116 años junto a cada tresarroyense

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Despejado

Opinión

Primera mención en el concurso de Cuento Breve

Cancelada

28|10|18 12:18 hs.

Tengo una envidiable color dorado y soy más bien delgada. Vivo el presente y resuelvo el momento. A pesar de mi aspecto acartonado, y frío, tengo mi lado sentimental que pocos podrían siquiera imaginar. Mis primeros recuerdos se remontan a aquel grandioso viaje a Miami. Tierra prometida parece ser aquel lugar. Las quinceañeras deben visitarlo sí o sí para poder entrar en la etapa de la niña bonita. No importa nada, el cómo, ni el para qué… es requisito ineludible o las cumpleañeras pasarán de los catorce a los dieciséis.


A trabajar hasta que el cuerpo aguante, para cumplir con el destino. Yo fui hace unos años con María. Una mujer cuarentona, con ansias de ser y de pertenecer. Le ayudé bastante en esto de alcanzar un lugar que ella buscaba. María estuvo muy sola, aunque había pasado por todas las instancias, soltera, infelizmente casada, felizmente divorciada, y a la postre solitaria a veces y amante otras. Nos recorrimos cuanto shopping pudimos y compramos, compramos y compramos. Se nos fue la melancolía de estar solas… comprando!!! Yo le ayudé a hacerlo, después de todopara eso estoy, nunca hasta ahora le he fallado. Es una pena, en Forever, no encontramos más que unas calzas con brillos y unas zapatillas con luces… yo creí ingenuamente que ahí nos encontraríamos con otro tipo de ofertas más duraderas, por el nombre de tienda digo… que se yo, felicidad en cuotas… un poco de alegría en un jarrón o tiempo para vivir sin condiciones. Pero no, en realidad no pudimos comprar ninguna de esas cosas tan cursis que se enumeran en los libros de autoayuda. Libros de ese tipo, María si compró. Unos cuantos, porque últimamente se ha sentido insatisfecha, desorientada, como sin saber adónde ir. Y bueno estos libros vienen a ser como un mapa o una brújula de donde se ha de ir y qué cambiar. Un fin muy prometedor. Con esos libros que compramos María resolverá lo que su psicóloga no ha podido. Años de terapia, primero con la orientación de un tal Freud, luego con la de otro tal Lacan y así dale que dale sin encontrarle el sentido a la vida. La psicología no le sirve. Le ayudé más, seguramente, resolviendo la compra de esos libros que pagando prepagas que cubran las sesiones de psicóloga. 

Cuando volvimos de la meca nos fuimos a otro departamento solas. María ya no quería saber nada de aquel hombre. Ni del “nidito” de amor como le llamó en un principio. El era bueno porque ser malo ya le era un esfuerzo. Lisandro no quería compromisos, conflictos ni exigencias. La vida de casado le había agotado. Los domingos en familia viendo a su mujer entre vapores y pastas habían acabado su buena voluntad. Por suerte él había podido sobrevivir marchando a un cafecito céntrico. Allí leía tranquilo los diarios hasta tanto su familia reunida en torno a la mesa dominical reclamaba su invalorable presencia. María debía entenderlo. Y no reclamarle más de lo que daba, que no era poco. El viaje a Miami y el nivel de vida de María eran gracias a Lisandro. Esta María resulta que ahora quiere ser amada, y que ese amor sea oreja, sea abrazo y sea compañía. Lisandro sabe comprar y vender, sabe de arqueos e inversiones, y también de atender “sus asuntos” como bien claro se lo ha dejado a la esposa. Estos reclamos de María no tienen sustento, nunca prometió “amarla y respetarla en la salud y en la enfermedad”. Para Lisandro, que María esté enferma de los nervios ya es un problema de ella. Pobre María que perdió la cordura y sin el beneficio de sus síntomas. Le quedamos solo yo y los libros que compramos en Miami. Y las declaraciones de amor vacías de Lisandro. 

Tengo el mal presentimiento de que esto no va a terminar bien. Fuimos al “Nidito” y María está escribiendo. Esos libros que leyó le han minado el sentido común, garabatea unas pocas palabras como… dignidad… te dejo… y no sé qué cosas más. La siento llorar y a pesar de ser un plástico me conmuevo. Por último, abre su cartera, me toma de entre sus otras tarjetas de crédito y me arroja sobre la mesa. Caigo de plano junto al escueto mensaje y las llaves del “Nidito”. Lisandro va a cancelarme.

Por Elina Amado (Tres Arroyos)