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Opinión

Juan Francisco Risso

Los detalles

28|10|18 11:46 hs.

“Dios y El Diablo están en los detalles”, suele señalar mi mentor, un catedrático bahiense. De modo que quise hablar de detalles, para culminar en una conclusión que sorprendiera. Pero no tengo suerte. 


Empezaría con el Dr. Rosenkrantz, ministro de la Corte. Cuando Macri lo nombra por decreto, nadie ve que sólo podía ocupar vacantes producidas durante el receso del Senado. Ni que Zaffaroni no dejó su puesto durante el receso del Senado. Sólo se lo escuché al Dr. Recalde padre. Los constitucionalistas indignados no lo dijeron. Tampoco Sabsay. Apuntaron a cuestiones de moralidad ciudadana, a la majestad de la justicia, pero no a eso, que era objetivo. Pero ese no es el detalle. 

El detalle es que Rosenkrantz, que apareció para impartir justicia al máximo nivel, aceptó ese dislate constitucional sin problemas. Alegremente. Por la noche habrá destapado un Mouton Roschild en la mesa familiar, y su esposa lo habrá mirado como se mira a un ídolo, para no hablar de teléfonos y mensajitos.

Cierto es que el gobierno, a la manera de Oscar Alfredo Gálvez, puso marcha atrás cuando venía a cien por hora y largó el embrague. Olor a goma quemada, y al freezer los dos nombramientos, que –a su hora- se repitieron, pero en esa segunda vez por derecha. 

Ahora Rosenkrantz imparte justicia de pleno derecho, como cuando impuso el 2x1 para delitos de lesa humanidad. Quizá su ideología le llevó para el lado de los tomates, y se llevó por delante ciertos tratados internacionales con valor constitucional. Pero el tema era de máximo nivel para la vida de la República. Ciertamente.

De allí pensaba saltar a la cuenta del gas. Ya en el primer Código Civil, el pago ocupaba desde el art. 724 al 817, y siguió teniendo importancia hasta hoy día. La regla básica es que el pago, hecho en tiempo y forma, es cancelatorio. Aún cuando se venza el plazo, el proveedor-acreedor cobra un recargo y… acepta el pago. Volver sobre un pago efectuado y aceptado es… no sé, diga usted. Yo lo llamaría “lance”. Tirarse un lance… madre mía. Tengan cuidado.

 Y en ese punto -pensaba- saltaría a la diferencia entre el subsidio anterior y este lance, de dos pizzas, tres pizzas, qué se yo. Porque cotiza en pizzas. 

 La primera diferencia creí verla en que, antes, el consumidor podía renunciar al subsidio. Ahora te avisan, y ya. Derivé recordando a gente que repudiaba a aquel gobierno y a los subsidios, pero nadie renunciaba al subsidio del gas. Termotanque, calefactores, hornallas… 

 Era un pequeño estudio sobre la naturaleza humana. Porque caí en cuenta que no conocía a nadie -por moralista que fuese- que hubiera renunciado al subsidio. El primer comentario se lo hice a un juez, en un momento en que la conversación sobre el expediente se agotó. 

 “Yo renuncié”, me dijo. Ay, que mal comienzo. Pero ese no es el detalle. “Y pagué menos”, agregó. Si ya había derribado mis reflexiones como un castillo de naipes, ahora lo miré casi con desconfianza.

 Entonces explicó que por cuestiones de solidaridad, siempre había cuidado el gas, por barato que fuese. Y al hacerle la liquidación a cara de perro, resultaba premiado por su ahorro, y pagó un poco menos. 

 No tengo suerte, decía. Pero pueden ustedes creerme que hasta ese momento, no había conocido personalmente a nadie que hubiese renunciado al subsidio. Por antiK y moralista que fuese. Llevaba todo bien, pero El Diablo metió la cola. Porque está en los detalles, como diría mi mentor. Pueden creerlo.

Juan Francisco Risso