiano a componer un país con la misma pluralidad de posiciones positivas, heredadas de nuestros ancestros, que sumaron sus particularidades y opciones al conjunto social y humano que constituyó el ser argentino.

Al Gobierno lo único que parece interesarle es la estabilidad de los mercados, el precio del dólar, las obligaciones a cumplir con la banca extranjera y las buscadas felicitaciones de los países que la manejan o integran el FMI


Ese aporte consolidó la base de una sociedad que absorbió las diferentes culturas y costumbres, que sin renunciar a su origen, conformó una identidad nacional en sus hombres y mujeres, para plasmar el argentino del futuro. 

De esta manera la sociedad argentina fue capaz de parir a quienes edificaron con capacidad, visión e inteligencia el rumbo de elegir y conducir las bases de la Nación. San Martín, Belgrano, Güemes y los héroes anónimos que los acompañaron en la epopeya libertadora. Rosas, Urquiza, los caudillos federales y los unitarios cosmopolitas, con las luchas internas de la organización que nunca renunciaron, ambos, a defender la esencia de la soberanía del país. 

Los constructores de organizar, educar y modernizar, a su manera, y estilo, una Argentina orgullosa de sus recursos y confiada en sus capacidades, abriéndose inteligentemente a la inmigración que necesitaba para construir un presente de oportunidades y un futuro de posibilidades.

Sarmiento, Roca, Avellaneda, Pellegrini, el perito Moreno, Vélez Sarsfield, entre muchos, creando las instituciones que fueron la base de la constitucionalidad. Los constituyentes de 1853, la Iglesia siempre activa y comprometida con el ser nacional, otorgando definitivas normas a la vida republicana.

En 1940, Argentina ocupaba un lugar destacado entre las naciones del mundo, por su potencial de recursos, por su sólida economía y por su estructura educacional y cultural, que la convertían, por sus propios merecimientos, en el país líder de América Latina, donde había que reflejarse en nuestro continente, como espejo de éxito.

Saavedra Lamas es un ejemplo claro de la calidad y capacidad intelectual de la política internacional que mostraba nuestra Nación. De esas épocas en más, desaparecidos los constructores de la Nación, con sus aciertos y sus errores, el país ingresó en etapas que fueron combinando resultados diversos, que por su incoherencia y falta de objetivos a largo plazo, desembocan en un presente contradictorio, de conductas políticas cortoplacistas, económicas y sociales.

Estas abarcaron todos los sectores fundamentales de la sociedad, públicos y privados, con su decadencia material y muchas veces moral que estancó el presente y comprometió el futuro, donde no aparece con nitidez la capacidad política de ningún sector para proponer cambiar la desesperanza y el cansancio de una sociedad harta de soportar propuestas y promesas de solución, que hasta la actualidad no se cumplen. 

La demostrada decadencia general, con las excepciones que siempre existen en la conducción de la política argentina, muestran de manera inequívoca, la carencia de una capacidad intelectual y una solvencia cultural basada en el estudio y la dedicación, con inteligencia para tratar de resolver los desafíos, estructurando análisis reales de los problemas, para poder resolverlos con solvencia y éxito, presente y futuro. 


Sergio Massa y el presidente Mauricio Macri en otros tiempos políticos y de la Argentina


La sociedad reclama con derecho que quienes gobiernan, oficialistas y opositores, se ocupen en serio de los cada vez más acuciantes problemas que afectan integralmente la vida, en todos los estamentos del país. 

Los únicos que no parecen tomar en serio y con capacidades de pensamiento y acción, la muy difícil situación económica y social que está arrinconando las posibilidades necesarias de una vida mínimamente digna, son los que prometieron, de un lado y del otro, gobernar para que esto sucediera. 

El Gobierno, después de casi tres años de gestión, sin dar respuestas que no sean promesas incumplidas y con decisiones económicas de ajuste; que insensiblemente golpean reiteradamente la calidad de vida del 80% de la población, no ya solamente los sectores populares, sino también el motor del país y el equilibrio del mismo, que es la clase media. 

Lo único que parece interesar es la estabilidad de los mercados, el precio del dólar, las obligaciones a cumplir con la banca extranjera y las buscadas felicitaciones de los países que la manejan o integran el FMI. La sorpresa primero, los resultados después de esas recomendaciones están agotando la paciencia lugareña. 

