Interés General

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Historietas con el peso de la historia

18|11|18 12:06 hs.

Adolfo Bayúgar es un lector de historietas, algo que hacía también de niño cuando iba a un canje a la vuelta de su casa a buscar “El Pato Donald”, “Tribilín”, todo lo que publicaba Disney, “Patoruzito”. 


Fuchi es de la época en la que la televisión estaba en la casa pero no era un elemento de diversión, sino que para entretenerse los chicos jugaban, imaginaban cosas o se dibujaban. 

Siempre quiso tomar clases de dibujo, pero su mamá pensó que tenía que ser deportista, algo que en muy poco tiempo descartó dada sus nulas habilidades en la materia. “Era horrible”, confiesa el historietista. Entonces a los diez años, Fuchi miró a su madre y con firmeza le dijo: “Quiero ir a aprender dibujo”. La oportunidad surgió por las pocas cualidades deportivas demostradas y la posibilidad de tomar clases junto a su primo Nachi. “Yo flashé, al ver los trabajos que hacía él”, revela. 

No tuvo ninguna duda que era lo que quería hacer “urgente, ya”, seguramente la insistencia lo llevó a la casa de Noemí Pedersen que fue su primera profesora de dibujo. “Ella me encaminó en lo básico, arranqué, aunque era dibujo y pintura, no historieta todavía”.

A los 15 años vio un anuncio de la Escuela de Dany Duel y otra vez la revelación, “esto quiero hacer”, ya era un lector avezado en historietas y eso abrió el camino que lo llevó a comenzar a hacer dibujos de humor. “Hice mis primeros chistes aunque de chico había hecho secuencias de tres o cuatro cuadros a los siete años, eso estaba en mí muy arraigado”, cuenta. 

A esa edad había empezado a leer Fierro algo que considera “un quiebre en la historieta nacional”, Columba, en ediciones como “El Tony”, “D’Artagnan”, “Nipur de Lagash”, Scorpio, además de literatura, pero “muy enganchado con la historieta por el tema de los dibujos”. 

Así que sus dibujos fueron de humor, creó pequeñas tiras, chistes y luego siguió con la base aprendida para seguir dibujando y crear personajes o armar sus propias historias. Confiesa que tiene una pila de carpetas con archivos de dibujos de las que dice “hace rato no las abro, las tengo muy escondidas para que no estén tan a mano, aunque pienso que los trabajos eran de un chico de 16 años”. 

Se fue a estudiar a Mar del Plata Diseño Industrial y descubrió que eso no era lo de él. Comenzó a trabajar e hizo alguna ilustración para diferentes revistas de esa ciudad. Presentó algunas para cuentos infantiles. “El otro día pensé en volver a enviar ilustraciones para esto porque hay muchas editoriales nuevas”, confiesa. Planificó sus trabajos a través de la historieta integral haciendo el dibujo y el guión de lo que quería contar.  

Alguien que edite 
Bayúgar considera que la tecnología e Internet ayudaron muchísimo a que los editores conocieran el trabajo de un historietista que tiene como finalidad la publicación, llegar al lector. 

El camino hacia la publicación fue el más difícil, sobre todo en los años ‘90 y más desde el interior porque había que viajar y mandar carpetas. El artista valora haberse entrevistado con Carlos Trillo -referente a nivel mundial- que lo recibió en su estudio junto a Meglia con quien editaban cantidades de páginas. Vieron sus dibujos, lo aconsejaron y le brindaron palabras para que siguiera adelante con su profesión. 

“Otra vez me presenté de caradura a Clarín, llegué y pregunté por el jefe de arte. Llevaba una historieta de fútbol intergaláctico que había hecho con un amigo en Mar del Plata”, recuerda Fuchi que valora la atención que recibió en ese diario.  

Lo que vendrá 
“Me gusta la historieta y el drama en general, lo histórico, tres cosas que combino para hacer este nuevo trabajo”, relata Fuchi. 

En una de las charlas a las que asistió para presentar el libro “Tortas fritas de polenta”, en Venado Tuerto lo contacta un integrante de “Venadenses por la memoria” que le cuenta el proyecto que tiene la institución. “Me dice que querían hacer con formato de historieta el relato de los 12 desaparecidos por la dictadura cívico militar y, le dije sí, sin pensar en la distancia ni en nada”.

Viajó un par de veces y habló con la hermana de Sergio Rúa -desaparecido- que le contó la historia de sus padres, de su hermano y la propia. “Con esas entrevistas conté la vida de la familia desde que se conocen los padres hasta el nacimiento de los hijos, la partida de Sergio a estudiar a Rosario y el día de la desaparición, todo desde la mirada de Silvia”, manifiesta el historietista. 

“Son historias que me gusta que se sepan”, afirma Fuchi que describe parte de las vivencias de la familia Rúa que pasan por momentos de tremendo drama en la búsqueda de su hijo desaparecido, que lleva incluso al padre a morir de un infarto y la mamá de leucemia años después.

La obra está plasmada, la está entintando, falta el escaneo, los globos de los diálogos y a partir de esto, el camino hacia la edición y publicación. A partir del próximo año -en enero- dará clases de historieta, de humor en el Centro Cultural La Estación del que podrá participar todo aquel que le interese -a través de la técnica de taller- y desarrollar la creatividad. “Me gusta empezar con la docencia, me gustó mucho el lugar”. 

Así, la charla que duró más de una hora, llegaba a su fin, mezclando alguna que otra anécdota con los proyectos y las realizaciones. Un creativo, un lector empedernido de historietas, un hacedor de historias contadas desde viñetas. Fuchi Bayúgar transmite la pasión que siente cuando toma el lápiz y transforma los trazos en relatos humorísticos, historias crudas o chistes cortos. 

Entre los entintados, una carpeta viejita duerme encerrada entre otros objetos que guarda los secretos del niño que salió con su cuaderno abajo del brazo hacia lo de Sonia, junto a su primo Nachi, para empezar una carrera que se parecía mucho a un sueño que ya no tuvo fin.