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Opinión

Primer premio en el concurso de Cuento Breve

Historia de sastre

21|10|18 11:40 hs.

Por Gustavo Eduardo Green (*)


El oficio de sastre sigue el camino de los osos panda. 

El viejo Niceto, orgulloso de su profesión, contaba a quien quisiera escuchar, y a quien no quisiera hacerlo (a veces se ponía cargoso con ello) los comienzos como aprendiz ayudando a su padre en la confección de un traje azul oscuro para el presidente Yrigoyen. Pero hacía un largo tiempo el trabajo había comenzado a escasear y para las nuevas generaciones los trajes tenían nombres importados, los mismos que usaban las celebridades. Por tal motivo, fue grande la sorpresa cuando aquellos jóvenes aparecieron en el local con un corte de tela. Un magnífico casimir inglés- murmuró Niceto. 

Su entusiasmo por volver a confeccionar un traje de esa calidad hizo que aceptara una propuesta que jamás –nunca- había considerado: tomar las medidas fuera de su taller, a domicilio (no lo había hecho ni con el mismísimo presidente). Centímetro al cuello entró a la casa en penumbras; esperando en el medio de la sala estaba el hombre, apenas vestido con un calzoncillo celeste. Los ojos del sastre se abrieron como pocas veces se ha visto, contribuyeron a ello la falta de luz, su miopía octogenaria y una impactante imagen. El hombre, iluminado apenas por una lamparita amarillenta bamboleante, yacía acostado sobre la mesa del comedor. A su lado una mujer vestida de negro lloraba desconsoladamente. 

El sastre lamentando su mala suerte musitó: Mi más sentido pésame… -y agregó sin pausa: ya no podré estrenar un nuevo traje.

- Para eso lo hemos traído don Niceto, para que nuestro amigo luzca una prenda confeccionada por el sastre más reconocido del barrio, el traje con el que entrará en la eternidad.

- No, no puedo, yo no me llevo bien con los muertos.- 

Y es muy cierto. Niceto nunca había querido vestir a los finados, se había negado cientos de veces a pesar de ser un trabajo muy bien remunerado. Tan bien pago que su mujer le recriminó toda la vida esa actitud, remarcándole el crecimiento económico del otro sastre que había hecho fortunas con esa modalidad; aquel que apodaban “El sastre de los muertos”. 

Muchos episodios funestos habían contribuido a esa determinación: el cuerpo de su padre enroscado entre las telas del taller con tijera de sastre clavada en la yugular (en un episodio policial nunca aclarado); el cliente desplomado en sus brazos luego de pincharlo levemente con un alfiler (hecho que le costó una demanda por daños y perjuicios); el traje a medida que le confeccionó a Salustiano Benavídez, del que luego se enterara que había fallecido veinte años atrás (Niceto no lo confesaba pero temía que aquel espíritu pasara en cualquier momento a retirar el traje) y la muerte de su mujer, atragantada por tres botones plateados que confundió con las píldoras para la memoria. 

No se llevaba bien con los muertos… pero tampoco con los vivos. Era un hombre hosco, dedicado por completo a su amada profesión. De niño no asistió a la escuela, estudiaba las lecciones que le dictaba su madre sentado sobre las telas apiladas. El padre le enseñaba historia mientras marcaba con tiza los moldes; la gabardina se mezclaba con Napoleón, la alpaca con San Martín y el tweed con la batalla de Leningrado. Sus juguetes eran los botones (con los que disputaba interminables partidos sobre la mesa de la cocina) y los carretales desnudos de los hilos de coser. 

Se casó muy mayor, con la mujer que llegó un día al local ofreciendo unos estrafalarios botones tailandeses. Jamás había salido del taller donde vivía, ésta había sido la primera vez.

Y ahí estaba, parado frente a la muerte otra vez. Tomó conciencia que ya había pasado tres meses sin realizar ninguna prenda, le preocupaba perderle la mano al oficio y –más que nada- se dio cuenta de que ese podría ser el último traje. Tuvo que dedicarse toda la noche. Le resultó sencillo, no sólo gracias a su experiencia sino también debido a que las medidas del fallecido coincidían en un todo con las de él. Claro que jamás había podido confeccionarse uno con tela tan lujosa, un sueño que a esta altura de su existencia ya había resignado. 

En la mañana llegó con el traje que sorprendió a todos por su belleza. Le rogaron que lo vistiera, que nadie podría hacerlo mejor que él. 

Volvió a pensar en la finitud de las cosas y se animó. Creyó que se iba a encontrar con un cuerpo gélido e ingobernable pero no, hasta parecía que prestaba colaboración. El abrazo que le propinó el finado y el gracias Niceto (susurrado a su oído) fueron letales, más aún que la tijera de sastre que se ensañó con su padre y los botones que mataron a su mujer. 

Se extralimitaron los muchachos de la barra de la esquina de Alcoaga y Gral. Sempré. Su corazón no resistió semejante chanza. El hecho fue enmascarado como descompostura. 

Niceto fue velado en su taller, todos ponderaron la confección de aquel lujoso traje de casimir inglés que lució en su lecho de muerte.

(*) El autor es de San Antonio de Areco