El Gobierno debería preocuparse por mirar y escuchar lo que reclaman, con razón, los sectores nacionales afectados por su gestión: jubilados, desempleados, docentes, Pymes, comercio, industria, familias completas buscando un plato de comida en los comedores comunitarios, imposible de negar o disimular, afectados por una establecida recesión. Una seguridad sin soluciones reales, salud amenazada con servicios deficientes por ajuste de presupuestos, tecnología e investigación paralizadas por carencia de una política de necesario apoyo. 

No existe y no aparecen perspectivas de inversión productiva en el país, salvo alguna excepción que convenga a determinados sectores que no derraman como se prometió sobre la sociedad. Enfrente una oposición deshilachada y carente de iniciativas reales con propuestas serias y posibles. Con estrategia política más electoral que preocupada con la situación imperante, social y económica. 

Tratando de aprovechar un oficialismo errático, que con el lógico desgaste de manejo de poder, sin resultados esperados, le ofrece caldo de cultivo cómodo para la crítica fundada, con aprovechamiento matemático de una importante mayoría en el Senado. Gobierno y oposición están inmersos en una confusión que revela, salvo excepciones, de los dos lados, que las hay, que la realidad los está superando. 

Hace unos días escuché una vieja frase, refiriéndose a los políticos que solían utilizar nuestros abuelos, para ejemplificar situaciones similares en otras circunstancias: “Están más desorientados que perro en cancha de bochas”. 

Lo preocupante que “distraídos” son los que tienen la obligación y responsabilidad de gobernar. El Gobierno tiene una comprobada “grieta” interna que lo perjudica, como toda pelea en y por el poder y que obligó al presidente a extremar su atención y gastar su tiempo en la contención.

La oposición peronista distrae también gran parte de su tiempo en resolver el dilema de la presencia, nada fácil, y sí importante, de Cristina. Está claramente instalado el tema electoral rumbo hacia 2019. El peronismo debe resolver sus diferencias y lo comienza a intentar con la aparición de las verdaderas figuras que van a resolver, por propio poder político, comandados por la provincia de Buenos Aires. 

Enfrente una oposición deshilachada y carente de iniciativas reales con propuestas serias y posibles. Con estrategia política más electoral que preocupada con la situación imperante, social y económica


Los peronistas, los del poder real, están edificando su estrategia de unidad, y de eso algo saben. Cuando lo resuelvan no se dará públicamente a conocer, aunque habrá algunos “muy candidatos de los medios” que se van a quedar conversando con Macri, sin aparecer en las candidaturas claves del justicialismo, que competirá con el ingeniero. 

Lo preocupante es que deberían advertir, oficialismo y oposición, que ninguno responde a lo que la sociedad exige y reclama. 

El Gobierno debilitado por los resultados de su gestión y por la desesperanza de sus discursos voluntaristas huecos de resultados. La oposición, discutiendo que si Cristina sí o Cristina no. 

Personalmente me da la impresión que esta discusión es más de distracción que real, para entretener mientras se produce el acuerdo en marcha. La ex presidenta ya tuvo su veredicto de “basta” a sus dos períodos de gobierno. El probable fracaso de Macri no aumenta sus posibilidades de regreso. 

Ninguna de estas dos posiciones son totalmente reales, probables solamente, y no aseguran una conclusión final anticipada. A Macri le queda una última etapa para recomponer su imagen, tarea nada fácil. A Cristina le pesa mucho su fracaso político electoral último y su situación judicial actual la ubican en una posición de la que no le será fácil revertir. 

En un país con sus posibilidades abiertas por sus recursos, pero con el tiempo acotado por la impaciencia de la insatisfacción social de una importante mayoría poblacional, las propuestas deben ser claras y contundentes. La situación no está para más improvisaciones. No estamos todavía en un escenario terminal, sí difícil, pero no imposible. 

La experiencia del pasado tiene que atenderse. La Argentina tiene un pueblo manso, pero impaciente y ciclotímico, no fácil de arrastrar con aventuras raras. Pero en la vida, todo tiene un límite y no conviene desafiar “el enojo de los mansos”. Los que tienen la responsabilidad de conducir el país, incluidos todos los poderes políticos, económicos y judiciales, atención. 

Basta de expresar discursos de promesas huecas y de intenciones de un futuro mejor, que no aparece. “El camino al infierno, está empedrado de buenas intenciones”. 

Por Esteban Ernesto Marranghello

Esteban Ernesto Marranghello