Interés General

TERCERA MENCION EN EL CONCURSO DE CUENTO BREVE

Últimas vacaciones caseras

11|11|18 01:25 hs.

Por Ariel Díaz (*)


A papá le gusta estar al día con lo más moderno. Dice que, antes que la moda comience a gritar, ya se ha anticipado; reacciona al primer rumor, al primer cuchicheo del progreso. Por eso tenemos tres Smart TV curvos de 48 pulgadas, tres computadoras, varios Smartphones, tres iPads. Por eso también, cuando llega el verano, nunca tenemos dinero para salir de vacaciones. Mamá explica que la fiebre del consumismo no le permite ahorrar. 

Los primeros días de enero y julio, mamá compraba provisiones para quince días y durante ese período permanecimos encerrados en el departamento, leyendo sobre determinado destino turístico y viendo videos sobre el lugar. Antes de finalizar el aislamiento, ella nos pasaba alcohol yodado por todo el cuerpo. 

Con ese bronceado artificial y la experiencia ganada en la lectura y los videos, visitábamos a nuestros amigos y familiares contando maravillas de nuestras vacaciones en Punta Cana, Marbella, Benidorm, Cannes, etc. Todos los años, un destino diferente. Competíamos intentando contar la mejor anécdota. 

En varias oportunidades protesté pidiendo unas vacaciones de verdad. Pero ellos alegaron que la exposición excesiva al sol puede provocar deshidratación, e inclusive, cáncer. Como continué con una huelga de hambre, mis padres, preocupados por mi salud, decidieron agregar realismo a nuestro veraneo casero. Fue así que escogieron el dormitorio principal como destino turístico. Después de trasladar a mi habitación todos los muebles, pintaron marinas en las tres paredes libres –la cuarta tenía una ventana que daba a un estrecho patio interior-, desparramaron arena por el piso, armaron en el centro una pequeña pileta de lona que llenaron de agua y colgaron del cielorraso una lámpara potente que parecía un sol. 

Mi habitación resultó demasiado estrecha para el mobiliario de ambos dormitorios. Hubo que sacar las puertas a los placares y, la única forma de trasladarnos, fue saltar de una cama a la otra. Si bien resultaba bastante incómodo, habíamos logrado acercarnos a un veraneo de verdad. El televisor del dormitorio de mis padres pasó al “Centro Vacacional”. De esa forma, mientras disfrutábamos de la caricia del mar –le habíamos agregado dos kilos de sal gruesa al agua de la pileta-, mirábamos algunos de los videos de nuestra colección. Días antes de comenzar las vacaciones, nos poníamos de acuerdo sobre el destino. Una vez decidido, mamá colgaba en la puerta el nombre del lugar. 

Con la ayuda de los videos y la imaginación, logramos bucear en las cristalinas aguas del Mar Caribe en la isla de Cozumel, exploramos los secretos sumergidos de la Rivera Maya y nos adentramos en las profundas aguas de los cenotes. Practicamos surf y windsurf con olas de nueve metros en las playas de Waikiki, en la isla de Hawai. Competimos nadando cientos de metros en las apacibles playas de la isla de Paquetá, en la Bahía de Guanabara, con los morros asomando en el horizonte. Fue emocionante efectuar clavados en La Quebrada, un acantilado de 45 metros de altura en el puerto de Acapulco. Unas vacaciones inolvidables que recuerdo con nostalgia. 

Muchas veces había escuchado lo fácil que es “hacer la plancha” en el mar cuando está calmo. Por eso del peso específico, me explicó papá. Fue una delicia comprobar que el agua me mantenía completamente a flote. Fue una gran idea agregarle sal. 

A veces sentíamos deseos de entrar al agua de noche. Pero rechazamos hacerlo en la oscuridad. Lo solucionamos intercalando un reóstato en el circuito eléctrico. Disminuíamos la luz de la lámpara y la convertíamos en luna que brillaba en el mar. 

Para el cumpleaños me regalaron un equipo de buceo y una cámara submarina. Ansioso por estrenarlos, compre una docena de peces tropicales que largué en la pileta. Parece que no les gustó el lugar porque al día siguiente aparecieron flotando. De todas formas, tuve tiempo para varias selfies rodeado de peces. Las publiqué en Facebook, indicando que fueron obtenidas en la playa de Nihiwatu, en la isla de Sumba, Indonesia. 

Me gustaron las imágenes de un video donde dónde el mar se estrellaba contra las rocas de la costa. Con la intención de imitar la geografía de esos imponentes acantilados, comencé a traer piedras grandes y a disponerlas contra las paredes de la habitación. A papá le gustó la idea; pegó con cemento las piedras al piso hasta levantar un pequeño muro de medio metro de altura en los cuatro lados. Vació y retiró la pileta y comenzó a llenar el dique conformado por las piedras. Entusiasmado con el invento paterno, chapoteaba en el agua recostado sobre la arena de fondo. En mi imaginación, estaba en la orilla del mar mientras subía la marea. 

Un error determinó el final de nuestras vacaciones caseras. Cuando el agua comenzaba a despegarme del fondo, mi padre debió izar la bandera roja y suspender la pleamar. Escuché unos tenues crujidos y una vibración extraña en las paredes. Imaginé que era el fragor del oleaje contra los riscos costaneros. En una fracción de segundo, desapareció el mar, los peñascos de la costa, la arena y el sol. Aparecí al lado de una vieja cama en el departamento de abajo. A través del hueco, me contemplaban los ojos desorbitados de papá.

(*) El autor es de José Mármol