La Ciudad

CUANDO HAY AMOR Y BUENOS RECUERDOS…

Sesenta años no es nada

25|11|18 12:33 hs.

Adolfo Ureta, Dardo Larriestra, Mario Carrera, Roberto Zijlstra, Herminia Ouwerkerk, Cleline Littel, Lucrecia Schering y Krina Scigalsky charlaban en la puerta del Colegio Holandés, por Alvear 320. 


Sonrisas, abrazos, nervios, cosquillas. Muchas palabras, pocas palabras, la emoción caminaba por los pasillos y caminitos de la institución que los vio crecer y finalizar el nivel primario hace 60 años. 

Ex alumnos que forman parte de la promoción 1958, el viernes a las 18 tenían una cita. Una vez que la sorpresa del primer momento fluyó, alguien dijo “qué rápido pasan los años”, frase a la que le siguió un silencio nostálgico. 

Entonces llegaron los recuerdos, las miradas decían más que las propias palabras, porque la niñez y la infancia están tan intactas, tan presentes. Sin esperar, anticiparon a LA VOZ DEL PUEBLO quienes eran los más vagos, los más tranquilos, los estudiosos y los no tantos. 

El común denominador fue el cariñoso recuerdo del ex director, emblemática figura del Colegio Holandés, Cornelio Luis Federico Slebos a los que todos llamaron Meester. 

Antes de cruzar la reja de ingreso al Colegio, ya salieron anécdotas del fútbol y de los momentos compartidos con Slebos, los “doncitos” famosos, el gesto de tomar de la pera a cada alumno para luego hacerlos ingresar a las aulas luego de intensos recreos, fueron los momentos más renombrados. 

Volver a entrar 
Los pasillos, las aulas, el vitreaux con los escudos de Holanda y Argentina, la fotografía de Slebos, todo llegaba muy cerca de los corazones de los ocho ex egresados promoción 1958 que se reunieron el viernes. Tanto que espontáneamente se formaron tomando distancia, igual que hace 60 años y entonaron “Aquí está la bandera idolatrada” la canción, “Mi bandera”. Nadie la había olvidado, les salió preciosa desde las entrañas, desde ese lugar en el que se guardan los amores inolvidables. 

Una vez que rompieron filas en círculo se reencontraron verdaderamente. “Siento una cosquilla en todo el cuerpo, querés que te diga la verdad, eso se siente”, le dice Adolfo Ureta a LA VOZ DEL PUEBLO. 

“Tenemos una emoción grandísima y más viendo el cuadro de Meester, los años pasaron demasiado rápido para todos”, comenta Herminia. Mario Carrera señala que “ingresé en cuarto grado, Meester pasaba por las aulas con una caja de zapatos y hacía una colecta para comprar la pelota de fútbol que guardaba en la dirección”; antes que termine Adolfo acota, “y había que lustrarla con pomada antes de sacarla al recreo”. 

Meister los dirigía en los partidos que se armaban durante los recreos, “hacía de árbitro y otras veces se ataba en la cintura su guardapolvos y también jugaba”. Los varones del grupo del ‘58 relatan que “después de cada recreo teníamos que ir al baño lavarnos las manos, las caras y volver a ponernos el guardapolvo que lo dejábamos colgado de las perchas que había en las maderas de los pasillos para entrar a clase”. 

Señalando uno de los pasillos que actualmente tiene una fisonomía diferente, pero conserva el mismo piso, la misma araña de madera con candiles de época y el hogar, Adolfo Ureta cuenta, de manera autorreferencial, que “ahí formábamos para orar. Algunos no querían cerrar los ojos, entonces él les decía ‘Estoy de acuerdo que no ores, pero no le pegues en la cabeza al que tenés adelante’”. 

Roberto se acuerda “clarito” que era “chicuelo, así -muestra con su mano que alza a no más de un metro del suelo- y cantábamos a la bandera, no sé qué habré hecho cuando sentí algo que me agarraba de la solapa y me traía con los piecitos en el aire hacia la dirección”.

El primero inferior lo hicieron en una piecita del edificio del internado viejo. “¡Un frío hacía! Decí que estábamos todos amontonados”, menciona Roberto. 

Las cuentas 
Meester fue el maestro en quinto y sexto grado del grupo. Mario afirma que “nos ponía cinco cuentas en el pizarrón de multiplicar y dividir y todos los días le agregaba un número. Teníamos que tenerlas hechas”. 

“En primer grado la maestra Mary de Millenaar tenía un pizarrón chiquito y en primer grado nos llenaba de cuentas”, indica Roberto. De algunas docentes se acuerdan que llegaban al Colegio en villalonga. Las “tantes”, porque “todos eran tíos, tante Lidia, tío Roberto”.

Historias bíblicas 
Describen además que Meester relataba las historias biblícas sentado en el primer banco, de perfil a los alumnos. “Contaba y contaba, gesticulaba, nos representaba cada lugar, hasta llorábamos de lo que nos hacía sentir vívidas cada historias”, observan. Pero los lunes, todos debían conocer los himnos de memoria y recitarlos, así que llegaba el momento y uno a uno pasaban a recitar las letras de las canciones y de los salmos.

“Meester tenía tanta actividad, de noche daba clases, tenía a cargo el internado, el Consejo de la Iglesia Reformada, el Colegio, entonces a medida que los chicos recitaban los himnos, él se dormía”, describe Krina, y su amiga Lucrecia, recién llegada de Holanda, acota: “yo sabía eso, entonces esperaba el momento para mirar de reojo los salmos escritos y decirlos como si los supiera de memoria”. 

Aunque sin obligación asistían al Colegio en el contraturno a hacer los deberes con el señor Roberto, a jugar en el patio, a las bolitas, a las payanas, “nos raspábamos las rodillas”, asegura Cleline y al mismo tiempo rememora que “los días patrios teníamos que ir a la plaza a desfilar y después de eso Juan Verkuyl nos llevaba a La Perla, en la calle Colón, a tomar chocolate”.  

“Mi casa” 
Roberto Zijlstra menciona algo que descubrió hace muy poco. Desde que comenzó primer grado estuvo internado, vivía en el Colegio, sólo las vacaciones de invierno y verano pasaba en el campo con sus padres. “Recién hace muy poco me di cuenta que siempre pensé que me había criado en el campo, sin embargo, pasaba ocho meses en la escuela, así que en realidad ésta es mi casa, me crié en el Colegio”, sostiene. 

Cleline trae una página del diario La Prensa con una nota del 20 de noviembre del año 1960 en la que se relata la historia de los colonos holandeses en Tres Arroyos y de los niños que pasaban sus vidas enteras en el internado del Colegio. Dardo y Adolfo son sindicados como los más traviesos, ambos sonríen y aceptan aquella realidad. Muchos cuentos se sueltan cuando se sientan en los bancos, sobre todo las travesuras. 

 Lucrecia llegó de Holanda, pese a que su amiga Krina le avisó con menos de un mes de anticipación del encuentro. Con su enorme pragmatismo le dijo “todos los días llega un KLM a Argentina, entonces tomate uno y vení, la vida es corta y estas cosas valen la pena”. 

Sin dudas es así, la felicidad de los rostros lo confirmaba. Difícil no emocionarse, difícil no compartir esos sentimientos de enorme amor, generosidad y agradecimiento, mucho más que amigos y ex compañeros, mucho más que una promoción que lleva 60 años de egresados, toda una vida compartida en función de los valores que Meester les dejó como legado.