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Opinión

Psicología

Cuando nos invade la vergüenza…

02|12|18 11:10 hs.

Por Claudia Torres (*)


¿Alguna vez te pasó? “y así como si nada siento que mi rostro se pone de un color rojo intenso y lo inunda un calor que no puedo explicar…”. Seguramente que en mayor o menor medida, esta situación la hemos atravesado todos.

Intentemos hacer un breve recorrido por una de las emociones que pueden invadirnos ante determinadas circunstancias. En ocasiones, puede llegar a perturbarnos de tal manera que nos inhabilite socialmente en la realización de nuestras actividades diarias. 

Comencemos reconociendo algunas respuestas físicas que aparecen ante esto: la vergüenza provoca, por ejemplo, calor en el rostro, imposibilidad de sostener la mirada, aceleración del pulso, vacío en el estómago e incapacidad para expresarnos. Podemos llegar a tener la sensación de hacernos cada vez más pequeños e insignificantes frente a los demás, que se hacen más grandes, más fuertes y peligrosos. 

Es como si nos plegáramos, lo cual es real ya que, al sentir vergüenza, instintivamente encogemos brazos y piernas tratando de protegernos y de pasar desapercibidos. 

No se trata de una emoción innata, sino aprendida a través del proceso de socialización y mediante las relaciones que tenemos con los adultos de referencia. Podríamos considerar a la vergüenza como una emoción social. La vergüenza no es ni buena, ni mala, lo importante es lo que hacemos con ella. Cuando se reconoce, se acepta y se usa para mejorar nuestra relación con nosotros mismos y con los demás, es un sentimiento positivo. 

La vergüenza moderada promueve la conciencia de uno mismo y un reconocimiento de las relaciones. 

Ahora bien, dijimos que es una emoción que puede aparecer en todos nosotros, desde ya que en diferentes grados. ¿Qué sucede cuando esto se torna casi patológico y nos impide desenvolvernos de manera adecuada? 

Cuando la vergüenza deja de ser una emoción y se vuelve un estado o condición, cuando se apodera de nuestra identidad, todo lo que sigue es un largo proceso de sufrimiento y deshumanización, porque básicamente vivimos la vida desde la premisa de que somos esencialmente defectuosos, carentes, incompletos e indignos. 

Es un sentimiento que surge de una evaluación negativa del yo, y cursa con la idea de ser inadecuado y el deseo de ocultarse, volverse invisible y desaparecer. 

Podemos estar ante ciertos pensamientos negativos que empeoran la vergüenza. Los pensamientos negativos incluyen: temor al abandono, sentimiento de vacío, necesidad de complacer a los demás, parálisis, baja autoestima, aislamiento social, uso de máscaras para mantener una distancia emocional, perfeccionismo, afán de criticar y rabia. 

Esta situación nos puede llevar a la agresión, depresión, trastornos de la alimentación, trastorno de estrés postraumático, y la adicción. Genera una baja autoestima, ansiedad, culpa irracional, el perfeccionismo y la codependencia, además de que limita nuestra capacidad de disfrutar de relaciones satisfactorias y afecta nuestra calidad de vida. Tengamos en cuenta que no siempre se activa por un evento externo, nuestros propios pensamientos pueden provocar sentimientos de vergüenza. 

En esta situación podría durar mucho más tiempo, los sentimientos y el dolor que nos ocasiona serían de mayor intensidad. 

Cuando la vergüenza deja de ser una emoción y se vuelve un estado o condición, cuando se apodera de nuestra identidad, todo lo que sigue es un largo proceso de sufrimiento, porque básicamente vivimos la vida desde la premisa de que somos esencialmente defectuosos, carentes, incompletos e indignos. Aquellos que atraviesan esta situación sufren una relación de enemistad consigo misma y el miedo a ser lo que realmente son. 

También va siempre de la mano del silencio y el ocultamiento. Esto es un principio muy importante ya que la vergüenza odia la expresión y la exposición. Es muy difícil reconocerla y confesarla. Lo más grave es que el avergonzado no sólo esconde su ser real ante los otros, eso sería simple, si no que se esconde de sí mismo. 

Existe un error de concepto cuando confundimos la culpa con la vergüenza, ya que ni son sinónimos, ni dan nombre a una misma emoción. La diferencia que existe la podríamos ejemplificar de la siguiente manera: la culpa nos dice que hemos cometido un error, mientras que la vergüenza nos dice que somos un error. 

La aceptación de la vergüenza como parte de la condición humana, debería ser lo primero que tendríamos que llevar a cabo. Enfrentarla y reconocerla y si lo creemos necesario, buscar ayuda para poder superarla. 

Debemos aceptar nuestra vergüenza antes de que podamos cambiarla. No podemos desear simplemente que desaparezca porque es dolorosa, como tampoco podemos alejarla a la fuerza. 

Es mucho mejor familiarizarnos con ella que tratarla con miedo o con odio. Todos, ocasionalmente, nos hemos sentido avergonzados de nosotros mismos. Tratar de hacer las paces con esa vergüenza si es posible, porque realmente es otra parte de nosotros. 

 Conocernos y aceptarnos puede que no nos resulte sencillo, pero es parte del camino para comenzar a descubrir quienes somos, nuestras dificultades y cuales son nuestros verdaderos deseos. 


(*) Lic. Claudia Eugenia Torres 
M.P.:40256 
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