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Opinión

Escribe Juan Francisco Risso

La mirada

30|12|18 11:47 hs.

No sé si he dicho que de pequeño viví en el campo, y que más de una vez ví degollar borregos y terneros para consumo. 


La escena era un tanto impresionante, pero ninguno de los presentes parecía percatarse de ello, y mucho menos quien oficiaba de matarife, cuchillo en mano. Puedo dar fe de que aquello de la cara de ternero degollado es estrictamente cierto, pero en aquellas ocasiones quizá eché mano a la alta cuota de crueldad que tienen todos los niños, y pasé directamente a disfrutar el espectáculo, matizado por abundante sangre rojo oscuro de la garganta, balidos lastimeros, lenguas afuera, pataditas varias -que en algún momento cesaban definitivamente- y la clásica mirada del adiós del ser moribundo, cuando se apaga. 

Ya había despachado varias decenas de pichones de paloma por el simple trámite del puntapié repetido, cosa que hacía sin pasión y como simple pasatiempo de niño en el campo, lejos de amigos y diversiones. Pero el degüello de animales mayores presentaba una alta y vistosa cuota de crueldad.

(Entre nosotros se estila indicar al carnicero un par de cosas y marchar en paz con la bolsita en la mano. Pero sigamos). 

Con crueldad o sin ella, igualmente debo haber tenido una mala conciencia al respecto. Mi padre solía recorrer el campo en su jeep. A veces la recorrida era entre vacas que pastaban, y que él observaba con ojo experto. Nunca supe qué era lo que miraba, pero no se le escapaba nada. En ocasiones, detenía el jeep y descendía. Un error, a mi ver. 

La vaca es un animal curioso. Sólo detenerse el jeep, y las más cercanas suspendían el pastaje y levantaban sus cabezas observándonos, y así quedaban, cuando no se nos acercaban, estrechando un círculo que se me antojaba un poquitín siniestro. Un círculo de ojos bobos, todos fijos en mí. Pero algo querían decirme. 

En ese poco auspicioso escenario, era que a mi padre se le antojaba bajar del vehículo, momento en que me embargaba la intranquilidad de que algo le sucediera. 

Más tarde, mi reflexión siempre era la misma: por qué en ese momento las vacas no aprovechaban para matarnos a nosotros. “Una” vaca podía matarnos a ambos, y eran como cincuenta o cien, por expresar una cantidad. Y muchas con buena cornamenta. 

Aún hoy lo pienso, y ese cuadro se me convierte en metáfora de tantas otras situaciones que presenta la humanidad en su dinámica. Pero en aquel momento, frente a las vacas, me cuidaba mucho de expresar mis temores. Es más, me sobreponía a ellos, a veces caminaba por el pajonal y aún tenía presencia de ánimo como para formular a mi padre preguntas como esta: 

-“Papá ¿por qué esa vaca no tiene orejas de madera?” 

Me refería a vacas mochas, sin cuernos. La respuesta era una carcajada alegre, sana. Del mismo modo en que revivo el temor frente a las vacas en mitad del pajonal, revivo la alegría de la risa de mi padre. Aclaremos que era yo un niñito pre-jardín de infantes, y de allí el tenor de mis indagaciones. Quizá mi padre debió hablarme algo de genética, de las leyes de Mendel. O que el cuerno no era madera en sentido estricto. Pero está la costumbre de considerar al niño como tonto. El pedagogo Francesco Tonucci lo diría mejor. 

Y bien, mi conclusión final, de niño, era que vivíamos en un universo absurdo: cuando entre varios humanos agarraban un ternero, este era degollado, descuartizado, cuereado y todo lo demás. Sus vísceras eran arrojadas a tierra, y allí quedaban, verdosas, para ser picoteadas por los gallos. Pero cuando cincuenta o cien vacas tenían a su merced a un solo humano, acompañado por un cachorro de humano, ahí las vacas se limitaban a mirar y a seguir rumiando, a la espera del filo del cuchillo del matarife. 

Daría para una metáfora acerca del sojuzgamiento de los pueblos, de Jesucristo hasta acá. Pero a cambio les contaré algo real. 

Hacia mis veinte años, una -llamémosle- patrulla policial detuvo mi auto de madrugada, pistolas en mano, y me condujo a la seccional, poniendo fin a mis lecciones de manejo rápido, con un tenor alcohólico de 14 y a las 4 de la mañana. No di importancia a nada, todo era parte de la diversión, hasta que me enfrentaron a la boca del calabozo, me dieron el empujón final y -aquí viene- cerraron la reja desde afuera. En ese instante me vi -nítidamente- cerrándole la tranquera a una vaca que me miraba. Fue un ramalazo. 

Y creo que esa vaca me mira desde que empecé a caminar y me arrimé al lugar donde faenaban terneros y borregos. 

Pero ya dejará de mirarme. 

Juan Francisco Risso

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